Caprichoso, poco fiable e impulsado por la ideología: estos son algunos de los epítetos menos dañinos dedicados a Yorgos Papandreu en su última semana como primer ministro griego. Pero debemos analizar los motivos de sus detractores antes de tomar al pie de la letra estas críticas. Mientras ha estado inmerso en titánicas luchas políticas en su país y en el exterior, ha intentando discretamente resolver una de las causas más pertinaces de la tragedia griega: la delincuencia y la corrupción.

Ahora que el nuevo Gobierno griego lucha por convencer a Europa de su determinación de recortar el inflado sector público de su país, también tiene que decidir si va a afrontar la auténtica amenaza doméstica a la estabilidad griega: la red de familias de oligarcas que controlan gran parte de los negocios, el sector financiero, los medios de comunicación y también a los políticos de Grecia.

Objetivo: socavar la credibilidad de Papandreu

Desde que Papandreu se convirtió en primer ministro, su Gobierno ha estado intentando aplicar medidas enérgicas contra los habituales defraudadores fiscales. En un discurso ante el Parlamento el viernes, dejó clara su gran preocupación sobre las actividades más que sospechosas de algunos de los bancos de Grecia. Sólo podemos esperar que la auditoría de BlackRock, encargada por la troika, sea suficientemente exhaustiva para revelar lo que ha estado ocurriendo realmente en el sistema financiero.

En el mismo discurso, Papandreu además dio a conocer unos datos dramáticos sobre una operación de contrabando de combustible en todos los Balcanes y que supuestamente ha hecho perder a Grecia alrededor de 3.000 millones de euros anuales. Detalló con exactitud el daño que han producido estas actividades delictivas, aunque no nombró a las personas implicadas.

Los oligarcas han respondido de dos modos. En primer lugar, han acelerado su práctica habitual de exportar dinero en efectivo. En el último año, sólo en el mercado inmobiliario londinense se ha registrado un repentino aumento de dinero griego. En segundo lugar, han movilizado a los histéricos medios de comunicación de su propiedad para denunciar y socavar a Papandreu a la más mínima oportunidad, conscientes de que es el menos flexible de la élite política griega.

Tienen un claro objetivo: están esperando para abalanzarse sobre los activos estatales que, con los diferentes planes de rescate, el Gobierno griego debe privatizar. Con la economía nacional en caída libre, el precio de las acciones de estas entidades tan valiosas, como la red eléctrica y la lotería nacional, se han ido derrumbando en los últimos dos años. Durante el verano, se vendió una participación del 10 por ciento de OTE, el proveedor griego de telecomunicaciones, a Deutsche Telekom, por unos 7 euros la acción, es decir, un 75 por ciento menos de su precio de hace tres años.

Los conglomerados de oligarcas están esperando para hacerse con ellos por menos de una quinta parte de su valor real, un rendimiento financiero pésimo para el Estado, pero dentro de unos cinco o diez años, un filón para los compradores. Algunos confiaban en la salida de Grecia del euro, para poder utilizar los miles de millones de euros atesorados fuera del país y adquirir activos a precios por los suelos en dracmas.

Sobornos alemanes para conseguir contratos griegos

Si las crisis de Grecia e Italia nos han enseñado algo, es que la Unión Europea ha tolerado la corrupción generalizada, la criminalidad y el gobierno dañino no sólo en países de Europa del Este, sino también en algunos de sus principales miembros occidentales. Mientras en Europa aleccionamos al mundo sobre la importancia de los valores europeos, es decir, la transparencia, el buen gobierno y la competencia, en muchas ocasiones hacemos la vista gorda con el monopolio de Berlusconi en los medios de comunicación, con la influencia de la Camorra en la política de Campania y con el clientelismo crónico de la economía griega (de la que están plenamente informados los Gobiernos británicos y alemanes, por nombrar sólo dos).

Si hay algo que está claro de la catástrofe a la que se enfrenta Europa es que es fundamental que se acabe con estos patrones de corrupción. De lo contrario, ni Grecia ni Italia se librarán jamás de la esclerosis institucional que permiten que se desarrollen estas prácticas. Antes de mirar con ternura al norte de Europa para obtener la respuesta, recordemos los miles de millones de dólares que han pagado en sobornos a sus interlocutores griegos algunas empresas alemanas como Siemens y Ferrostaal. Estos pagos se realizaron para poder asegurar contratos lucrativos pero excesivamente caros que financiaron esos griegos honrados que ganan relativamente poco pero que, a diferencia de los más ricos del país, pagan sus impuestos.

En Grecia, la gran pregunta es si después de Papandreu el país posee el talento político y la visión necesarios para introducir reformas de raíz, resucitar las instituciones estatales enfermas y detener el saqueo de la economía griega realizado por sus ciudadanos más poderosos y ricos. Es algo sobre lo que quizás también deseen reflexionar los acreedores internacionales del país.

Mi predicción es que no lo conseguirán y que los esfuerzos de Papandreu se considerarán al final como el último intento real de salvar el país.