Muy rara vez a lo largo de la historia, una facción o movimiento ha gozado de una victoria tan total y apabullante como la de los euroescépticos conservadores. Juegan en su campo. No solo estaban en lo cierto con la moneda única, el tema económico más importante de nuestra era — estaban en lo cierto por las razones correctas. Con una lúcida precisión profética, previeron exactamente cómo y por qué el euro conduciría a una debacle financiera y al colapso social.

Mientras, los pro-europeos se encuentran en la misma situación que los apaciguadores de 1940 o los comunistas tras la caída del Muro de Berlín. Han quedado a la altura del betún. Examinemos el caso del Financial Times, que se tiene por la mejor publicación económica de Gran Bretaña. Hace unos veinticinco años, su camino empezó a torcerse. Dejó de ser el arduo y riguroso diario económico que fuera en tiempos del gran editor de la posguerra Sir Gordon Newton.

Se distanció de sus lectores, quedó abducido por una camarilla de periodistas de izquierdas. Una alerta temprana se avistó con la postura del FT en contra de la invasión de las Malvinas. Obviamente, en 1990 apoyó la entrada británica en el Mecanismo de Tasas de Cambio [del Sistema Monetario Europeo]. En el último cuarto de siglo, se ha equivocado en todos los juicios económicos de gran calado.

Sin luto por el dracma

El mayor error del moderno Financial Times está relacionado con el euro. El FT se posicionó precipitadamente en el campo pro-euro, abrazando dicha causa con un fervor casi religioso. Se descartaron todas las dudas. He aquí la columna Lex, supuestamente escéptica y contracorriente, que el periódico publicó el 8 de enero de 2001 sobre la entrada de Grecia en la eurozona. “Con Grecia comerciando en euros”, reflexionaba Lex, “muy pocos guardarán luto por la muerte del dracma. Pertenecer a la eurozona ofrece la perspectiva de una estabilidad económica a largo plazo”. Irlanda recibió una calurosa bienvenida similar en las páginas de FT.

Incluso en mayo de 2008, cuando ya obviamente los booms fatales de Irlanda y de cualquier otro sitio empezaban a tambalearse, el diario mantuvo su fe. “La unión monetaria europea es un abejorro que ha despegado”, aseguraba en su columna más importante. “Por muy improbables que sean los designios divinos, ha triunfado en la vida real”. Para un diario como el FT, con pretensiones de gozar de autoridad en el ámbito financiero, su cobertura sobre la moneda única puede considerarse, siendo generosos, un desastre.

El sesgo de la BBC

Una y otra vez, la BBC abría las noticias con espeluznantes historias acerca de las desastrosas consecuencias que tendría no adherirse al euro, tanto en el ámbito económico como en el industrial. Cuando se vio que dichos informes se equivocaban, no se enmendaron. De hecho, Gran Bretaña disfrutaba de niveles récord de inversion extranjera. Si los datos de la Oficina Nacional de Estadística lo reflejaban, la BBC apenas les prestaba atención.

Este sesgo llegó demasiado lejos. Tal y como rememora Rod Liddle, el editor del programa Today [Hoy] de Radio 4, se reunió con un cargo veterano de la BBC para decidir cómo lidiar con las quejas de sesgo de los euroescépticos. “Rod, lo que tienes que entender es que esta gente está loca. Están locos”. Realmente, los euroescépticos estaban demasiado cuerdos.

Al dirigirse a la Cámara de los Comunes en 1936, Winston Churchill — por entonces él mismo una figura marginal y menospreciada — pronunció las siguientes palabras: “recurrir a reproches sobre el pasado debe servir para que se actúe de manera efectiva en el presente”. Entonces, ¿qué lecciones debemos extraer del debate británico acerca del euro?

La excentricidad británica

En primer lugar, deberíamos alegrarnos de esa característica tan británica, la excentricidad. El estudio del discurso público en pleno debate del euro muestra cómo a menudo los propagandistas pro-euro aislaban a sus críticos tachándolos de maniáticos. A continuación incorporo [un extracto de] la columna del 31 de enero de 1999 del colaborador de The Observer Andrew Rawnsley: “En el bando de los partidarios del euro, una gran coalición de figuras del mundo empresarial, de los sindicatos y de acaudalados y cuerdos políticos de primera fila. En el otro, una reserva de animales salvajes de viejas glorias, de quienes nunca llegaron a viejas glorias y de chiflados”. Pero, de hecho, una y otra vez, las solitarias figuras que despotrican y se salen de la ortodoxia del sistema son las que acaban teniendo la última palabra.

Sigue siendo esencial para nuestra democracia que se escuche el punto de vista a favor del euro. Pero, antes que nada, es necesario que los partidarios del euro nos digan por qué trataron de poner a Gran Bretaña en la calamitosa senda de adherirse a la moneda única. Analicemos la apreciación que hizo Danny Alexander, secretario jefe del Tesoro, en la que tildó a los aislacionistas anti-europeos o nacionalistas de ‘enemigos del crecimiento’.

Durante cinco años, Alexander se ocupó de la campaña a favor del euro, y si se hubiese salido con la suya, hubiese llevado a Gran Bretaña directamente hacia la catástrofe económica. ¿Cómo osa denunciar a los euroescépticos de esa manera? Ya es hora de que los partidarios del euro reconozcan su responsabilidad.

Este artículo se basa en un informe titulado Guilty Men [Hombres culpables], realizado por Peter Osborne y Frances Weaver, que publicará el Centre for Policy Studies.