Unos días antes de que el alcalde de Split, Zeljko Kerum, anunciase la construcción de la estatua más grande del mundo de Jesús en la 'riva', el paseo al borde del mar, doscientos kilómetros al noroeste, otro “sheriff” local, el presidente de la República Srpska, Milorad Dodik, acompañado de “su” arquitecto jefe, el ilustre director Emir Kusturica, inauguró la obra de Kamengrad en Visegrado, Bosnia-Herzegovina.

Kamengrad está concebida como un conjunto de edificios nostálgicos, de estilo heterogéneo y de dudoso gusto, situados en pleno centro histórico de Visegrado, a orillas del Drina, cerca del puente que la novela “Un puente sobre el río Drina” [Editorial Debate, 1999], de Ivo Andric (Premio Nobel de Literatura de 1961), dio a conocer mundialmente.

Como un parque temático local, Kamengrad va a servir de decorado para la adaptación cinematográfica de la novela de Andric. Después del rodaje, esta instalación de unos 30 millones de euros debería consolidarse y reemplazar al viejo Visegrado, tan bosnio y ordinario. “Todas las épocas quedarán representadas allí, incluido el Renacimiento, periodo en el que los pueblos de los Balcanes sufrieron la invasión turca y no lo vivieron”, explica Kusturica, quien a todas luces tiene su propia visión de la Historia.

Fraternidad identitaria

Kamengrad y la futura estatua de Jesús en Split son una buena muestra de la megalomanía por los monumentos que últimamente se apodera de los Balcanes. Después de que las armas dejasen de disparar, la arquitectura se ha convertido en una prolongación de la política. Una política que, por las circunstancias (¡gracias Europa!), hoy debe ser menos beligerante, pero que preserva el gusto por los símbolos y las grandes dimensiones.

En Nis, en el sur de Serbia, se erige “la cruz más grande del mundo” a escasos metros de la autopista que atraviesa la ciudad. Lo mismo sucede en Skopje (Macedonia), donde acaba de terminarse de instalar una horrible obra kitsch: el monumento de unos cuarenta metros de altura que representa a Alejandro Magno [para no predisponer una vez más a los griegos en contra, oficialmente el monumento se llama “Guerrero a caballo”].

En pocos años, el poder nacionalista macedonio ha conseguido destrozar el centro de Skopje, que es, sin embargo, un ejemplo de urbanismo moderno ideado por Kenzo Tange tras el terremoto de 1960, al transformarlo en un parque de esculturas vulgares que representan a “héroes nacionales”. En Split, el alcalde no se va a limitar a Jesús, sino que le encantaría también erigir estatuas en honor de Juan Pablo II o del primer presidente croata, Franjo Tudjman, entre otros.

Las sociedades occidentales levantaban monumentos en la época de la construcción nacional (entre los siglo XVIII y XX), para ofrecer al pueblo una panoplia de imágenes, de supuestos héroes y mitos, para unirlos y hacer que olvidasen sus divisiones internas. Los monumentos contribuían al mantenimiento de una fraternidad susceptible de servir como cimiento social e identitario.

Purificación simbólica

En los Balcanes, los monumentos cumplen una función bien diferente. Suplen las lagunas de la Historia, sean ciertas o supuestas. La idea de que los nacionalistas están únicamente interesados en la Historia es una gran mentira; la historia de su pueblo nunca será suficiente, por lo que no pueden evitar recrear una historia paralela.

Los monumentos obedecen a la lógica de la exclusión del otro en los Balcanes. El delirio arquitectónico de VMRO [el partido que ocupa el poder en Macedonia, derecha-nacionalista] no sirve para reforzar la “macedoneidad”, sino para hacer que se olvide lo que no le conviene, es decir, el internacionalismo modernista del periodo de Tito y la memoria de las viejas ciudades otomanas, con su encanto oriental y la población albanesa de la que hay que borrar toda contribución a la identidad nacional.

La operación Kamengrad en Visegrado no tiene otro objetivo que el de “purificar” simbólicamente el viejo puente, que a pesar de los esfuerzos de Emir Kusturica sigue siendo indudablemente otomano. En la villa recreada por Kusturica, este puente es sólo un accesorio de escenografía, un elemento integrado en el nacionalismo serbio.

Humillar al otro, pero también mostrarle que ya no dispone de ningún recodo en el que verse reflejado: ése es también el objetivo de los curas de Herzegovina [la parte croata y católica de Bosnia] que han “decorado” Mostar con un amasijo de cruces y de campanarios para superar en número y en altura a los minaretes locales.