Todos los acontecimientos históricos mundiales tienen una doble lectura: la primera como un relato histórico, la segunda como un chiste. Vivimos en un mundo irónico y escéptico con los héroes, pues hemos aprendido a recelar del heroísmo como un efecto secundario de la guerra y de la dictadura. Hasta ahora se ha preferido reducir lo que se conoce como “die Wende” [“el cambio”, es decir, el periodo de la transición democrática de Alemania Oriental que tuvo lugar entre las últimas elecciones municipales de la RDA en mayo de 1989 y las primeras elecciones parlamentarias libres en marzo de 1990] a la caída del muro de Berlín, un milagro bañado en champán que descendió como un regalo del cielo sobre el Berlín dividido. La sombra de una mentira histórica siempre se ha cernido sobre esta conmemoración centrada en la capital, pues el drama no tuvo su punto culminante en el Politburó sino en Leipzig.

Fue allí donde el Estado dio por primera vez signos de impotencia cuando el 9 de octubre 70.000 personas invadieron la ciudad y paralizaron el aparato represivo. Este acontecimiento provocó réplicas por todo el país y minó la moral de los poderosos. Podría decirse que el Muro cayó realmente en Leipzig, capital de Sajonia. Sin un 9 de octubre, no hubiera habido ningún 9 de noviembre. Con ocasión del vigésimo aniversario de la caída del muro, se comenta que nosotros, los otros, no hemos terminado de comprenderlo hasta ahora.

Una revolución pacífica

Cada vez se muestran menos escenas triunfales de abrazos sobre el muro en Berlín, y más de la afluencia tranquila e irreal de los habitantes de Leipzig. Cada vez utilizamos más la expresión “die Wende”, inventada por el penúltimo presidente del Consejo de Estado Egon Krenz, en su auténtico sentido, es decir, no para referirnos a la caída del Muro sino a la revolución pacífica.

La leyenda que rodea a esta peculiar revolución tiene un trasfondo serio: dicho trasfondo hace referencia al valor que mostraron los sajones en su debido momento y a la vergüenza que deberían sentir los demás alemanes del Este por haber bajado demasiado tarde a la calle. La leyenda pretende que un coche con el distintivo de un distrito norte, tal vez incluso la “I” de Berlín, capital de la RDA, llegó a una gasolinera de Leipzig en septiembre u octubre de 1989. Los dependientes sajones se negaron a servirle el carburante y le dijeron: “¡Vaya usted a manifestarse y vuelva después!”. No sabemos si los hechos ocurrieron así, pero la disputa dura ya veinte años: ¿cuál es la auténtica ciudad heroica? ¿Leipzig o Berlín?

Se trata de una disputa por el reconocimiento, que ha cobrado impulso con el debate surgido en torno a la construcción del monumento a la unidad: los habitantes de Leipzig se han sentido olvidados y para apaciguar los ánimos ha hecho falta una subvención de 15 millones de euros para que erijan su propio memorial. Pero esto tampoco ha zanjado la disputa, tanto más cuando entronca con animosidades profundamente enraizadas y que datan de la época de la RDA, cuando el desprecio por la capital era alimentado tanto por el poder del Estado como por la envidia de los privilegios de los que gozaban los berlineses del Este.

Pocas imágenes de las manifestaciones en Leipzig

La propaganda exigía que la "vitrina del Oeste" gozara del privilegio de poseer bienes que escaseaban en otros lugares. En provincias se pensaba que los berlineses eran leales al sistema por su proximidad al poder, una idea que se vio reforzada en 1989: los habitantes de la capital iban rezagados y su mayor manifestación, el 4 de noviembre, fue una manifestación autorizada.

Hoy, la rivalidad entre las dos ciudades se ve atizada por el hecho de que la ciudad de Berlín se ha convertido en el símbolo de la reunificación. Es verdad que el muro de Berlín simbolizaba la división alemana, aunque las propias personas que lo tomaron al asalto en plena algazara no deben ocultar que el día mismo en que todo se decidió reinaba en la ciudad un silencio angustiado. El miedo ha caído un poco en el olvido porque existen muy pocas imágenes de las primeras Manifestaciones de los lunes durante el mes de septiembre que culminaron el 9 de octubre de 1989. Los periodistas occidentales sólo tenían acreditaciones para Berlín y además era peligroso filmar, como lo demuestran las imágenes rodadas en secreto. En ellas se ve la indefensión de la multitud dispersa y la represión que sufrían los manifestantes cuando eran acorralados.

Lo que no se ve son la media docena de carros de asalto, los nervios de la Bereitschsftspolizei (la policía antidisturbios) y la amenaza de muerte que pendía sobre ellos después de que Egon Krenz justificara la masacre de Pekín con ocasión de una visita de Estado a China realizada a finales de septiembre. Pero la gente no se dejó amedrentar. Esa es su hazaña.

Héroes muy discretos

Ironías de la historia, los funcionarios del SED [el partido único de Alemania Oriental] de Leipzig y los dirigentes berlineses reivindicaron después los laureles por el desarrollo pacífico de los acontecimientos del 9 de octubre. Egon Krenz, que llamó por teléfono al término de la manifestación para dar su bendición a la “decisión” de no recurrir a las armas de fuego, merece figurar entre los falsarios más desvergonzados de esta historia. En realidad, nunca se confirmó ninguna decisión de este tipo. Muchos elementos tienden a demostrar que sólo la ausencia de órdenes impidió que se produjera una respuesta sangrienta. Debemos pues seguir prestando nuestro reconocimiento a ese héroe contrario al autoritarismo que se manifestó en la época. En la realidad, a diferencia de lo que ocurre en los relatos históricos, no había ninguna división entre Berlín y Leipzig, pues la red de la disidencia se extendía por toda la República. En septiembre, los berlineses participaron en las primeras manifestaciones en Leipzig. A principios de octubre, los habitantes de Leipzig fueron a Berlín.

No existen imágenes de todas las manifestaciones de otoño, pero en la época hubo un número incalculable de ciudades y pueblos heroicos. Si algunos no reciben hoy tantos honores, se debe precisamente a la naturaleza propia de las revoluciones pacíficas. Los revolucionarios no acompañaron sus actos de ninguna reivindicación de dominación. El valor era su arma. Su táctica la pacificación, su estrategia la humildad. Se reconoce a los héroes de 1989 por el hecho de que no reclaman para sí la condición de héroes.