Es sabido que España se ha forjado sobre el dictum orteguiano "España es el problema, Europa la solución". Y es cierto que los "30 [años] gloriosos" que el resto de europeos añoran por sus cotas de bienestar a nosotros solo nos ocurrieron a partir de la recuperación de la democracia y la adhesión a la UE.

Hasta tal punto que aunque el europeísmo de los españoles se haya resentido algo por la crisis de 2008, vivimos hoy en la paradoja de haber dado la vuelta a la historia: donde España era "luz de Roma, martillo de herejes y espada de Trento", reserva espiritual del nacional-catolicismo iliberal y atiplado de Franco, hoy somos contemplados como reserva espiritual del europeísmo y casi últimos fervientes adalides del proyecto europeo.

Se ha lamentado que en las pasadas elecciones generales no se hablara de Europa. Pero muchos fuera de España contemplan con envidia el que cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno no se enzarzaran en argumentos demagógicos que culpabilizaran a Europa de los males nacionales.

Una admiración mayor si cabe porque, tras años preguntándose por qué en España no había un partido de extrema derecha xenófoba homologable a los que campan por Europa, Vox no solo no ha conseguido convertir la inmigración en un asunto de campaña sino que sus propuestas europeas (alinearse con el eje de Visegrado) son tan disparatadas que no merecen ni un minuto de atención por parte de nadie. Hasta Podemos, que en tiempos hablaba de España como una colonia de Alemania y llamaba a asaltar los cielos bruselianos con una auditoría sobre la deuda adquirida por España durante la crisis, se muestra hoy crítico, como debe ser, pero no beligerante con el proyecto europeo.

No, los españoles son sabios y no culpan a Bruselas de sus males: saben perfectamente que nuestros males son nuestros y que nos los infligimos a nosotros mismos. También saben que ni Europa es la solución a nuestros problemas ni que podremos solucionar esos problemas en contra de ella. Y mirando alrededor y observando el Brexit, los chalecos amarillos, la retórica de Salvini y el autoritarismo de Orban, más bien parece que todos los demás romanos se han vuelto locos.

España quiere promocionar la autonomía defensiva de Europa, completar la Eurozona, llevar a cabo una política de inmigración inteligente y a largo plazo, defender una Europa más solidaria y más social. Son fines muy loables. Pero quizá lo mejor que puede aportar España a Europa en estos momentos es algo de sensatez, evitar deslizamientos y retrocesos y reforzar el ánimo de otros europeístas. Vengan a España a tomar las aguas europeístas. Les sentará bien.