¡Por fin! Irlanda ha ratificado el Tratado de Lisboa y ahora la Unión Europea puede avanzar con su plan para dominar el mundo. Lo más probable es que en cuestión de meses la UE designe un presidente y un ministro de Exteriores. Tony Blair ya está calentado para saltar al terreno de juego y asumir este trabajo de alto nivel. Una serie de candidatos suecos, holandeses y belgas se dan empujones para ocupar el puesto de ministro de Exteriores. La Unión, fortalecida con sus nuevas estructuras de política exterior, reclama que se le considere seriamente una superpotencia mundial. David Miliband, ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, comenta: “No debería existir un G2 integrado por Estados Unidos y China. Debería ser un G3 con la Unión Europea”.

Pero lo que ocurre en Bruselas, o incluso en tratados trilaterales entre Estados Unidos, China y Europa es un espectáculo secundario. La auténtica clave de las ambiciones globales de Europa se encuentra en el G20. Jean Monnet, el padre fundador de la UE, creía que la unidad europea “no era un fin en sí mismo, sino una fase del recorrido hasta llegar al mundo organizado del futuro”. Sus sucesores en Bruselas no mantienen en secreto el hecho de que consideran la marca de gobierno supranacional de la Unión como un modelo global.

El caballo de Troya de Europa

Hace unas semanas, en la última reunión del G20 en Pittsburgh, me sorprendí al darme cuenta de que el G20 es el Caballo de Troya de Europa. El entorno y el ambiente me resultaban extrañamente familiares. Y entonces lo entendí: había vuelto a Bruselas y esto era sólo una versión global de una cumbre de la Unión Europea. La misma ejecución y el mismo formato. La cena de los líderes la noche antes de la cumbre; un día entero negociando un comunicado incomprensible y repleto de tecnicismos; la creación de crípticos grupos de trabajo; las salas de prensa nacionales para las conferencias posteriores a la cumbre. Los líderes europeos están más que familiarizados con estos procedimientos, que resultan bastante novedosos a los líderes asiáticos y americanos, a los que los europeos están enredando cuidadosamente en esta nueva estructura. Al observar a un delegado indonesio deambulando, aparentemente despreocupado, por el centro de conferencias de Pittsburgh, sentí una punzada de lástima. “No sabe dónde se está metiendo”, pensé. “Va a malgastar el resto de su vida debatiendo sobre cuotas de pesca”. (O, al ser el G20, de cuotas de emisiones de carbono). Los europeos no sólo marcaron el tono en el G20, sino que además, dominaron las reuniones, ya que estaban extremadamente representados. Grandes países como Brasil, China, India y Estados Unidos estaban representados con un líder por país.

Los europeos se las ingeniaron para asegurar ocho puestos alrededor de la mesa de conferencia para Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, España, Países Bajos, el presidente de la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo. La mayoría de los principales funcionarios internacionales presentes también eran europeos: Dominique Strauss-Kahn, Director Gerente del Fondo Monetario Internacional; Pascal Lamy de la Organización Mundial de Comercio; Mario Draghi de la Junta de Estabilidad Financiera. El resultado era que los europeos parecían estar mucho más sintonizados con lo que estaba ocurriendo que algunas de las otras delegaciones. Estaba intentando comprender en las conclusiones de Pittsburgh los nuevos poderes que se le otorgaban al FMI para supervisar las políticas económicas nacionales, cuando me interrumpió una antigua colega de la Comisión Europea, que reconoció de inmediato el lenguaje. “Ah sí”, afirmó, “el método abierto de coordinación”. Pero ¿realmente todo esto importa? Después de todo, las cumbres y las declaraciones de la EU se han convertido en sinónimo de maquinaciones tortuosas e ineficaces que a menudo tienen poco efecto en el mundo real. El proceso que dio lugar al Tratado de Lisboa comenzó hace ocho años. Incluso tras la ratificación de Irlanda, los recalcitrantes gobiernos de la República Checa o Gran Bretaña podrían desbaratar todo el Tratado.

La saga de Lisboa

Sin embargo, la saga de Lisboa también puede interpretarse de otro modo. Una vez que la UE toma en sus garras un asunto, no lo deja escapar. Los procesos que comienzan en las cumbres de la UE, que a menudo parecen un ir y venir burocrático de papeles, resultan tener importantes implicaciones políticas años después. Se podría decir lo mismo de algunas de las decisiones tomadas en Pittsburgh, como el lenguaje sobre los paraísos fiscales y las bonificaciones a banqueros. Desde sus inicios, la UE avanzó dando pequeños pasos, aparentemente técnicos, centrándose en cuestiones económicas: el denominado “método Monnet”. El mismo Monnet creía que Europa se crearía con “la gestión común de problemas comunes”. ¿En qué se diferencia esta afirmación del reciente llamamiento del Presidente Barack Obama para buscar “soluciones globales a problemas globales”?

Por supuesto que sigue habiendo un gran abismo entre las capacidades de la UE actual y las del G20. No existe ningún ejército de funcionarios del G20 que pueda igualar a los burócratas de Bruselas. No hay ningún cuerpo de leyes del G20 ni ningún tribunal del G20 que vele por el cumplimiento de las decisiones del grupo. Tampoco hay muchas posibilidades inmediatas de que Estados Unidos o China, ambos celosos protectores de su soberanía, vayan a ceder ningún poder importante a un cuerpo legislativo del G20. Aún así, se ha creado la semilla de algo nuevo. Para comprender su potencial, merece la pena remontarse a la Declaración de Schuman de 1950, que comenzó el proceso de integración europea. “Europa”, decía, “no se creará de una sola vez ni según un único plan. Lo hará mediante logros concretos, que crean en primer lugar una solidaridad de facto”. El G20 ahora cuenta con algunos logros y un creciente sentimiento de solidaridad entre los miembros de este nuevo y exclusivo club. ¿Quién sabe lo que se avecina?