Las felicitaciones por el acuerdo de las 4 de la mañana en Bruselas darán lugar rápidamente a una serie de preguntas. Sobre todo sobre el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Parece que se ha creado en torno a la idea de garantizar una parte de las obligaciones de los países excesivamente endeudados, cuya eficacia se pone en entredicho. Posee un elevado volumen, de un billón de euros, que sigue estando en todo caso en la parte más baja de la franja imaginada.

Además, la otra idea de crear un segundo fondo, un "vehículo especial", abierto a los capitales de China y de los países emergentes ha recibido muchas críticas, no sin motivo: ¿es necesario recurrir directamente a la ayuda de China? ¿No significaría no poder actuar contra el valor del yuan, o yendo más allá, no poder denunciar ésta u otra política china?

Pero volvamos a lo esencial. A las carencias. El crecimiento. Aún hay que actuar para acabar con las dos raíces del problema. La ausencia de una política macroeconómica común y las diferencias entre los países miembros.

Una disciplina que roza la tutela

El primer asunto se ha abordado en gran medida en el acuerdo de Bruselas, pero únicamente desde la perspectiva de la vigilancia. Los jefes de Estado y de Gobierno han tomado dos tipos de decisiones. En primer lugar, reforzar la existencia de un gobierno de la eurozona con el riesgo asumido de crear una división con respecto a los Estados miembros de la Unión que no pertenecen a la eurozona y con el riesgo no asumido de crear un mecanismo complicado e ineficaz.

Para ello, se ha creado una "eurocumbre" presidida por los jefes de Estado y de Gobierno, no por los ministros de Finanzas. Así se ha avanzado un paso.

También se ha creado una secretaría permanente (con el confuso nombre de Eurogroup Working Group), cuya coordinación con la Comisión no está clara: la balanza oscila entre lo intergubernamental y lo federal.

Después, y ahí está lo más interesante, se ha vuelto a reforzar la vigilancia de los presupuestos de los Estados miembros. Desde principios de año, se puso en marcha un mecanismo de coordinación, con el nombre de "semestre europeo", menos vaporoso pero también perteneciente al argot. Con este mecanismo, se impone a cada Estado que su ley presupuestaria se ajuste a un contexto plurianual que se discute previamente en Bruselas. De este modo, Europa ajusta los presupuestos nacionales antes de su votación.

El acuerdo del jueves por la mañana va aún más lejos. Impone la aplicación antes de finales de 2012 de una "regla de oro" a nivel constitucional (señalemos de paso que los socialistas franceses se encuentran así entre la espada y la pared). Indica que los presupuestos se deben crear basándose en perspectivas de crecimiento "independientes", un primer paso muy importante hacia un comité presupuestario independiente al estilo anglosajón. Señala que toda iniciativa presupuestaria que pueda afectar a los demás países se debe someter a la consulta de la Comisión. Para los países que se desvían del Tratado de Maastricht y se sitúan "bajo vigilancia", esta disciplina roza la puesta bajo tutela: se apela a la Comisión para que gestione ("supervise") la ejecución de sus presupuestos.

Una fractura entre la Europa excedentaria y la deficitaria

Aún así, la vigilancia no es lo mismo que la coordinación. Alemania sale ganando, porque impone una disciplina obligatoria. No es algo negativo. Francia, que soñaba con un gobierno económico, no logra nada de lo que esperaba: nada sobre la política económica del conjunto de la zona. Nada sobre el riesgo de que el crecimiento imponga una austeridad a todos al mismo tiempo. Nada sobre la necesidad de que los países con excedentes (es decir, Alemania) mantengan como compensación una gran demanda interior.

Y la misma carencia sobre la otra raíz del problema: las divisiones. Es la mayor decepción del euro, pues en lugar de confluir bajo la influencia del euro, las economías han hecho lo contrario: ha aumentado las diferencias de productividad, del coste del trabajo y del comercio exterior.

Se ha profundizado la fractura entre la Europa con excedentes, situada a modo de resumen en el Norte (Alemania, Países Bajos, Dinamarca, República Checa, Hungría) y la deficitaria del sur (Grecia, Italia, España, Portugal y también Francia). Ahí es donde reside el principal problema: estos países fabrican y venden cada vez menos bienes industriales y servicios. Y cada vez viven más por encima de sus posibilidades.

¿Qué empleos habrá en Grecia en diez años? Esta es la pregunta esencial que plantea la crisis de la eurozona, una pregunta que se extiende al conjunto de los países del sur.

No ha bastado con la unión monetaria, al contrario. En este sentido, Alemania se equivoca. Se han realizado transferencias financieras, serán necesarias otras, pero no son suficientes. ¿Qué más se puede hacer? ¿A qué movilidad, qué competitividad y qué especialización se puede recurrir?

El acuerdo de Bruselas se limita a pedir a Herman van Rompuy que plantee una serie de propuestas antes de fin de año. Sigue quedando la duda de que Europa acepte lo que es necesario.