Según defiende un nutrido grupo de economistas, una frase bastaría para encauzar la crisis del euro. Una frase que debería pronunciar el Banco Central Europeo. El BCE debería decir alto y claro que asumirá la función de prestamista en última instancia para los miembros más endeudados de la unión monetaria. De este modo, mejoraría la situación del euro.

Y se mantendrían a raya los mercados. Y, bendita alegría suprema, dejaría de importar lo que dicen las agencias de calificación. Y se podría aflojar un poco el tornillo de la austeridad presupuestaria y flexibilizar las condiciones del rigor. Y esto favorecería el inicio de la recuperación de la actividad, lo que facilitaría la liquidación de la deuda. Y, aunque sin promesas de conseguirlo sin coste alguno, se saldría de este ciclo siniestro que deshace la eurozona, como si fuera una cruel partida de bolos, cuando la gran bola negra va derribándolos uno tras otro: primero Atenas, luego Dublín, Lisboa, Madrid, Roma y, queda a la espera, París...

Recursos ilimitados

Puesto que una de sus funciones es la de institución de emisión que acuña moneda, por definición sus recursos son ilimitados. Si el BCE afirma que será el garante en última instancia, disuade la especulación. Los mercados volverán a tranquilizarse y dejarán de exigirse tipos faraónicos de interés para suscribir los préstamos de los Estados más endeudados.

Éstos últimos evitarán así que se desboquen los costes de su deuda y saldrán de una espiral infernal cuyas etapas conocemos a la perfección. Al Estado innoblemente endeudado primero se le condena a no poder financiarse en el mercado mediante la emisión de bonos del tesoro, después tendrá que pagar tipos de interés prohibitivos. Se ve obligado a pasar el platillo pidiendo dinero. Entonces solicita ayuda a los acreedores externos, que únicamente le conceden ayuda a cambio de unas condiciones de austeridad draconianas que terminan por dejar exhausto al enfermo.

Bajo la hipótesis de que el Banco Central afirme de antemano que suscribe los préstamos de un Estado con dificultades para pagar sus deudas, el esquema varía completamente. Las adquisiciones de la institución de emisión rebajarán los tipos hasta niveles viables, si la propia declaración de intención del Banco Central no lo ha conseguido directamente.

Es lo que ocurre fuera de la eurozona, en Estados Unidos, en Gran Bretaña o en Japón, por ejemplo. En muchos sentidos, estos tres países no presentan un boletín de notas más brillante que la media en la unión monetaria europea. Pero para todo el mundo está claro que la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra o el de Japón no se mostrarán dubitativos a la hora de actuar.

La doctrina de la separación de poderes

¿Por qué el BCE no actúa de igual modo? Porque está vinculado a una doctrina que aboga por la separación de poderes. El Banco es responsable del ámbito monetario, el Gobierno, del presupuestario; el Banco se ocupa de garantizar la estabilidad de la moneda (nada de inflación), el Gobierno, de gestionar su deuda. Dicho de otro modo, no es tarea de la institución de emisión acudir al auxilio del Tesoro: cada uno tiene su función.

"Se trata de una cuestión de ideología", señala Jean-Paul Fitoussi, director de investigación del OFCE(Observatorio Francés de Coyunturas Económicas). "Al prohibir que se disponga de un prestamista de último recurso, en caso de dificultades financieras nos encontramos ante la siguiente elección: o la quiebra o una ayuda, pero sometida a unas condiciones que implican tal austeridad que al final tampoco se evitará la quiebra", afirma.

Esta incomprensión la comparten muchos de sus colegas estadounidenses que, desde el Premio Nobel Paul Krugman hasta Jeffrey Sachs, pasando por Kenneth Rogoff, sostienen lo mismo: "Si el BCE se hiciera cargo de las deudas europeas, la crisis se aliviaría considerablemente" (Paul Krugman, New York Times, 23 de octubre).

¿Cuáles son los riesgos? Como es evidente, la inflación. Los partidarios de la separación de poderes señalan que la adquisición directa de la deuda de un Estado por parte de su banco central equivaldría a hacer funcionar la plancha de billetes. Y ese temor a la inflación, a una moneda que entre en una espiral de devaluación continua, así como el recuerdo de la tragedia que se vivió en los años veinte y que desembocó en el poder de Hitler, es precisamente lo que atormenta a la memoria colectiva de Alemania. Esto explica que este país únicamente accediera a abandonar su sólido marco alemán por el euro con la condición de que al BCE se le asignara una sola tarea: la lucha contra la inflación.

No hay que temer a la inflación

Los defensores de la doctrina plantean otros motivos. Es necesario mantener la credibilidad de la institución de emisión y por lo tanto, no cargar su balance con créditos dudosos: aunque el BCE adquiere a escondidas, en el mercado secundario e indirectamente, cantidades importantes de deuda soberana de los Estados más débiles de la eurozona... Otro de los argumentos de los partidarios de la "separación de los poderes" es que no se puede fomentar el laxismo presupuestario al asegurar de antemano que se van a garantizar las deudas de los irresponsables.

Ante este argumento, Jean-Paul Fitoussi y Paul Krugman responden que la creación de moneda no genera inflación en economías deprimidas como las nuestras. Y para impedir que la flexibilidad de la doctrina monetaria del BCE incite al vicio de la deuda, es necesario que vaya acompañada de una estricta disciplina presupuestaria. Relajación doctrinal contra severidad presupuestaria: un quid pro quo [una cosa por la otra].

Paul Krugman concluye su artículo del siguiente modo: "Sobre las ruinas de la guerra, los europeos crearon sociedades que, sin bien no son perfectas (...) sin duda son las más decentes de la historia de la humanidad. Y están amenazadas porque la élite europea (...) vincula el continente a un sistema monetario que genera rigidez (...) con aspecto de trampa mortal".