En Francia, prácticamente no se debate sobre las elecciones europeas. El debate público sigue centrándose en gran medida en el movimiento de los chalecos amarillos y en las respuestas internas del país tras el «gran debate nacional» planteado por el presidente de la República a comienzos de 2019. El incendio de Notre Dame de París el pasado 15 de abril contribuyó a prolongar aún más esta falta de debate europeo.

Sin embargo, la política que aplica Emmanuel Macron desde 2017 mantiene una relación estrecha con los asuntos europeos. El presidente francés ha bajado los impuestos sobre la renta y el patrimonio de las grandes fortunas y ha reducido el coste del trabajo y los impuestos aplicados a las empresas y, en cambio, ha aumentado los que recaen sobre los estratos populares y las clases medias para limitar los déficits públicos.

Comparte el punto de vista dominante en Europa de que la reducción del gasto público y la deflación salarial son las condiciones previas indispensables para cualquier recuperación económica. Emmanuel Macron considera que su predecesor, François Hollande, fracasó en este ámbito, porque no fue lo bastante rápido ni apostó lo suficiente en esta dirección. Contaba con su determinación para aplicar este tipo de política para reforzar su credibilidad ante sus homólogos y hacerles aceptar el lanzamiento de la integración europea que prometió en 2017. Pero, desde hace dos años, no ha logrado prácticamente nada en este terreno y el movimiento de los chalecos amarillos ha acabado menoscabando sus planes: ante su fracaso francés, ya no parecería estar en posición de impulsar nada en Europa.

Cuando se les plantean las cuestiones europeas, los franceses se encuentran atrapados entre dos posturas. No desean un "Frexit" ni una salida del euro: Marine Le Pen, la dirigente de la extrema derecha francesa, sufrió una dura derrota en las elecciones presidenciales de 2017 precisamente por adoptar este discurso. Desde entonces, ella misma ha renunciado a defender estas ideas y las desventuras de nuestros vecinos británicos han acabado de convencer a la mayoría de los franceses de que no se podía esperar nada de proyectos similares. Pero, al mismo tiempo y sobre todo desde el referéndum de 2005 en el que no se respetó el no francés al Tratado Constitucional, los franceses también están convencidos de que Europa está definitivamente condenada a un dumping social y fiscal que solo puede aportar más pobreza y desigualdades sociales y territoriales.

Nada de salir de Europa, pero tampoco son posibles más cambios dentro del continente: los franceses renuncian a debatir sobre el futuro de la Unión porque la gran mayoría comparte en el fondo este doble diagnóstico. Pero este análisis es tan lamentable como erróneo: Europa puede y va a cambiar profundamente en los próximos años.

La agresividad de Donald Trump o de Vladimir Putin y la creciente inestabilidad en nuestras fronteras nos obligan a aplicar (por fin) una verdadera política exterior y de defensa común independiente de Estados Unidos; la política comercial de Donald Trump y las decepciones de la industria alemana en la exportación fuera de Europa nos deberían hacer cambiar radicalmente la política económica para (por fin) desarrollar la demanda interior europea; mientras que nuestra dependencia catastrófica, no solo en el ámbito económico sino también en el de las libertades, con respecto al denominado imperio GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) y la creciente agresividad de las multinacionales chinas nos obligarán a elaborar (por fin) una verdadera política industrial común y una protección del mercado interior europeo...

Pero, ante todo, el proyecto europeo podría y debería relanzarse en torno a los intereses ecológicos. El movimiento iniciado por la joven sueca Greta Thunberg ha demostrado la gran sensibilidad ante las cuestiones climáticas de la juventud europea, especialmente en el norte de Europa, en países a priori más hostiles ante cualquier solidaridad europea. Es la señal de que, al menos en estas cuestiones, sin duda se podrían poner en común sumas importantes para acelerar la transición energética en el viejo continente. Sería un esfuerzo obligatoriamente de redistribución, ya que implicaría invertir de forma prioritaria en el sur de Europa, donde se encuentra la radiación solar, una de las principales materias primas principales para una transición así.

Además, para Europa, esta cuestión no es solo un asunto de supervivencia de la humanidad, sino que, además, es ya decisiva para nuestra capacidad de mantener nuestro modelo social.

De hecho, Europa es el continente industrializado más antiguo en el mundo y por ello es también el que más ha agotado las materias primas no renovables y las energías fósiles en su territorio. Si no logramos prescindir de ellas rápidamente, no podremos mantener nuestro nivel de vida, porque tendremos que transferir cada vez más riquezas hacia socios poco recomendables como Vladimir Putin en Rusia o Mohamed Bin Salman en Arabia Saudí. Casi se nos había olvidado desde 2008 porque los precios de las materias primas se mantuvieron bajos tras la crisis, pero su aumento el año paso nos lo recordó de forma brutal y es precisamente lo que desencadenó el movimiento de los chalecos amarillos en Francia.

En definitiva, las oportunidades para cambiar en profundidad Europa son mayores de lo que se cree en general en Francia. Pero una de las principales condiciones para poder aprovecharlas es que los franceses dejen de ignorarlas y que por fin se decidan a proponer con la suficiente determinación a sus socios la (re)construcción de una Europa más solidaria, más ecológica y más democrática. Una de las grandes dificultades es que Emmanuel Macron parece estar demasiado desacreditado en Francia para poder desempeñar activamente esta función.