Piketty, verdadero coleccionista de datos, basa sus análisis en una impresionante búsqueda de información que permite explicar de una forma novedosa dos siglos y medio de desigualdad y de la ideología que la ha sustentado. Proponiendo así una aproximación diferente a semejante empresa.

A diferencia de lo que se pueda creer, la Revolución francesa no supuso una redistribución de la riqueza. Es más, hasta la Primera Guerra mundial, la riqueza estaba más concentrada que durante el Antiguo Régimen. La verdadera revolución llegó durante el siglo XX, cuando la clase media pudo acceder a la propiedad, lo que produjo que el 10% más rico perdiera peso en favor del 40% intermedio. Por otra parte, la clase más baja siempre ha poseído menos de un 10% de la riqueza.

La globalización financiera a finales del siglo XIX tuvo un papel importante en la concentración de la propiedad. Durante los años previos a la Primera Guerra mundial, los más ricos de Francia y de Gran Bretaña mantenían una parte importante de su patrimonio invertido en el extranjero. Con el hundimiento de los mercados en el periodo de entreguerras y la regulación financiera surgida tras la Segunda Guerra mundial, estos inversores se convertirán en las primeras víctimas del cambio de modelo financiero. Y aunque a día de hoy los inversores de Japón y de Alemania todavía conservan una gran cantidad de activos fuera de sus fronteras, el volumen es menor que durante la fase anterior de la globalización.

La aparición de una clase media propietaria durante el siglo XX puede explicarse en parte por el hundimiento del valor de los bienes raíces (activos inmobiliarios, profesionales y financieros) de los más ricos. Si bien la destrucción de las dos guerras mundiales sólo explicarían una cuarta parte de la pérdida de valor, casi la mitad de este hundimiento de valor se debería a que los activos de los más ricos se encontraban invertidos en títulos de deuda pública cuyo valor bajó casi hasta cero debido a la inflación y a tasas excepcionales. Y otra cuarta parte es atribuible a la implantación de medidas de limitación de los derechos de los propietarios (fijación de precios del alquiler...).

Asimismo, no sólo la pérdida de valor del patrimonio de los más ricos permitió el nacimiento de esta clase media propietaria, sino que también fue debido a la menor concentración de la riqueza. Así pues, el desarrollo de políticas fiscales progresivas a lo largo del siglo XX, y hasta 1980, permitieron la redistribución de la propiedad. Desde entonces, una política fiscal orientada a los que más tienen no ha hecho más que ahondar la brecha de desigualdad.

Los franceses más pobres tienen su dinero fundamentalmente en la cuenta corriente del banco. Según se sube en la jerarquía de ingresos, los bienes raíces aumentan también su presencia, junto con las inversiones en los mercados financieros (acciones, obligaciones...). Estas últimas son mayoritarias entre el 1% más rico y representan el 86% del patrimonio del 0,1% de los más adinerados. Una política fiscal que reduce la imposición de los ingresos financieros beneficia de una manera muy marcada a los más ricos de entre los ricos.

Thomas Piketty propone un análisis socioelectoral del voto en función de los niveles de estudios, de ingresos y del patrimonio, demostrando que los partidos socialdemócratas de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y de otros países (por muy diferentes que sean) han conocido una evolución semejante: mientras que de 1950 a 1980 recogían el voto de los menos formados y de los más pobres, actualmente se han convertido en los partidos preferidos de aquellos que tienen estudios superiores.

Al abandonar a los más desfavorecidos a su suerte, los partidos socialdemócratas han reforzado el derecho a la propiedad, apoyándose en su dimensión emancipadora (todo el mundo tiene derecho a tener una propiedad y a que el Estado proteja ese derecho) pero olvidando su componente de desigualdad, ya que los más ricos acumulan sin límites.

El siglo XX ha sido el siglo del incremento constante del gasto en educación. Progresivamente, los países han incluido a la totalidad de una franja de edad en la educación primaria y, más tarde, en la secundaria. Por el contrario, se mostraron incapaces de permitir el acceso a los estudios superiores a toda la población. Aún es más, los gobernantes, sobre todo aquellos de inspiración socialdemócrata, no han buscado reducir la desigualdad de acceso a la formación.

Europa ya no seduce como antes porque está desconectada de una buena parte de los europeos. En Francia, durante el referéndum de 1992 para la ratificación del Tratado de Maastricht, la victoria del Sí se logró gracias al voto de los que tenían estudios superiores e ingresos altos. En 2005, el referéndum por la Constitución Europea no arrojó el mismo resultado: los franceses rechazaron el proyecto, perdiendo la Unión Europea muchos de sus apoyos (sólo el 20% de los más ricos y el 10% de los mejor formados siguen creyendo en ella).

Asimismo, en 2016, se observaba el mismo fenómeno en el Reino Unido. El 40% de los que más patrimonio poseen votaban por la continuidad dentro de la Unión Europea, mientras que sólo el 20% de los más formados y de los que más ingresos tienen les acompañaban en el voto. Al no ser capaz de dar una respuesta a la creciente desigualdad (e incluso favoreciendo su desarrollo en algunos casos), Europa ha perdido el apoyo de las clases populares.

Comparando a largo plazo, la desigualdad en Francia y en Europa no ha vuelto a alcanzar los niveles de la Belle Epoque. En la actualidad, Oriente Medio se dibuja como la zona del mundo más desigual. Y aún así, los niveles récord de desigualdad están lejos de ser igualados, pues se dieron en las sociedades coloniales.