Es casi una decepción. Las elecciones europeas de 2019 no nos han traído lo que nos prometían los medios de comunicación, es decir, el relevo de los populistas en la Unión Europea, o al menos en el Parlamento Europeo, por lo que estas elecciones han dejado de interesar rápidamente. Se publicaron algunos artículos que hablaban de un “auge del populismo” o de una “oleada verde”, pero, en el fondo, los medios de comunicación ya habían pasado a centrarse en otros asuntos. Incluso Fareed Zakaria, el perfecto barómetro de la opinión de la élite, no fue más allá del anodino titular “Las crisis de Occidente han acabado, pero continúa la ira populista”.

Pero, aun así, las elecciones europeas de 2019 han sido interesantes tanto por sus continuidades como por sus cambios. En muchos sentidos, confirman las tendencias recientes en el ámbito europeo, tanto dentro de la UE como en los Estados miembros. En este caso, me centraré en especial en las similitudes y las diferencias clave con respecto a las elecciones europeas de 2014 y expondré cómo las elecciones europeas de 2019 han creado un Parlamento Europeo aún más fragmentado, lo que probablemente hará que la UE tenga que sortear muchos más obstáculos, a pesar de la necesidad y la urgencia de realizar reformas fundamentales.

Continuación de las tendencias de 2014

La principal lección de las elecciones europeas de 2014 fue o debería haber sido la fragmentación del sistema político, una consecuencia lógica de continua fragmentación en la mayoría de ámbitos nacionales Actualmente, en solo seis (en 2014 eran diez) de los 28 Estados miembros de la UE (el 21 por ciento) hay un partido que obtiene más de un tercio de los votos, mientras que solo una pequeña mayoría (16) tiene un partido que ha ganado al menos un cuarto de los votos. Solo Malta sigue teniendo dos partidos con más del 33 por ciento de los votos. En Polonia, uno de los dos partidos es una coalición, mientras que en 16 países (el 57 por ciento) los dos principales partidos juntos no han sumado la mayoría de los votos.

Por otro lado, las elecciones de 2019 han confirmado el descenso del apoyo de los “partidos pilares” de la UE, es decir, los partidos de centro-derecha del Partido Popular Europeo (PPE) y los partidos de centro-izquierda de los Socialistas y Demócratas (S&D). Aunque siguen entrando y saliendo partidos individuales de los distintos grupos políticos y podrían formarse nuevos grupos (por ejemplo, la Alianza de Europea de Pueblos y Naciones de Matteo Salvini), mientras que podrían desaparecer grupos anteriores (como el Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa de Nigel Farage), tanto el PPE como el S&D han perdido alrededor de 35 escaños, lo que equivale a aproximadamente al 18 por ciento del número total de escaños en la legislatura anterior. Lo que es más importante, tal y como se esperaba, es que los dos grupos han perdido la mayoría en el Parlamento Europeo.

Por último, las elecciones de 2019 han demostrado que las elecciones europeas siguen teniendo una importancia secundaria para las élites y las masas de Europa. De nuevo, las campañas electorales han sido mínimas y las pocas que hemos visto se han centrado sobre todo en asuntos domésticos, en lugar de europeos. Con bastante frecuencia se ha entrevistado o se ha invitado a debatir a los líderes de los partidos nacionales, en lugar de a los candidatos que encabezaban las listas europeas del partido. El primer ministro holandés Mark Rutte, que ya desalentaba el voto antes de las elecciones de 2014, afirmó que pensaba que las elecciones europeas “no eran tan importantes”. En Reino Unido, que decidió en el último momento participar en las elecciones europeas, no ha habido, literalmente, una campaña electoral, excepto la nueva aventura política de Nigel Farage, el Partido del Brexit.

Pero seguro que me dirán que la participación ha subido. Efectivamente, el índice de participación ha aumentado, por primera vez desde 1979, año en el que se empezó a elegir directamente el Parlamento Europeo. En respuesta a ello, Martin Selmayr, el poderoso secretario general de Jean-Claude Juncker, declaró triunfalmente: “La verdadera ganadora de estas elecciones es la democracia”. Los comentaristas se alegraron por el “enorme aumento de la participación” (un aumento del 8 por ciento), con lo que celebraban una participación media en la UE de solo el 51 por ciento, que habría sido inferior al 50 por ciento si tres países no tuvieran votación obligatoria (en concreto, Bélgica y Luxemburgo).

También parece exagerado afirmar que el aumento en la participación es prueba de que “Europa ha sido un asunto del que se ha hablado más y en el que han participado más personas.” La participación aumentó sobre todo en Austria (+12,1 %), Alemania (+13,5 %), Hungría (+14,5 %), Polonia (+23 %), Rumanía (+18,9 %) y España (+18,4 %). Cinco de estos seis países tienen una política nacional muy polarizada, lo que explica con mucha más lógica el aumento de la movilización. Esto no quiere decir que el aumento de la participación no sea positivo o algo real, sino más bien que solo supone un ligero cambio en la imagen del desinterés general por la política europea tanto entre la élite como entre las masas.

Ruptura de tendencia

También cabe destacar dos aspectos importantes en los que las elecciones europeas de 2019 han roto con la tendencia anterior. Ante todo y, en primer lugar, esta vez el aumento de votos se ha repartido de forma mucho más uniforme entre partidos antisistema y prosistema. Si bien los partidos populistas fueron los claros vencedores en 2014 y en 2009 (aunque en menor medida), en 2019 han registrado unos aumentos más modestos. Además, el grupo prosistema de Los Verdes/Alianza Libre Europea (Verdes/ALE) y, en concreto, la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE, por sus siglas en inglés) también se han encontrado entre los grandes triunfadores, con 23 y 41 (incluido En Marche de Emmanuel Macro), respectivamente.

Es interesante que, mientras los medios de comunicación se centran en la “oleada verde”, prestan poca atención a los liberales. Muchos medios internacionales han recibido positivamente el “ascenso” de los ecologistas y la “revolución silenciosa” que “está destinada a transformar la política energética”. Algunos incluso presentan a los Verdes como “una respuesta al cambio climático y a la extrema derecha”. Puede que lo sean, pero hasta ahora esa respuesta es solo (moderadamente) popular en los Estados miembros del noroeste de Europa. Los Verdes no están “experimentando un aumento extraordinario en Europa”, ya que están prácticamente ausentes en este y el sur de Europa. Con la excepción de Lituania, los pocos miembros electos de los partidos Verdes/ALE de estas regiones no son ecologistas, sino regionalistas y Piratas (en República Checa). Pero incluso en el noroeste, los Verdes son como mucho una fuerza política de tamaño medio, no son el principal partido en ningún Estado miembro de la UE y solo son el segundo partido principal en Alemania.

En cambio, los liberales son mucho más una fuerza política paneuropea. En primer lugar, ALDE cuenta con partidos de éxito en toda Europa, desde Venstre en Dinamarca hasta Ciudadanos en España, y desde los Liberal Demócratas en el Reino Unido, hasta la Coalición Alianza 2020 en Rumanía. En segundo lugar, cuentan con primeros ministros en varios Estados miembros de la UE (incluidos República Checa, Francia y Países Bajos), lo que les aporta una voz también en el (más poderoso) Consejo Europeo y en la Comisión Europea. De hecho, los liberales están intentando usar su nuevo poder político para influir más en los principales puestos en Bruselas.

Los populistas no solo han tenido que compartir protagonismo con los Verdes y los liberales, sino que, además, el aumento de votos ha sido mucho más modesto de lo esperado, aunque esas expectativas eran demasiado atlas por el bombo que le dieron los medios de comunicación. Por otro lado, los verdaderos incrementos en los votos no fueron para los populistas, sino para un subgrupo concreto de populistas. Algunos partidos populistas de izquierda como Podemos en España y Syriza en Grecia, que en 2014 se encontraron entre los grandes advenedizos, han obtenido unos resultados deficientes en las elecciones europeas de 2019. Lo mismo ha ocurrido con otros partidos populistas de izquierda más pequeños, desde Francia Insumisa al Partido Socialista en Países Bajos.

Esta vez, la victoria de “los populistas” se ha situado a la derecha del espectro político, más concretamente en la extrema derecha. Los partidos de derecha radical populista han aumentado en gran medida su presencia en el Parlamento Europeo, sobre todo en comparación con las elecciones de 2014. Existen varios motivos. En primer lugar y por primera vez, los partidos de derecha radicales populistas han tenido un gran éxito en muchos de los grandes Estados miembros de la UE (en especial en Italia, Polonia y Reino Unidos). En segundo lugar, y en relación con este aspecto, varios grandes partidos se han transformado en partidos y políticos de derecha radical populistas entre 2014 y 2019; el caso más notable es el de Viktor Orbán y el Fidesz en Hungría y el de Jarosław Kaczyński y Ley y Justicia en Polonia, pero también Nigel Farage y su Partido del Brexit en el Reino Unido. Por último, en tercer lugar, el apoyo a la derecha radical populista ha aumentado en la mayoría de países, tanto grandes como pequeños, aunque a veces significara que un partido más antiguo se sustituyera por uno más nuevo, como es el caso de Países Bajos, con el Partido por la Libertad de Geert Wilders (en descenso) y el Foro para la Democracia de Thierry Baudet (en auge). Incluso la extrema derecha ha logrado más apoyo, sobre todo el Partido Popular Nuestra Eslovaquia de Marian Kotleba (12,1 %) y el Frente Popular Nacional en Chipre (8,3 %), aunque, en general, los partidos neonazis han perdido dos escaños y un partido (el alemán NPD) en el Parlamento Europeo.

Los próximos cinco años

En los próximos cinco años, la Unión Europea estará más fragmentada que nunca. Esta fragmentación es la principal lección de las elecciones europeas de 2019. Por primera vez en la historia, el PPE de centro-derecha y el S&D de centro-izquierda no controlan la mayoría de escaños en el Parlamento Europeo. Sin embargo, al contrario de la narrativa dominante de aproximadamente la última década, los antiguos bloques centristas no se enfrentan solo a una multitud de grupos y partidos populistas antisistema. De hecho, según las predicciones actuales, el liberal ALDE prosistema y el ecologista-regional Verdes/ALE son el tercer y el cuarto bloque más grande en el Parlamento. Además, incluso los populistas de derecha siguen divididos en al menos dos y, posiblemente, tres grupos políticos.

Pero las divisiones entre los distintos grupos políticos en Bruselas solo muestran parte de la fragmentación. Los grupos políticos dentro del Parlamento Europeo siempre han sido una combinación de conexión ideológica y consideraciones estratégicas, pero en la actualidad son más heterogéneos que nunca. Si bien la disciplina en el voto ha sido notablemente alta, al menos dentro de los principales grupos, otros cambios dentro de los grupos podrían debilitarla. Por ejemplo, dentro del PPE, los partidos culturalmente más conservadores del centro y el este de Europa ahora constituyen tres de las cuatro partes principales, mientras que tres de las cinco grandes fracciones dentro del S&D son del sur de Europa antiausteridad. Incluso los grupos euroescépticos de derecha más pequeños están lejos de estar unidos, como lo demuestra su tradicionalmente baja disciplina en el voto. Los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE) ahora están dominados por el partido Ley y Justicia (PiS), tras la debacle electoral de los Conservadores británicos, para desgracia de muchos partidos miembros del oeste de Europa. El ENF, convertido en AEPN, cuenta con muchos soldados de a pie, pero con pocos generales, ya que tanto Salvini como Le Pen se han marchado de Bruselas. Y si el EFDD (Europa de la Libertad y de la Democracia Directa) sobrevive, seguirá siendo un matrimonio de conveniencia oportunista, en gran parte ausente en el Parlamento, excepto por los pocos grandilocuentes discursos de Farage.

La fragmentación del Parlamento Europeo es una consecuencia lógica de las continuas fragmentaciones políticas de los Estados miembros, lo que de nuevo confirma que la política europea sigue siendo principalmente una cuestión de política nacional. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus Estados miembros, la UE se encuentra en una encrucijada, con muchos europeos que creen que es demasiado fuerte o demasiado débil. Tendrá que llevar a cabo reformas fundamentales para volver a convertirse en una fuerza política positiva. Esto es todavía más importante y urgente ante el hostil clima internacional, en el que Europa se enfrenta a importantes retos económicos y de seguridad planteados por China, Rusia e incluso Estados Unidos. Esta situación no solo exige visión política y valentía, sino también confianza y colaboración. Y ninguno de estos aspectos se ha reforzado con las elecciones europeas de 2019.