La crisis que arrasa en Europa nos muestra de manera cada vez más acuciante que cada día que pasa, lo que se pone en tela de juicio no es la capacidad de los Estados para mantener un mínimo de solvencia, sino la filosofía que ha proporcionado hasta la fecha los fundamentos del sistema social y económico europeo después de la Segunda Guerra Mundial.

Las ideologías clásicas han llegado a su fin y su adaptación a la realidad cada vez resulta más difícil. Pero la crisis económica actual no sólo ha marcado el fracaso de las deudas estatales y de los principios que las hicieron posibles, sino que además marca el vencimiento de ciertos tabúes. Por ejemplo, el de las Iglesias ortodoxas griega y rumana y la actitud provocadora que demuestran ambas entidades en el contexto actual.

Desde hace varios meses, el descaro de los altos prelados de Atenas y Tesalónica ha llegado al máximo, después de que las ovejas descarriadas que se manifiestan en las calles hayan comenzado a dar muestras de una cierta atención redistributiva, concentrándose no sólo en el rechazo a los planes de austeridad, sino también en la riqueza jamás puesta en tela de juicio de la Iglesia ortodoxa (en Grecia y Rumanía, la Iglesia está exenta de pagar impuestos y goza de numerosos privilegios). Es lamentable que la presión sobre el alto clero no tenga su origen en un debate público, sino más bien en un brote de ira provocado por circunstancias económicas y sociales extremas. Y la Iglesia ortodoxa rumana se enfrenta a una oposición similar.

De ahí las reacciones lacónicas de la jerarquía eclesiástica helena sobre el asunto y el cinismo con el que ha mandado a paseo a las voces de la sociedad civil que han caído en el pecado de la oposición. Algo que también se ha producido en nuestro país. Pero a medida que la situación se complica, y decir que se complica en Grecia es un eufemismo, aumentan los movimientos de oposición contra la opacidad y el autismo de la Iglesia, la suficiencia de los que la representan y la distancia que suelen mantener con respecto al resto de la sociedad.

Tras la crisis económica, el choque cultural

Mientras que la indignación hasta ayer tenía aún por objeto las finanzas de la Iglesia, mañana su influencia política y social podría convertirse en el punto de mira favorito de una vigilancia popular que ha reavivado la crisis. La historia nos ha demostrado que la Iglesia a menudo ha ido evolucionando en paralelo a la sociedad, quizás porque se ha sentido imbuida por su posición permanente en la frontera entre dos mundos, el trascendente y el inmanente.

Sin embargo, desde los grandes descubrimientos científicos y las grandes revoluciones culturales, sociales y políticas del último siglo, la Iglesia, a pesar de su aplastante influencia, se ha visto obligada a actualizarse. No lo ha hecho por convicción, ni siquiera por principio, sino sencillamente para sobrevivir. En otras palabras, se ha adaptado, aunque haya tardado cierto tiempo en hacerlo, a veces mucho tiempo. ¿Lo hará también ahora, cuando es necesario, o incluso más que necesario?

En este punto, la crisis en Europa se trata como una crisis estrictamente económica. Pero tan sólo es una etapa, en cierto modo preparatoria, hacia un choque cultural. Los que no la prevén se equivocan y los que creen saber a qué se parece, son unos ilusos.