En una habitación del centro de acogida T. G. Masaryk situada a pie de calle, una treintena de niños se hacinan en literas. Ondřej trabaja para la ONG Nenávist není řešení [El odio no es una solución] y les han dado periódicos de la semana pasada llenos de fotografías de la última manifestación, en la que participaron los habitantes de la ciudad junto a decenas de cabezas rapadas.

“Ahora vamos a hablar de lo que aparece en las fotos”, propone Ondřej a los niños. “Es la manifestación contra nosotros”, dice una niña de 10 años. “¿Y qué piensas tú?”, pregunta Ondřej. “Que son idiotas”, responde un chico de 9 años.

Fuera, medio centenar de policías bien parapetados se prepara para intervenir. “Es la cuarta vez que vengo y creo que me tocará de nuevo la semana que viene”, dice uno de ellos. La misión de estos policías es que la multitud no logre entrar en el centro de acogida.

Desde hace algún tiempo, todos los fines de semana, Varnsdorf es el escenario de manifestaciones contra los habitantes gitanos de la ciudad. La última la organizó Lukáš Kohout, que se ha dado a conocer mundialmente al acompañar a los representantes políticos en sus desplazamientos y hacerse pasar por asistente de un exministro de Asuntos Exteriores. Por la mañana, el cine ha acogido un debate con representantes del ayuntamiento. El ambiente se ha caldeado antes de la manifestación vespertina. “Ya no aguanto más a los gitanos. Nos vemos a las dos en la plaza. Vamos a ocuparnos de ellos”, era una conversación captada entre dos hombres en el recibidor del cine.

Proteger a los niños

Miroslav Brož, portavoz de Nenávist není řešení, acompaña a los periodistas de Hospodářské noviny a través de los tres pisos del centro de acogida. Sus ocupantes no tienen el dinero suficiente para pagar los alquileres de los apartamentos en los que viven la mayoría de los habitantes. La ciudad percibe mensualmente del Estado 3.000 coronas [alrededor de 104 euros] por cada adulto y 2.000 coronas [en torno a 70 euros] por cada niño.

"Estamos aquí hoy para dar confianza a la gente y divertir a los niños. Velamos para que no salgan y que no les pase nada”, explica Brož. "El ayuntamiento contrata muchos trabajadores sociales, pero hoy no están aquí”, dice suspirando.

Algunas cabezas de niños y adultos se asoman por las puertas. “Señora, ¿sabe cuándo acabará esto? Queremos salir”, pregunta contrariada una mujer de cierta edad. Ella no es gitana y llegó a este centro de acogida tras no poder hacer frente a un alquiler de precio normal. “Sí, entiendo por qué la gente se enfada con los gitanos que roban y causan desorden. Y que a veces pegan palizas a gente. Pero no todos son así. Siempre hay otra cara de la misma moneda”, prosigue. “Yo tenía un trabajo, una familia y hoy ya no me queda nada”, cuenta para justificar su presencia en ese centro de acogida, sin dar más explicaciones acerca de los avatares de su vida.

“No es fácil convivir con ellos”

Un policía de la brigada anti-disturbios explica el problema de la ciudad: “No me sorprende en absoluto que los habitantes de Varnsdorf tengan problemas con la comunidad gitana. No es fácil convivir con ellos en la misma ciudad. Cada vez son más los que vienen a vivir aquí debido a los centros de acogida a gran escala que han erigido los empresarios”.

De hecho, muchos empresarios de la región han centrado su actividad en el reagrupamiento de personas en situación de exclusión social. Ganan dinero gracias a las subvenciones que reciben los centros de acogida, como también las percibe la propia ciudad que dispone de algunos equipamientos de ese estilo. Las subvenciones son por cabeza y, por tanto, a veces tienden a estar hacinados.

Un centenar de personas viven en T. G. Masaryk. Así se llama este centro de acogida, en el que la mayoría de ocupantes están enfadados por tener que quedarse encerrados dentro del centro durante un sábado en el que luce el sol, únicamente para evitar que se produzcan enfrentamientos. Algunos también tienen miedo. Por eso no han acudido a la reunión matutina del cine con el resto de la población. “La próxima vez hay que ir a hablar con la gente. No somos una panda de ladrones y de vagos”, afirma Vyskočil empujando a František Godl para que se ponga delante del objetivo. “Franta ha hecho un curso de reciclaje profesional de informática básica, pero nadie ha querido contratarlo. Quería ser trabajador social, pero eso tampoco ha funcionado. Así que sigue cogiendo polvo aquí”, dice enfadado Vyskočil.

Casi tres horas después, la multitud se da por vencida. Los policías les han impedido acceder al centro social. Cada uno se marcha a ocuparse de sus asuntos. Por su trabajo con la asociación Vzájemné soužití [Vivir juntos], Kumar Vishwanathan ha sido galardonado con el premio František Kriegl, otorgado por la Fundación Carta 77, y la embajada de Estados Unidos le ha condecorado por su labor a favor de la mejora de las relaciones entre los gitanos y los no-gitanos checos. “Ahora voy a sacar a los niños, llevan encerrados todo el día, tienen que salir a tomar un poco el aire”, dice dando por terminado su turno este trabajador social indio con vasta experiencia con la comunidad gitana en la región de Ostrava.