En estas elecciones europeas, los ciudadanos europeos son los que han tomado las riendas: han salido a las calles del continente, organizando manifestaciones (como European May, o #oneEuropeforAll), realizando giras (“European Alternatives”), ofreciendo viajes de Interrail gratis a los jóvenes, escribiendo un manifiesto tras otro (VoxEurop, EuropaNow!, el llamamiento a un nuevo renacimiento europeo de Civico Europa y muchos otros), creando partidos transnacionales (Volt, DiEM25, European Spring) y haciendo notar su presencia en todos los mercados de Europa todos y cada uno de los domingos a las 2 pm, con movimientos como PulseofEurope. El grupo de rock austriaco Bilderbuch está distribuyendo pasaportes europeos virtuales, junto al cómico alemán Jan Böhmermann.

Durante estas elecciones europeas, se ha producido una movilización popular sin precedentes que parece estar funcionando: el 59 por ciento de los ciudadanos polacos tiene pensado ir a votar, el doble de los que votaron en 2014; de forma similar, el 69 por ciento de los alemanes afirma que votarán, lo que supondría un incremento del 20 por ciento en la participación. La Comisión Europea no ha invertido nunca tanto tiempo y dinero en comunicación y eventos para hablar sobre las ventajas que aporta la UE y los retos a los que se enfrenta. Y no solo la Comisión: en los últimos tres meses, fundaciones, partidos, ayuntamientos, academias, sindicatos o institutos han organizado debates sobre Europa con los ciudadanos. Resulta revelador que Emmanuel Macron, al publicar su propuesta de reforma de la UE en 28 diarios por toda la UE, no comenzara con “Estimada señora Merkel, estimado señor Rutte o estimado señor Kurz, hagamos más por la integración europea”. En lugar de ello, se dirigió directamente a los ciudadanos europeos: Citoyennes et Citoyens Européens… (Ciudadanos y ciudadanas europeos...)

El regreso, o mejor, el reconocimiento tardío, de la función vital de los ciudadanos europeos en el proyecto de Europa marca un positivo giro en los acontecimientos: los ciudadanos, no los Estados, son los soberanos de cualquier sistema democrático de verdad.

Estas elecciones representan un cambio de paradigma: mientras que los Estados Unidos de Europa se refieren a la integración de naciones-Estado, el enfoque en los ciudadanos europeos se refiere a la democracia europea en sí misma. La diferencia es notable: sitúa el proyecto europeo al alcance de todos los ciudadanos. Recordemos las famosas palabras de Jean Monnet: Europa no se trata de integrar Estados, sino de unir a personas. Este es el punto en el que nos encontramos en la Europa de 2019: mientras sufre el ataque de fuerzas identitarias, populistas o nacionalistas, cada vez más ciudadanos europeos se levantan para defender a Europa.

Por ello es necesario realizar una lectura dialéctica de los datos. The Guardian informó recientemente de que una mayoría de ciudadanos europeos está convencida de que la UE ya no existirá en 2040. Según ECFR y You.Gov, solo el 24 por ciento de los europeos cree que la UE es aceptable en su forma existente. El 62 por ciento afirma que tanto la UE como su democracia nacional están fracasando. Sin embargo, este tipo de estudios no nos dicen que los ciudadanos europeos afirman que no se sienten europeos o que no quieren “más” Europa, ni siquiera una diferente. ¡La antipatía hacia la UE actual no equivale a la negación de Europa! Simplemente significa que los europeos quieren una Europa diferente, más social y democrática. En una escala de 0 (mala) a 10 (buena), la mayoría de europeos califica a la UE en alrededor de un 5: demasiado buena para salir de ella, demasiado mala para estar satisfecha con ella. Así pues, la verdadera pregunta es cómo conseguir que la puntuación de satisfacción con la UE pase de 5 a 10.

Esta es mi sugerencia: tómense en serio a los ciudadanos europeos, confíen en el “europeísmo” de muchos, luchen por la parlamentarización plena del sistema político europeo y, por último, hagan justicia al concepto de “ciudadano”. “Ciudadano” y “ciudadanía” son términos que van más allá de pertenecer a Europa, apreciar otras culturas europeas y compartir los mismos valores generales. Ser ciudadano significa, sobre todo, gozar de los mismos derechos. Si se toman en serio los conceptos de “ciudadano europeo” y “ciudadanía europea”, pensar en el futuro de Europa situando en el centro a los ciudadanos debe desembocar en la petición de un nuevo proceso constitucional. En palabras de Alexander Hamilton, sin una constitución, “todo es nada”.

Lo que deberíamos imaginarnos es una democracia europea en la que se apliquen los siguientes principios: los ciudadanos son los soberanos del sistema político; todos son iguales ante la ley; el parlamento tiene una función de decisión y existe una separación de poderes. Cualquier democracia tiene la condición necesaria (aunque no suficiente) de que todos los ciudadanos son iguales en términos de votos, impuestos y acceso social. Tradicionalmente, la máxima de “una persona, un voto” es el requisito clave de una democracia y la composición de un solo órgano electoral. Por lo tanto, las elecciones generales, secretas, directas e iguales constituyen, en palabras del sociólogo francés Pierre Rosanvallon, “Le Sacre du Citoyen”, el “rito sagrado” de los ciudadanos.

La aplicación del principio básico de igualdad a todos los europeos integraría la moneda y el mercado único europeo en una democracia europea común. Esto supondría un salto cualitativo desde un mercado y una moneda puramente internos hacia la unidad política europea, que era el propósito de los fundadores del proyecto. Cabe destacar en este punto que el concepto de ciudadanía es independiente de la identidad y la cultura: la igualdad legal no requiere ni constituye un estado central. La ciudadanía europea de pleno derecho no anularía la identidad de nadie.

El Tratado de Maastricht prometía una “unión de Estados” y una “unión de ciudadanos” de facto. Sin embargo, solo se materializó la primera. Pongamos un ejemplo concreto: Los ciudadanos británicos a los que les afecta ahora el Brexit en teoría seguirían siendo ciudadanos europeos si dicha ciudadanía fuera una entidad legal, independientemente de la pertenencia de Gran Bretaña a la UE. El Brexit ha sido una cruel demostración del vacío actual de la “ciudadanía europea”. Les afectará a miles de ciudadanos británicos que viven en la Europa continental, así como a los ciudadanos europeos que viven y trabajan en el Reino Unido. Por no mencionar a los escoceses que votaron por mantener su ciudadanía europea.

Si la UE sobrevive al Brexit y si está preparada para aprender una lección de todo este lío, esa lección debería ser esta: pónganse a trabajar en una constitución europea, esa que no logramos aprobar en 2003. Pero esta vez, debemos decidir sobre esta constitución europea como ciudadanos, los 500 millones que somos. Embarcarse en un proyecto así sería la tarea más noble y más importante del próximo Parlamento Europeo.