Como era de esperar en un mundo cada vez más caluroso, el año pasado se batieron varios récords de calor. Según los datos de reanálisis facilitados por el Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo o ECMWF (European Centre for Medium-Range Weather Forecasts), 2018 fue el año más caluroso desde 1900 para millones de europeos que viven en el centro del continente. Más de 200 ciudades y sus alrededores registraron temperaturas que batieron récords, desde Montpellier en el sur de Francia hasta Białystok en el noreste de Polonia. Ciudades a lo largo del Danubio, alrededor del mar Adriático y el centro de Italia también contaron 2018 como su año más caluroso hasta la fecha.

Incluso la ola de frío de marzo de 2018, con temperaturas inferiores a 0 °C en gran parte del continente y con nieve en ciudades del sur como Roma, no fue tan fría. Estos eventos se deben al debilitamiento del vórtice polar, un área de baja presión que normalmente permanece sobre el Ártico. Cuando se desestabiliza, puede desplazarse hacia al sur, como sucedió en marzo de 2018 por toda Europa o en enero de 2019 en Estados Unidos. 

Sin embargo, el hecho de que estas olas de frío se consideren relevantes tiene más que ver con su singularidad que con su excepcional intensidad. La visualización interactiva que se indica a continuación muestra cuántos episodios, por década, fueron al menos igualmente fríos e igualmente largos que la semana más fría de 2018. En todas las ciudades, excepto en unas cuantas, las olas de frío fueron más frecuentes en el siglo XX.

2019 podría ser el siguiente récord

Un análisis de los cinco primeros meses de 2019, basado en otra fuente de datos, esta vez del proyecto European Climate Assessment & Dataset y que usa datos de estaciones, demuestra que los récords de 2018 podrían superarse en breve. Desde enero a finales de mayo, en algunas ciudades se registraron temperaturas mucho más altas que la media para el periodo desde 1970 (desde 1975 en el caso de Lyon) hasta 2000. Las temperaturas de Varsovia, Cluj y Tallinn fueron 2,5 °C más altas en 2019 que en el mismo periodo a finales del siglo XX. Helsinki, Cracovia y Malmö superaron la marca de los 2 °C. Solo algunas ciudades españolas como Bilbao y Palma de Mallorca registraron un incremento en las temperaturas de menos de 0,5 °C en el primer tercio de 2019, en comparación con finales del siglo XX.

Las cifras de 2019 son solo preliminares. La red European Data Journalism Network actualizará su proyecto One Degree Warmer a comienzos de 2020 con datos del ECMWF, con lo que podrán establecerse comparaciones a lo largo del tiempo.

Fallecimientos producidos por el calor

Las temperaturas más altas siguen perturbando la vida en todo el continente. Los cálidos inviernos de 2017/18 y 2018/19 impidieron que se celebraran varios eventos relacionados con el hielo o la nieve. En Países Bajos, la carrera Elfstedentocht o “carrera de las once ciudades”, una competición de patinaje sobre hielo que existe desde el siglo XVIII, no se pudo celebrar (la última tuvo lugar en 1997).

También afecta a la vida animal. En el mar Báltico, considerado por los investigadores como un banco de pruebas de lo que va a suceder en otros lugares por su rápido calentamiento, los arenques están escaseando. En lugar de arenques, los pescadores han empezado a pescar de nuevo sardinas, un ingrediente esencial de la cocina portuguesa. Si bien esto supone un alivio temporal, las perspectivas a largo plazo del sector pesquero del Báltico son desalentadoras.

Las altas temperaturas de la primavera y el verano de 2018, combinadas con la falta de lluvia, produjeron malas cosechas en Alemania y Polonia. Se ha estimado que el coste total ascendería a 3500 millones de euros. Los veranos más cálidos también hacen que las heladas breves sean más intensas. Las temperaturas bajo cero en abril o mayo en el este de Alemania y Polonia, como ha sucedido este año, pueden arruinar las cosechas de cerezas o de manzanas. Aunque estas noches de heladas han sido habituales en el pasado (el periodo denominado “santos del hielo” indica las últimas heladas posibles del inverno, a mediados de mayo), los daños se agravan por el hecho de que los árboles florecen mucho antes, debido a unos meses de febrero y marzo más cálidos.

El calor tiene otros efectos más graves.

Decenas de europeos murieron por deshidratación y golpes de calor durante las olas de calor de 2018, aunque ninguna autoridad central realiza un recuento exacto de cuántas personas fallecieron. Probablemente no se esté informando de muchos casos de muertes por las olas de calor. EM-DAT, una base de datos de desastres naturales y tecnológicos que mantiene la universidad católica de Lovaina (Bélgica) y una de las pocas referencias que utilizan los expertos en la previsión de desastres, solo incluye siete entradas de las olas de calor de 2018. De ellas, solo una contiene una serie de víctimas mortales (9 fallecimientos en España el pasado agosto). Si bien la causa de una muerte en concreto puede ser difícil de determinar con seguridad, las pocas oficinas de estadísticas que sí publican cifras de “muertes producidas por calor” reconocen que las olas de calor producen muchas más defunciones. En Baden-Wurttemberg, una región alemana de 11 millones de habitantes, las muertes provocadas por calor superan las 1000 cada año y llegan a 2000 cuando las olas de calor son especialmente intensas. Un estudio publicado en 2017 en la revista médica Lancet determinó que entre 10 000 y 60 000 europeos mueren cada año por el calor. Sin embargo, este estudio solo era una extrapolación basada en las tendencias y los datos climáticos anteriores a 2010.

Lenta adaptación

Las áreas urbanas, en las que viven tres de cada cuatro europeos, son las más afectadas por el cambio climático. El hormigón y el asfalto acumulan calor durante el día y lo liberan por la noche, lo que contribuye a que se produzca un fenómeno denominado “islas de calor” y que hace que las ciudades registren temperaturas más altas que sus alrededores. Para muchos de sus habitantes, sobre todo los que no disponen de recursos para invertir en equipos de refrigeración como aire acondicionado, las políticas de adaptación de los Gobiernos locales son, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

Algunas ciudades se toman muy en serio la adaptación. Münster, una ciudad de 300 000 habitantes en Alemania, declaró una emergencia climática en mayo de 2019, al igual que Bristol, que lo hizo en otoño de 2018, Londres o Constanza, entre otras ciudades.

Aunque las declaraciones de emergencia climática son demasiado novedosas como para evaluarlas, una oleada de programas similares ha intentado abordar el problema desde, al menos, mediados de 2000. Alrededor de 15 ciudades de la Unión Europea cuentan o tienen pensando contar con un “director general de resiliencia”, en virtud del programa “100 resilient cities” (100 ciudades resilientes), financiado por la Fundación Rockefeller, que ha pagado el equivalente a dos años de los sueldos de los directores. 

En París, por ejemplo, donde la temperatura en 2018 fue 2 °C más elevada que en el siglo XX, el director de resiliencia lanzó un programa para rediseñar los patios de los 700 colegios de la ciudad y reducir en ellos el efecto de isla climática. Además, la ciudad se está planteando transformar su autopista urbana, conocida localmente como périphérique, en un bulevar.

Ante las iniciativas llevadas a cabo en el pasado, nos podemos plantear hasta qué punto son sostenibles estos programas.

Una encuesta realizada por la red European Data Journalism Network a 61 ciudades de seis países demostró que las estrategias de adaptación son, en el mejor de los casos, desiguales.

Lisboa, que también forma parte de las “100 ciudades resilientes” de la Fundación Rockefeller, facilitó numerosos detalles sobre su Estrategia de Adaptación al Cambio Climático (EMAAC, por sus siglas en portugués), un plan que la administración local elaboró como parte del proyecto ClimAdaPT.Local, una iniciativa de 1,5 millones de euros financiada por el Espacio Económico Europeo.

La Spezia, una ciudad de 90 000 habitantes en el oeste de Italia en la que, en 2018, se registraron temperaturas 2 °C más altas que la media del siglo XX, escribió que parte de su estrategia era ser miembro de Mayors Adapt, una red de administradores locales creado por la Comisión Europea. Sin embargo, el programa dejó de existir en 2015 (el programa sucesor se llama “Covenant of Mayors” o “pacto de alcaldes sobre el clima”).

La relación entre los programas oficiales y los efectos concretos era poco consistente en otras ciudades.

Desde 2008 a 2014, el Gobierno alemán apoyó proyectos piloto bajo el programa “Klimzug”, para ayudar a siete regiones a elaborar planes de adaptación al cambio climático. Dresde, una ciudad de 800 000 habitantes en el este de Alemania que registró temperaturas 2,5 °C más elevadas que la media del siglo XX, contestó a la encuesta de EDJNet haciendo referencia a su plan Klimzug (que se conoce con el acrónimo de Regklam) y que parece que siguen e implementan. Otra ciudad que se beneficia de un programa piloto Klimzug fue Rostock (con 200 000 habitantes, situada en la costa del Báltico).

La administración local respondió a nuestra encuesta sin mencionar ni una vez su estrategia Klimzug, denominada Radost. Irónicamente, aunque contestaron a la encuesta afirmando que Rostock se había beneficiado del aumento de las temperaturas, unas semanas después de enviar sus respuestas la ciudad sufrió una ola de calor. Entonces, admitieron a los medios de comunicación locales que “desgraciadamente no estaban preparados” para abordar eventos así. Es interesante que dentro del programa Radost, Rostock se comprometió a diseñar un plan de mitigación de olas de calor. Eso fue en 2014.

“Solo gestionamos emergencias”

En la encuesta de EDJNet se preguntaba a las autoridades locales qué estudios habían realizado para evaluar los efectos del aumento de las temperaturas en la población.

En Skövde, una ciudad de 30 000 habitantes en la zona central del sur de Suecia, en la que en 2018 registraron temperaturas 2 °C superiores a las del siglo XX, explicaron ingenuamente por qué aún no habían evaluado el impacto del cambio climático en su población: los políticos “normalmente tienen otras prioridades, como el crecimiento económico, por lo que la adaptación climática no recibe la misma atención. La política de los partidos no siempre va en la misma dirección que las pruebas científicas”, indicaron las autoridades (aunque añadieron que estaban elaborando un estudio).

La administración de Belluno, una ciudad de 35 000 habitantes al norte de Italia cuyas temperaturas en 2018 fueron 1,7 °C superiores a la media del siglo XX, afirmó que el aumento de las temperaturas no suponía ningún problema y además afirmaron que no habían realizado ningún estudio sobre el asunto, aparte de la monitorización de mosquitos y garrapatas, lo que plantea dudas sobre en qué datos se basaron para realizar la anterior afirmación.

Esta falta de evaluaciones sistemáticas plantea varios problemas. En la mayoría de países, las ciudades tienen que idear planes o estrategias, como los “planes de acción para el clima y la energía sostenible” (Paesc, por sus siglas en italiano) en Italia o un “plan local sobre clima, aire y energía” (Pcaet) en Francia. El hecho de que pocas autoridades hayan realizado estudios rigurosos sobre los efectos del aumento de las temperaturas sustenta la afirmación de las autoridades de Skövde: en estos planes probablemente prevalecen los intereses políticos en lugar de las pruebas científicas.

Treviso, una ciudad de 85 000 habitantes al norte de Italia, escribió que, si bien se habían realizado algunos estudios, procedían de iniciativas personales. “Evidentemente, aunque es algo serio, las instituciones aún no han percibido el problema con toda su gravedad”, afirmó un funcionario de la localidad. Resumían el problema afirmando que “solo gestionan emergencias… ¡cada vez con más frecuencia!”. Una afirmación sincera que, a pesar de las montañas de informes de adaptación que se han elaborado, se podría aplicar a Rostock y a cientos de otras ciudades europeas.