Por fin se ha llegado a un acuerdo. Bajo la presión asfixiante de los acreedores europeos del país, los dos partidos mayoritarios se han visto obligados a atenuar sus diferencias. Los dos líderes [el primer ministro Yorgos Papandreu y Antonis Smaras, el jefe de Nueva Democracia, el partido de oposición de derecha] han dejado de lado sus rencillas, al menos temporalmente, y se han puesto de acuerdo para formar un nuevo Gobierno, que contará con el respaldo conjunto.

Yorgos Papandreu deja su sillón de primer ministro en medio de su mandato [resultó electo en octubre de 2009]. Por supuesto, se le ha conminado a abandonar el poder por las múltiples presiones políticas y personales. Por otro lado, una gran parte de su Gobierno y de sus diputados no estaban de acuerdo con esta elección. Esta salida es, por tanto, un "sacrificio" importante, tanto político como personal.

Antonis Samaras ha moderado sus pretensiones. Ha echado marcha atrás en la mayor parte de las condiciones que había impuesto en estos últimos días y ha aceptado compartir el poder, con el coste político que ello conlleva. Pero puede que ese coste no se salde únicamente con la dimisión de Papandreu. El todavía primer ministro (por algunas horas) ha cedido ante las presiones de Berlín, París, Bruselas y Washington, en un arrebato de "responsabilidad nacional" y ante la amenaza de quiebra y de salir de la zona euro.

Un personaje "neutro" al frente del Gobierno

La solución encontrada significa que los dos grandes partidos van a ponerse de acuerdo para ratificar el compromiso del 26 de octubre. Y su puesta en práctica prevé la aplicación más completa de las medidas de austeridad que acompañan dicho compromiso. El hecho de que el jefe de Gobierno pueda ser un personaje "neutro", que no pertenezca a ningún partido político, no atenúa las responsabilidades de los partidos y ni las de sus líderes. Y si, hasta el momento las responsabilidades recaían en Papandreu, ahora serán en adelante compartidas con la derecha que ha entrado en el juego.

Esta alianza resuelve efectivamente los problemas de los relaciones en el seno del Gobierno y con los acreedores del país, que tienen motivos para estar satisfechos. Pero no es seguro que esto cambie la situación del pueblo griego.

Si confiamos en las previsiones, la recesión, el paro y los bajos salarios seguirán formando parte de los titulares. Y ésa es la cruda realidad que ningún Gobierno de unión nacional puede resolver. Supone por tanto un respiro momentáneo para el sistema político, pero para el nuevo Gobierno, los problemas todavía están por llegar.