Siguiendo la tradición de Emile Durkheim y de Maurice Halbwachs, la sociología del suicido ha contribuido a enriquecer en suma medida el conocimiento que se tiene de las sociedades modernas, pero es parca cuando se trata de explicar directamente no sólo los suicidios individuales, sino también los que se producen en serie, como sucede en el caso de France Télécom. Los únicos que pueden intentar esclarecer situaciones laborales tan críticas y a ponerles remedio son los equipos multidisciplinares. El estudio de los datos recabados durante más de un siglo y que, a día de hoy, abarcan prácticamente todo el mundo puede, sin embargo, ofrecer un nuevo enfoque a la hora de analizar de la actualidad inmediata.

Si se relaciona el índice de suicidios con las clases sociales, de su evolución se desprenden hipótesis referentes al sentido que los protagonistas le confieren a sus actividades diarias. En aquellas sociedades en las que la lucha por la supervivencia impera por igual como una necesidad, el suicidio es mínimo. "La miseria protege", afirmaba Durkheim. Sin embargo, se trataba de una pobreza integradora, vivida como condición sine qua non universal e individual. En las sociedades modernas, la miseria personal se vive como excepción y carece de cualquier propiedad integradora.

En la década de los 60, los agricultores ostentaban el récord de suicidios en Francia: se trata de la época en la que se precipita el éxodo rural, dejando desprovisto de cualquier sentido a la transmisión del patrimonio y de los valores inherentes al trabajo de la tierra. En los años 70, cuando se desarrolla el trabajo de los Peones Especializados, el índice de suicidio más elevado recae en el colectivo de los obreros. El sociólogo Renaud Sainsaulieu, quien conoce por experiencia propia esas cadenas en las que, a menudo, se trabaja sin compañía cercana, no dejaba de asombrarse cuando, al volver a casa, le saludaba alguien que le veía como a una persona.

La presión psicológica y la escasa libertad decisoria

En los últimos años, los empleados se han sumado a los obreros. Ahora bien, en sendos casos, precariedad y flexibilidad han aumentado el estrés laboral: la fuerte demanda psicológica ligada a la escasa libertad decisoria genera estrés, estrés que puede verse agravado por el aislamiento laboral; sucede lo mismo con la diferencia entre el esfuerzo que el trabajador acepta realizar y la recompensa que obtiene por ello, no sólo en términos de remuneración, sino también de reconocimiento profesional y social. Los nuevos métodos de gestión han intensificado el trabajo, pero han puesto punto y final a la solidaridad. Además, el paro y las amenazas que éste conlleva han incrementado el riesgo de tensiones.

En la actualidad, el récord recae en las personas no activas, jubilados aparte. Ahora bien, el paro conlleva una merma considerable de las relaciones sociales del día a día, además de un sentimiento acentuado de soledad y malestar, del que dejan clara constancia las encuestas del INSEE (Instituto Nacional francés de Estadística y Estudios Económicos).

Suicidios con valor de protesta

En nuestras sociedades, el significado del trabajo no se reduce a un penoso gasto energético que se compensa con gratificaciones materiales, tal y como podría definirse en términos de una econometría sucinta, sino que es indispensable vincular el trabajo con el significado que cada uno le atribuye, no sólo en el presente, sino también en el transcurso de una vida, que se enmarca en el tiempo a lo largo de las generaciones.

La comparación internacional invita, asimismo, a desembarazarse de una visión económica en sentido estricto. Reino Unido y Estados Unidos (dos países familiarizados desde hace mucho con la competitividad y que valoran la productividad individual) registran unos índices de suicidio relativamente bajos, al contrario que Francia y los países del norte de Europa. Sin embargo, quienes deseen copiar los modelos anglo-estadounidenses no han de olvidar que, en tales países, su tradición religiosa compensa la dureza del mercado. Está en juego el significado de la vida en su conjunto, comenzando por el de la economía.

Los suicidios en el trabajo son algo excepcional: se realizan en un espacio público. Por lo tanto, como sucede en el caso de los suicidios femeninos de Nueva Guinea, tienen valor de protesta. Razón de más para plantearse qué sentido ha de darse al trabajo y para evitar reducirlo —tal y como hacen los políticos— a una fuente penosa y aleatoria de ingresos individuales.