"Cada vez que Europa ha avanzado ha sido porque se ha producido una crisis. Cuanto más profunda era, más importantes eran los progresos en la construcción europea. Por ello, actualmente, hay motivos de sobra para tener esperanza... Teniendo en cuenta la violencia del choque actual, Europa se dispone a dar un gran salto hacia delante". El análisis expuesto hace unos días por Joschka Fischer, ex ministro alemán de Asuntos Exteriores de los Verdes, ante un grupo de empresarios franceses y alemanes, podría generar optimismo.

Sin embargo, impera la fatalidad. La crisis de Europa es grave, la más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Es económica y social, existe la amenaza de la recesión, pero no sólo eso. Es profundamente política: prueba de ello son los movimientos de desconfianza, incluso de revuelta, que se expresan con frecuencia en el "viejo" continente. Esta crisis de la deuda puede llevar a Europa al caos.

Ante esta amenaza, las negociaciones emprendidas desde hace meses entre París y Berlín primero, luego con los demás países de la eurozona y después con la Unión, son un tanto lamentables. Se multiplican las reuniones a solas, los pulsos y las cumbres, se tergiversa, se escatima, se aplazan las decisiones… Sin duda, este 26 de octubre en Bruselas se llegará a un nuevo acuerdo de última hora, al enésimo compromiso (¡no hay que desafiar a los mercados!). Se habrá remendado la casa, imponiendo una cura severa de austeridad a los pueblos desamparados, obligando a los prestamistas a renunciar a una parte de lo que se les debe, exigiendo una recapitalización de los bancos, aumentando también la capacidad del extintor de incendios. Pero con todo ello, no se habrá apagado el fuego. Y eso es lo que debe preocuparnos.

Europa necesita un nuevo impulso y arquitectos perseverantes y ambiciosos. Por supuesto, es necesario salvar el euro con urgencia. Quizás los padres de la moneda única la alabaran en exceso ante las opiniones públicas, presentándola como la clave absoluta de la felicidad. Pero no ha sabido serlo. Sin embargo, es una condición para llegar a la felicidad. Y yendo más lejos, lo que se debe replantear es la manera de funcionar de Europa, su forma de organizarse, la solidaridad que exige a sus miembros.

Es algo que olvidamos en este periodo en el que las dificultades de cada uno favorecen a los egoísmos de todos: el mundo que se está construyendo estará constituido por grandes conjuntos, especialmente alrededor de Estados Unidos y de China. El fuego sigue ardiendo. Hay que extinguirlo y al mismo tiempo empezar a reconstruir la casa. Es urgente.