En España, un partido de extrema derecha accede al Parlamento por primera vez desde la fugaz irrupción de Fuerza Nueva en la Cámara Alta en 1979. El destino de Grecia está en manos del populista de izquierda Alexis Tsipras. Y, en Alemania, AfD es la primera formación de derecha radical que surge en el paisaje político desde la Segunda Guerra Mundial.

Los populistas y los euroescépticos de todas las tendencias políticas triunfan en muchos países europeos. Los observadores y los sondeos indican que los partidos de derecha podrían dar un paso importante en las elecciones europeas del próximo mes.

En la actualidad, los partidos de extrema derecha clásicos rara vez desempeñan una función determinante, pero los populistas recuperan sus votos. Cuando los politólogos hablan de movimientos populistas, se refieren a partidos que se erigen como alternativa a un poder establecido que no tiene en cuenta la voluntad del pueblo.

El populismo puede adoptar diversas formas: los populistas de derecha quieren una sociedad homogénea sin extranjeros. Los de izquierda, rechazan el capitalismo. Y los que se denominan populistas de centro quieren luchar contra una élite que perciben como corrupta: ideológicamente, no se posicionan demasiado a la derecha ni demasiado a la izquierda, una división que además rechazan incluso por completo.

La red European Data Journalism Network ha analizado más en detalle la evolución de los partidos antisistema en los 28 Estados miembros. El punto de partida del estudio son sus resultados en las elecciones legislativas de los dos últimos decenios. La clasificación se basa en la investigación The PopuList, iniciada el año pasado por el periódico británico «The Guardian» y en cuya elaboración han participado más de 30 politólogos.

En algunos países de Europa del Norte y del Oeste, los populistas de derecha forman parte integrante del sistema de los partidos, ya sea el Partido Popular Danés, el FPÖ que pertenece a la coalición gubernamental en Austria o el Partido de la Libertad de Geert Wilders en Países Bajos. A primera vista, las intenciones de votos para la Agrupación Nacional (sucesora del Frente Nacional) parecen relativamente modestas, pero su presidenta Marine Le Pen logró colarse en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en 2017.

En Finlandia, el partido de derecha de los Verdaderos Finlandeses influye en la vida política del país y casi ha igualado su resultado de hace cuatro años en las elecciones que acaban de celebrarse. En el país vecino, los Demócratas de Suecia crecen cada vez más desde hace años e, incluso en Alemania, la formación AfD podría instalarse de forma permanente en la escena política. Y en Bélgica, donde las elecciones legislativas tienen lugar al mismo tiempo que las europeas, se anuncia un regreso del Vlaams Belang separatista.

Tanto los populismos de derecha como de izquierda a menudo van de la mano de una crítica a la Unión Europea. Se rechaza la integración al menos en parte, sobre todo la creciente convergencia y la transferencia de competencias nacionales a la Unión.

Pero los partidos populistas no son los únicos euroescépticos: si bien el Partido Conservador que gobierna Reino Unido contribuyó a la salida del país de la UE, los politólogos no lo consideran un partido populista.

En el sur de Europa, el populismo es sobre todo de izquierda. En Grecia, el partido Syriza ganó mucho terreno desde el inicio de la crisis de la deuda en 2010 e incluso forma parte de la coalición gubernamental desde 2015. En España, el partido de protesta de izquierda Podemos se fundó en 2014, tras la crisis financiera. Y en Portugal, la CDU (Coalición Democrática Unitaria, una alianza entre el Partido Comunista y los Verdes) y el Bloque de Izquierda marxista cuentan sistemáticamente con representantes en el Parlamento desde hace veinte años.

En Italia, el partido radical de derecha Lega Nord ha tenido un gran éxito en los últimos años. El país cuenta también con una fuerte tradición de populismo centrista: el Pueblo de la Libertad de Silvio Berlusconi (sucesor de Forza Italia) es un partido de derecha liberal-conservador, mientras que el Movimiento Cinco Estrellas, un partido ni de izquierda ni de derecha creado en 2009, accedió al Gobierno el año pasado.

No obstante, el populismo centrista se encuentra presente sobre todo en los países del este y del sudeste de Europa. En Bulgaria, por ejemplo, el partido populista-conservador GERB es la principal fuerza política del Parlamento desde hace 10 años y los primeros ministros a menudo han salido de sus filas. En República Checa, el movimiento populista centrista ANO ocupa el poder desde hace 5 años.

Para la Unión Europea, los partidos populistas de derecha más molestos son aquellos que han tomado las riendas del poder en Hungría y Polonia. En Budapest, el partido Fidesz de Viktor Orbán domina el paisaje político desde hace varios años y, en Polonia, Derecho y Justicia (PiS) de Jarosław Kaczyński ha ganado las elecciones en dos ocasiones (en 2005 y en 2015).

Dicho esto, los populistas no gozan del mismo éxito en toda Europa. En Malta, por ejemplo, ningún partido populista ha logrado un resultado electoral significativo en los últimos veinte años. En Reino Unido, Luxemburgo y Eslovenia, los votos obtenidos por partidos populistas siguen siendo bastante moderados, mientras que en Lituania y en Rumanía tienden a la baja.

Por consiguiente, en Europa coexisten modelos diferentes. Sin embargo, la politóloga Sara Engler, que dirige varias investigaciones sobre el populismo en la Universidad de Zúrich, así como en el Instituto de Investigación de Estudios Democráticos de Aarau, y que ha participado activamente en el proyecto The PopuList, sostiene que el populismo es un fenómeno omnipresente en Europa.

El siguiente mapa muestra la evolución de la presencia del censo electoral de los partidos populistas de derecha en los países de la UE:

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De hecho, afirma que existen varios factores que explican el éxito de los partidos populistas: «Los populistas de derecha atraen a los excluidos de la globalización que no se han beneficiado de la apertura económica y cultural y que esperan que el proteccionismo y las fronteras cerradas les ofrezcan un futuro más próspero».

Los escándalos de corrupción de los países de Europa del Sur y del Este han hecho que los electores sean más receptivos a los eslóganes populistas antisistema. «Por último, en muchos países, los partidos tradicionales ya no cuentan con un electorado fiel, lo que constituye una oportunidad para los nuevos partidos».

Los populistas exigen que los políticos actúen en el interés del pueblo, algo que a priori parece razonable. Al fin y al cabo, ¿no es la función de nuestros representantes? Pero, tal y como explica Engler, el populismo va más allá: «Supone la existencia de una voluntad unificada del pueblo, a la que deben estar subordinados los elementos fundamentales del principio de la democracia liberal, como el pluralismo y la protección de las minorías».

Continúa explicando que, en algunos países, los populistas ponen en tela de juicio abiertamente la separación de los poderes: «Por ejemplo, en Polonia, el Gobierno de Derecho y Justicia (PiS) influye cada vez más en el sistema judicial, basándose en la premisa de que el ejecutivo sabe lo que el pueblo espera de su sistema judicial».