A las siete de la tarde del 9 de noviembre, el presidente de la República Giorgio Napolitano sacó su comodín, el que escondía bajo la manga desde hace bien poco. El nombre del comodín: Mario Monti.La dramática jornada de ayer, la peor para Italia desde la crisis de la lira en 1992, exigía una respuesta contundente, una señal que sirviese como antídoto, pero también como una advertencia.

Un antídoto frente al desmoronamiento de nuestro sistema y una advertencia para las fuerzas políticas para hacerles entender que el tiempo se ha agotado. Ya no queda opción para aplazamientos, distinciones, esperas o juegos con máscaras. Los mercados y los analistas, así como los medios de comunicación del mundo entero, nos han gritado a la cara, con una ferocidad y una determinación aplastante, que nuestra credibilidad está casi acabada y que no podremos salvarnos a menos que demostremos nuestra voluntad de romper con el pasado.

El antiguo comisario europeo Mario Monti ya no es un técnico, es un senador vitalicio cuya orden de nombramiento refrendó el propio Silvio Berlusconi. Actualmente, Monti se manifiesta claramente como la persona a la que pueden recurrir las fuerzas parlamentarias para establecer las condiciones políticas que permitan alumbrar un nuevo Gobierno.

Con opacidad y vicios adquiridos

La decisión que se tomó ayer por la tarde no está exenta de incógnitas, y por el momento no excluye las elecciones anticipadas, pero marca un posible encauzamiento de la situación. Sobre todo, sirve para alentar a los partidos políticos a que asuman sus responsabilidades y a que digan claramente a los italianos qué es lo que quiere hacer, sin recurrir a jugadas tácticas ni a las trampas habituales.

La tormenta financiera que se cernió ayer sobre Italia, y que según numerosos observadores ha alcanzado el punto de no retorno, ha contagiado y arrastra hacia el fondo a las bolsas del mundo entero. Ha aterrorizado tanto a quienes disponen de fondos de pensiones como a los especuladores, y todo ello debido a los vicios adquiridos de Italia.

Ayer por la mañana, algunos se sorprendieron ante las reacciones globales, puesto que, a fin de cuentas, nos habíamos limitado a seguir el modelo español: dimisión del jefe de Gobierno, aprobación por la mayoría y por la oposición parlamentaria de las medidas de ajuste necesarias y exigidas por la UE y la promesa de convocar elecciones. Entonces, ¿por qué ahora la España de José Luis Rodríguez Zapatero ha salido rápidamente del túnel mientras nosotros seguimos dentro y a una velocidad vertiginosa? Porque nosotros lo hemos hecho con opacidad y con unas discusiones bizantinas tales que nuestras decisiones han resultado incomprensibles.

Fuera estrategemas, es hora de dar la talla

Póngase en el lugar de un extranjero — un inversor, un periodista, un diplomático o un analista, no importa — y comprenderá el porqué ellos no han comprendido nada y han reaccionado con pánico. Zapatero anunció su retirada en el acto [y la convocatoria de elecciones anticipadas]; en Italia, hemos inventado la “dimisión aplazada”, que no se sabe exactamente cuando será efectiva y que no está escrita ni consignada en ningún sitio.

También tenemos la maxi-enmienda a la ley de estabilidad, esa que debía permitir que Italia cumpliese con los compromisos adquiridos con Bruselas… Una pena que ayer por la mañana nadie conociese su contenido y puede que ni siquiera el jefe de Estado tuviese el privilegio de leerla.

En fin, luego está la fecha de las elecciones. España la fijó inmediatamente, mientras que en Italia únicamente se sabe que se celebrarán tras la dimisión de Berlusconi — serán fijadas en una fecha inconcreta a finales de mes — las consultas [entre el jefe de Estado y los partidos] habrían comenzado, y han podido arrojar resultados totalmente opuestos entre sí: Gobierno técnico, elecciones, viraje de la mayoría o un Ejecutivo liderado todavía por el Pueblo de la Libertad, el partido de Berlusconi. En definitiva, un rompecabezas insalvable.

Ayer por la mañana, nuestra política, fascinada y prisionera de sus ritos ancestrales, estaba dispuesta a lanzarse al eterno juego de las negociaciones y de los tejemanejes, teniendo todavía una posibilidad de salir del apuro a costa del país. La iniciativa del presidente de la República ha hecho tabla rasa con respecto a las estratagemas y a las táctica anteriores y obliga a todos a dar la talla ante la gravedad de la situación y a que nos demuestren que son capaces de enfrentarse a la misma.