La escena tiene lugar durante la reunión del G20 celebrada en Pittsburgh: el británico Gordon Brown habla a favor de la incentivación keynesiana y la canciller Angela Merkel arremete contra él por exigir de Alemania menos excedentes comerciales y más consumo interno. Nicolas Sarkozy reitera sus diatribas contra los banqueros mientras Silvio Berlusconi repite su monólogo contra la especulación petrolera. Por último, el neerlandés Jan Peter Balkenende, que al igual que España tan sólo cuenta con un puesto secundario, se pronuncia respecto de todos estos asuntos. Cada loco con su tema: entre la Comisión y la presidencia sueca de la UE, los europeos formaron en la reunión del G20 una cacofónica orquesta de ocho miembros. A Washington y Pekín les importa poco: si las cosas no cambian, el G20 no tardará en convertirse en un G2 en el que los presidentes de EE.UU. y China dispondrán de los asuntos planetarios.

¿Podríamos concebir que, después del "sí" irlandés, los europeos hablen con una sola voz para que se les escuche a la hora de decidir sobre el funcionamiento del mundo? Con eso soñaba Valéry Giscard d'Estaing al introducir en el Tratado el concepto de la presidencia permanente del Consejo Europeo: una persona elegida cada dos años para representar a la Unión Europea en el ámbito internacional. "Europa debe buscar e inventar a su George Washington", dijo Giscard d'Estaing.

La UE va a dar a luz un monstruo de tres cabezas

Al contrario de lo que cuenta una persistente leyenda, la reorganización prevista por el Tratado de Lisboa no va a simplificar el funcionamiento de la Unión: va a alumbrar a un monstruo de tres cabezas que no hará sino aumentar la ingobernabilidad de Europa. "George Washington" tendrá que cohabitar con el presidente de la Comisión, atento a sus prerrogativas comerciales y presupuestarias, y con el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, jefe supremo de los servicios diplomáticos. Y ningún gran país europeo contempla siquiera la posibilidad de ceder su puesto —en el G20, en un ya moribundo G8, en el FMI o en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas— para que haya una representación unificada.

Sólo un individuo de personalidad carismática podría confederar a esta Europa digna de las polis de la Antigüedad o de las ciudades renacentistas italianas, que se vieron abocadas a la marginación por no poder unirse frente a un mundo cambiante. Pero pocos creen en este mesías y los Veintisiete se han dado prisa en colocar una vez más a la cabeza de la Comisión al gran timorato José Manuel Barroso.

¿Un hombre discreto o una personalidad carismática?

También parece que las funciones del presidente permanente del Consejo Europeo van a quedar limitadas. Sarkozy pretende imponer a alguien con una personalidad fuerte, pero impulsa a un hombre trasnochado y controvertido, el ex-primer ministro británico Tony Blair, artífice de la Guerra de Irak e inventor de un modelo financiero en crisis. Parece haberse resignado: Merkel quiere a un individuo discreto que no sea la cara de Europa, sino el secretario de los Jefes de Estado y de Gobierno. Se está barajando el nombre del poco euro-entusiasta Balkenende, pero es posible una más euro-entusiasta candidatura de Finlandia.

De no producirse cambios inesperados, Sarkozy cuenta con paliar estas flaquezas destacando su entente con Merkel: ¿no son acaso ellos los líderes carismáticos de Europa, y no queda Londres descalificado? Brown está sin aliento y el que probablemente sea su sucesor, el conservador David Cameron, quedará excluido por su euroescepticismo. De modo que París y Berlín se han imaginado intercambios ministeriales, la redacción de un protocolo del Tratado del Eliseo y una ceremonia por todo lo alto para celebrar los veinte años de la caída del Muro. Por eso, nada más natural que los dos dirigentes hayan acudido dados de la mano a la reunión del G20 y se preparen a hacer lo mismo con el expediente climático.

La ilusión del entendimiento franco-alemán

En realidad, los franceses y los alemanes van a atacarse mutuamente cuando la explosión de la deuda pública amenace al euro. A pesar de la recesión, Alemania registra un déficit que apenas supera el 3 % de su PIB, un nivel al que Francia a duras penas ha llegado en periodos de boom. Estos dos países son cada día más ajenos el uno para el otro: Alemania, cuya inversión social actual es menor que la del Reino Unido, tiene previsto seguir su carrera por la productividad. Sarkozy, el hombre contrario al rigor, es líder mundial en gasto público y se sitúa incluso por delante de Suecia.

En cuanto a la industria, los alemanes piensan seguir yendo por libre y rechazan el mecano a la francesa. De forma imperceptible, cada cual busca sus nuevas fronteras fuera de la UE. Alemania está en tratos con Rusia y sus clientes chinos, mientras que los jueces constitucionales y la opinión pública rehúsan una integración mayor. Sarkozy va “deseuropeizando” poco a poco su política, estableciendo alianzas en cada continente con Brasil, Egipto, Emiratos o India.

Así que la única certeza nacida del "sí" al Tratado de Lisboa tiene que ver con la continuación del proceso de ampliación. Croacia lo ha acogido muy bien. El tema de la adhesión de Turquía, en silencio desde hace tres años, va a volver a ponerse en marcha. Puede que se trate, a pesar de Sarkozy, del único proyecto político encarrilado que hay en Europa.