No sé qué pensarán, pero por mi parte no tengo la menor intención de morir siendo chino. Sin embargo, tal y como van las cosas, es muy probable que sea así.

A mediados de septiembre, justo cuando el sur de Europa se precipitaba hacia el desastre, durante el congreso anual del World Economic Forum, que desde 2007 se celebra (qué casualidad) en China y este año llevaba el título de “New Champions 2011”, el primer ministro Wen Jiabao anunciaba que su país iba a invertir cada vez más en el “viejo” continente.

Los chinos ¿nos salvan o nos invaden?

Con un sentido de oportunidad bastante aterrador, los días anteriores circularon rumores insistentes sobre la intención de China de realizar adquisiciones masivas de bonos del Tesoro italiano, unos rumores corroborados por el viaje a Roma del presidente de China Investment Corp, uno de los fondos de inversión más ricos del mundo, que llegó para negociar la compra de partes importantes de empresas estratégicas de nuestra economía nacional. Desde entonces, no pasa ni un sólo día en el que no nos preguntemos si los chinos nos están salvando o invadiendo.

Para mí la pregunta no puede ser más inquietante, porque el destino quiso que mi última novela — La seconda mezzanotte [“La segunda medianoche”, todavía no editado en castellano] — se publicara casualmente el 14 de septiembre, precisamente el día en el que las agencias de prensa no dejaban de difundir noticias sobre los anuncios de Wen Jiabao.

En esta novela, me imaginaba que en 2092 Italia se había convertido en un país satélite de China tras haberle cedido la totalidad de su deuda exterior y que una empresa multinacional de Pekín había comprado Venecia, después de sufrir una terrible inundación. Desde entonces, el nuevo destino del país, que se había vuelto a fundar con el estatus de Zona Políticamente Autónoma, era como un parque de atracciones dedicado al lujo y a los vicios desenfrenados de los nuevos ricos orientales. Ante esta pregunta inquietante, no puedo sino dar sino una respuesta igualmente inquietante.

Choque de civilizaciones entre Europa y China

Dejando a un lado los catastrofismos literarios, me parece evidente que el advenimiento de una soberanía político-financiera china sobre nuestro viejo continente aceleraría el declive de la civilización europea tal y como la hemos conocido, soñado y amado (aunque sea en nuestras visiones ideales). Temo que sea una grave amenaza para los fundamentos culturales de la civilización occidental europea moderna: soberanía política del pueblo, libertad de pensamiento y de expresión, derechos de los trabajadores y del ciudadano, autonomía individual, solidaridad entre los individuos reunidos en sociedad, valor de la persona, seguridad alimentaria, respeto del carácter sagrado de la vida.

Sí, temo todo eso, no sólo porque aún tengo en la retina la imagen de ese joven que en la plaza de Tiananmen se enfrentó a un tanque armado únicamente con dos bolsas de la compra (no olvidemos que ese joven también era chino), o porque preveo un conflicto de civilizaciones entre Europa y China, sino porque me asusta el desvío de un capitalismo financiero cuyos fondos soberanos chinos representan actualmente la punta de la lanza debido al uso de un capitalismo ideado para financiar el trabajo y la empresa pero que ha acabado enterrándolos.

Si en un futuro próximo la política no logra deshacer el camino que le ha llevado de la soberanía a la obscenidad, sin duda correríamos el riesgo de que en un futuro no tan lejano se desencadenara un conflicto gigantesco entre los intereses especulativos de las finanzas apátridas, ya sean de China, Estados Unidos o cualquier otro lugar, y las necesidades, las expectativas legítimas, las esperanzas de cada uno de nosotros.