En la actualidad, la humanidad se enfrenta al triple desafío del cambio climático, la explosión de las desigualdades y la erosión de los valores humanistas y democráticos que generan un proceso de descivilización. En este contexto, debemos reflexionar sobre el futuro de Europa, preguntándonos cómo afrontar esos desafíos, pero también qué tipo de Europa necesita el mundo. Ahora bien, es cierto que el proyecto europeo ha dejado de ilusionar. Debía garantizar una paz perpetua, superando las fronteras de los Estados-naciones. Debía asegurar la prosperidad económica creando un gran mercado. La realidad es que Europa está dividida en seis o siete bloques, con límites inestables e intereses divergentes y la regla de la unanimidad dentro de la UE impide cualquier avance importante. Europa se encuentra debilitada ante los mercados financieros y los paraísos fiscales, ante Estados Unidos, Rusia, China y las potencias emergentes, por lo que ha dejado de hablarle al mundo e incluso de hablarse a sí misma.

Emergencias europeas

Está claro que Europa siempre ha avanzado lentamente. Pero ya no hay tiempo que perder, al menos por tres motivos. En primer lugar, si los pueblos permanecen vinculados al euro, por toda Europa resuena la ira contra el deterioro de las condiciones de existencia, contra la falta de sentido y la ausencia de un proyecto de movilización. Por otro lado, es necesario impulsar hoy mismo una transición ecológica y energética. Si Europa no se compromete a ello de manera firme, perderá cualquier autonomía geopolítica. Por último, en el propio seno de Europa, no deja de retroceder el respeto del pluralismo, de la dignidad humana y de la libertad de pensamiento. Si ya no está en posición de sustentar y encarnar estos valores democráticos, ¿quién lo hará en su lugar? Y, puesto que este ideal ya no es lo suficientemente sólido por sí mismo, es necesario que esa Europa que lo ha visto nacer y con el que se identifica, se comprometa a encarnar un proyecto de (re)civilización ante las amenazas que siguen aumentando.

El contorno de una República Europea

Europa creía que podía superar la forma del Estado-nación. Pero, en todo el mundo, las naciones son las que se afirman y se enfrentan, incluso en el interior de Europa. En efecto, el ámbito nacional es el único actualmente en el que los ciudadanos de las sociedades modernas se sienten solidarios unos con otros, protegidos y seguros por esta solidaridad. Sin embargo, sería peligroso pretender volver a las formas tradicionales de la nación que se basaban en la identidad imaginaria entre un pueblo, un territorio, una lengua, una cultura y una religión. Por lo tanto, ¿cómo conciliar esa doble exigencia de solidaridad y diversidad?, ¿cómo volver a fundar una Europa que supere la nación y la fuerza, cuando estos dos elementos son necesarios para hacer realidad el ideal democrático?

Existe un modo de lograrlo: construir una meta-nación, una nación de naciones, que adopte la forma de una República Europea.

Esta República estaría unida por el principio republicano y, al mismo tiempo, descentralizada por su dimensión confederal, lo que ofrece un ámbito muy amplio para el principio de subsidiariedad. La República, que contaría con una Asamblea soberana y con un Senado que representaría a la vez a las regiones y a los organismos de la sociedad civil (sindicatos, ONG, asociaciones, etc.), estaría dirigida por un Gobierno de tamaño limitado y encargado de la aplicación, una vez adoptada por su Parlamento, de una política común social, económica y financiera, energética y científica, diplomática y militar. Una Asamblea de Ciudadanos designados por sorteo (una especie de conferencia de consenso permanente) asumiría una función de consulta, pero tendría el poder de someter a referéndum sus propuestas que no se hubieran tenido en cuenta.

Puede que un proyecto similar para Europa nos parezca hoy utópico. Pero ¿acaso tenemos que recordar que así era el proyecto de los padres fundadores?

Tres razones constitutivas

Solo una República Europea tendría la capacidad de responder a los tres principales desafíos de nuestro tiempo.

1 – El cambio climático.

El proyecto europeo se concretó en 1952 adoptando la forma de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Pero las políticas energéticas francesas y alemanas, por ejemplo, son diametralmente opuestas y competitivas, aunque podrían ser especialmente complementarias y cooperantes.

Dentro de una República Europea, se necesita una política energética común, coherente y coordinada. Ante los intereses y los riesgos climáticos y energéticos, la única meta razonable a medio plazo (2040-2050) es lograr un objetivo de "triple cero":

cero emisiones netas de gases de efecto invernadero ("neutralidad en emisiones de carbono");

cero energías fósiles (dejar de utilizar carbón, petróleo y gas fósil);

cero residuos tóxicos (lo que implica salir de la energía nuclear).

2 – La lucha contra las desigualdades

Ningún pueblo soporta ya que el 0,1 % de los extremadamente ricos o las multinacionales amasen grandes fortunas y no tengan que pagar impuestos en parte o en su totalidad, gracias a una "optimización fiscal" que, en realidad, es una evasión que es posible gracias a la existencia de paraísos fiscales. Solo una República Europea suficientemente sólida en materia económica, política, jurídica y de defensa podrá hacer respetar la igualdad fiscal y garantizar que la competencia no se distorsione con el dumping fiscal y la apuesta menos arriesgada en el ámbito económico, social y ecológico. Entonces no se podrán poner en tela de juicio los derechos sociales más avanzados.

3. – Revitalizar el ideal democrático.

Para muchas personas, sobre todos para muchos jóvenes, los ideales democráticos carecen de sentido. Los pueblos tienen cada vez menos confianza en sus representantes elegidos, pero también en sus administraciones y en la tecnocracia bruselense. Esta doble falta de confianza se alimenta por una sensación generalizada de impotencia ante los mercados y por la falta de sentido del proyecto europeo actual. Solo una República Europea capaz de hacer frente a los desafíos climáticos, económicos y sociales (así como los problemas de defensa y de acogida de los inmigrantes) puede devolver el sentido y la esperanza.

¿Quién podría crear la República Europea?

Europa está claramente a merced de una apuesta. Debemos retomar el proyecto que inventó y actualizarlo. De lo contrario, desapareceremos del escenario internacional. Debemos contribuir a la invención de normas de aplicación universal o desapareceremos en el caos que se anuncia. Debemos unirnos de una vez por todas o saldremos de la Historia y solo existiremos por la renuncia a todo aquello en lo que han creído los pueblos de Europa. ¿Lograrán los distintos integrantes superar su chovinismo para construir una meta-nación o entrarán en regresión? Al menos es necesario plantearles la pregunta. No la podrán construir ni los representantes de las empresas, demasiado dependientes de los mercados, ni los partidos políticos actuales, limitados a los ámbitos nacionales. Por lo tanto, quien debe tomar el relevo es la sociedad cívica europea, esa nebulosa tan viva y proteica de asociaciones, de ONG, de cooperativas de la economía social y solidaria. Es ahora cuando debemos iniciar un debate que pueda devolver la esperanza a los pueblos de Europa. ¿Acaso no tienen en común un pasado, en muchas ocasiones mortal, pero repleto de esplendor artístico, técnico, científico y político? Lo que tienen que hacer es inventar su futuro.

¿Quién formará parte integrante y constitutiva de la República Europea? Todos los Estados o los pueblos europeos que lo deseen y que se unan a la triple exigencia de luchar contra el calentamiento climático, la evasión fiscal y la erosión de los valores democráticos. Pero está claro que esta República no podrá surgir ni adquirir una dimensión crítica sin la participación inicial de dos o tres de los grandes países europeos.

Con esta condición, Europa podrá reconquistar parte del poder que pierde progresivamente cada día. Pero con la convicción de que ese poder no es un fin en sí mismo, pues ya hemos sido testigos de sus límites, e incluso de sus crímenes, con el imperialismo o el colonialismo. El mundo no necesita una Europa que sea una potencia dominante, sino una Europa que sea una potencia creadora.