Tras la Década de la Alteración, 2020 será el inicio de una década (y más) de restauración, no del pasado, sino de un futuro inspirado en los valores del pasado. Después de perder muchos años negando la realidad, Europa se ve obligada a asumir tanto el Brexit como unos Estados Unidos desvinculados, ya sea en un segundo mandato de Trump o, aunque menos probable, en un primer mandato de un nuevo presidente demócrata. En cualquier caso, Europa debe crecer y asumir su responsabilidad después de décadas ocultándose tras la fuerza política, y especialmente militar, de EE. UU.

La parte positiva es que Europa es lo suficientemente fuerte para hacerlo. A pesar de la Gran Recesión y de las continuas luchas económicas en gran parte del sur, desde el punto de vista económico Europa se encuentra en general en buena forma, aunque se enfrente a los retos planteados por los numerosos cambios que han causado las transformaciones económicas, políticas y sociales de las últimas décadas. Las economías europeas han crecido durante la mayor parte del siglo XXI, si bien de modo muy desigual, y, aunque el crecimiento haya disminuido recientemente, no hay motivo para sentir pánico.

Desde la perspectiva política, la Unión Europea ha demostrado ser mucho más fuerte incluso de lo que pensaba la mayoría de sus defensores. Como suele ocurrir, las élites europeas creyeron las fantasías apocalípticas de la extrema derecha, pensando que el Brexit supondría el fin de la UE con una serie de subsiguientes salidas. En lugar de ello, la UE ha salido de toda la saga del Brexit en gran medida ilesa. De hecho, es más popular ahora de lo que ha sido en 35 años, sobre todo gracias al Brexit, tanto dentro como fuera de la UE.

Pero no todo es positivo. Aunque las instituciones de la UE han demostrado ser resilientes frente a los retos nativistas, los valores de la UE no lo han sido. Tal y como expongo en mi nuevo libro The Far Right Today ("La extrema derecha hoy"), las élites europeas han establecido y normalizado lenta pero constantemente la extrema derecha en la(s) última(s) década(s), dando prioridad a sus políticas, adoptando sus estructuras y aceptando sus partidos y a sus políticos. Ha redefinido al votante de extrema derecha en el vox populi y les aterra que se considere que han perdido el contacto con el “sentido común”.

Esto no solo ha desembocado en muchas más políticas de extrema derecha, sobre todo en lo que respecta a inmigración, integración y seguridad, sino también en un estrechamiento del espacio político en el que se dejan a un lado importantes asuntos, en términos de significado global y preocupación popular, entre los que se incluyen la corrupción, la educación, la emigración, el medio ambiente, la salud, la vivienda, etc.

También ha causado la generalización y normalización de la extrema derecha en el corazón de la Unión Europea. En la década pasada, Viktor Orbán no solo ha transformado la (nada perfecta) democracia liberal de Hungría en un régimen autoritario competitivo, sino que además se ha convertido en una de las piezas clave dentro de la UE, desafiando la narrativa prointegración de la canciller alemana Merkel con una narrativa abiertamente nativista propia y de la que está orgulloso.

Es cierto que Orbán no ganó la batalla, pero tampoco lo hizo Merkel, que abogó por el acuerdo inhumano e insostenible entre la UE y Turquía y que, paso a paso, ha dado marcha atrás en muchas de sus políticas a favor de la inmigración en la propia Alemania. Al final, Merkel nunca fue la “defensora de la democracia liberal” como proclamaban sobre ella los medios de comunicación a raíz de la llamada “crisis de los refugiados” y de la victoria de Trump. El mandato autoritario de Orbán se basa en un modelo económico que depende en gran medida de la industria alemana (de la automoción) y de las subvenciones de la UE. En ambos casos, el partido de Merkel, la Unión Democrática Cristiana (CDU), y en concreto su socio bávaro, la Unión Social Cristiana (CSU), ha sido un gran protector y defensor del régimen de Orbán.

La UE no puede cumplir su misión y su propósito si permite que existan en su interior regímenes democráticos antiliberales. Aunque se fundó explícitamente para evitar una nueva guerra entre los países europeos integrándolos económicamente (y políticamente), los países que más preocupaban a sus fundadores eran aquellos gobernados por partidos y políticos de extrema derecha. Por ello, la Hungría de Orbán va en contra de la ética del ideal europeo. 

La UE no solo debería dejar de subvencionar a Hungría, sino que debería además dejar claro a sus élites y a sus masas que deben elegir: u Orbán o la UE. Si la UE no defiende sus principios (fundadores), no solo verá proliferar cada vez más países democráticos antiliberales en su seno, en concreto, aunque no exclusivamente, en Europa Central y del Este, sino que se convertirá en un mero ente vacío.

Un cambio fundamental no es sencillo y a menudo va acompañado de crisis profundas o amenazas existenciales. Aunque muchas élites políticas aún no son conscientes de ello, la UE está sufriendo ambos problemas, al menos como un experimento democrático liberal transnacional. Se ha estado enfrentado a una crisis ideológica por lo menos desde la Gran Recesión y se enfrenta a amenazas existenciales tanto en el interior como en el exterior. 

La UE, abandonada por Estados Unidos, un proceso que comenzó mucho antes de que Trump llegara al poder y desafiada por la Rusia de Putin, actúa en un mundo cada vez más fragmentado y hostil. Cuenta con cada vez menos aliados democráticos liberales y poderosos en el mundo, ahora que Brasil e India se encuentran también en manos de la extrema derecha. Por consiguiente, la UE debe convertirse por fin en protagonista global independiente usando su poder económico para desarrollar un poder político importante y, hasta cierto punto, militar, para defender sus propias instituciones y valores, no para atacar los de los demás.

Sin embargo, para ello la UE debe abordar su propia crisis interna. Debe volver a establecer sus principios democráticos liberales, adaptarlos a los desafíos del siglo XXI y asegurarse de que todos sus Estados miembros los cumplen. De lo contrario, en primer lugar, deben ser sancionados con dureza y, si no responden, ser expulsados. Si la UE no lo logra, seguirá sobreviviendo, pero como otra organización importante sin una finalidad real, como la OTAN, buscando enemigos reales e imaginarios para ocultar su carencia de principios positivos.