Bastaría que Pedro Passos Coelho saliera de nuevo a pie por la entrada principal de su inmueble (y no por esa discreta puerta de garaje en la parte de atrás, que utiliza ahora para salir pitando en coche desde que se ha convertido en primer ministro) para que se diera cuenta de los efectos concretos de la crisis en la calle donde vive, en Massamá.

El país está enojado. Al igual que buena parte de los habitantes del lugar, el día en el que se anunciaronlas deducciones en las pagas extraordinarias de vacaciones y Navidad, algunos salieron a la ventana para proferir insultos a la atención de su ilustre vecino.

Justo frente al número 27 de la Rua da Milharada, un salón de peluquería y un restaurante han echado el cierre. El restaurante ha cambiado de dueño en tres ocasiones en los dos últimos años. Por falta de clientes.

Cada mes cierra una tienda

Y sobre esta arteria rodeada de altos edificios apiñados como piezas de Lego, parecida a tantas otras de las afueras lisboetas, basta con entrar en otros establecimientos para comprender que la amenaza planea sobre toda la calle o casi. Cada mes que pasa, una nueva tienda cierra, otros habitantes pierden su trabajo o sufren recortes salariales. Aquí, como en otros lugares, las nuevas medidas de austeridad que surgen cada dos meses marcan el ritmo de la (de)cadencia.

Unos números más allá del restaurante y de la peluquería cerrados, Rute Ramos, de 35 años, con la mirada perdida sobre un gigantesco mapamundi, espera que alguien llegue y se siente delante de ella para comprar una de las últimas estancias de invierno en Laponia (el país de papá Noel) o un viaje a un destino más soleado, como el Caribe. Pero sólo viajan al extranjero los que ya viven bien aquí, “y son cada vez menos. Desde hace un año, registramos un descenso del 50 % en la clientela, que en su mayoría son funcionarios, a menudo profesores, que ya no tienen dinero para irse de vacaciones”.

Rute Ramos dice que se considera afortunada por seguir teniendo empleo. Sobre todo porque tiene una hija de un año y su marido está en casa, sin empleo ni ayuda estatal. “Tengo la impresión de que la mitad de los portugueses están en paro”, comenta. Y los que no lo están, no tienen otra opción que aceptar salarios más bajos y la precariedad que conlleva. Es también el caso de Rute.

Oro y joyas a cambio de efectivo

La propietaria de otra peluquería nos señala que ha visto caer su cifra de negocios un 30% desde hace un año. “Me pregunto si debería llevar mi sueldo ahí arriba, al quinto piso, para ver si el señor primer ministro sabe gestionar este dinero mejor que yo”. “Era necesario hacer algo”, reconoce, “pero las medidas no tenían que se tan duras y tan brutales”. No se trata de una cuestión personal, por supuesto. Como muchos de sus vecinos, la peluquera cree que Pedro Passos Coelho es “agradable y bien educado”.

Cerca del inmueble donde vive el primer ministro es imposible no fijarse en una novedad. Este nuevo fenómeno de la crisis hizo su aparición hace cuatro meses: “Un establecimiento que compra oro y joyas”. Y en un país endeudado, es un negocio que prospera. Aquí, en Massamá, y prácticamente por todo el país. Unos pañuelos de papel, una balanza y un ordenador portátil: es todo el material de Liliana Coelho. Prácticamente todos los días alguien entra aquí a vender joyas. Sobre todo, mujeres divorciadas, de 30 a 50 años, a las que no favorece en absoluto el contexto económico. Aquí, el gramo de oro se paga a 18 euros, muy por debajo del precio de mercado, que supera los 42 euros.

“Vemos que se preocupan por sus hijos”, señala Liliana Coelho, “qué están endeudadas hasta el cuello”. Al borde de la desesperación, estas mujeres venden todo lo que tienen: anillos, alianzas, cadenas de oro, relojes. “Por aquí pasan casos desesperados. Algunas personas han tenido estas joyas de oro durante mucho tiempo, a veces toda una vida y les resulta muy triste deshacerse de ellas así, en unos minutos”. Liliana no está segura de que los 600 euros que percibe justifiquen este regateo a costa de la desdicha de otros.

"En este país no hay justicia"

Al otro lado de la calle, João Alves, de 70 años, con los cabellos blancos, va a la farmacia: no podrá regatear con los medicamentos, simplemente va a ver lo que aún puede pagar con lo que le queda de sus 450 euros de pensión. Hace poco le operaron de un hombro y le implantaron una prótesis y ya se ha hecho a la idea de que sólo podrá comprar algunos de los medicamentos que necesita. Y cuenta los días que quedan para tener suficientes fuerzas y volver a ponerse al volante de su taxi, doce horas al día: “Sin eso, no podré pagar mis deudas ni las de mi mujer, ni ayudar a mis hijos, que vuelven a depender de mí”.

João Alves se indigna: “En este país no hay justicia. Si robas un kilo de manzanas, acabas en prisión, pero otros pueden robar millones y seguir paseando libremente. Y hablo de esos políticos y de esos grandes empresarios, los que ahora nos hacen pagar el pato...”

Dentro del mismo inmueble de “Pedro”, el “estimado” vecino del quinto derecha, las declaraciones son más suaves a pesar de las noticias de pánico financiero que se escuchan en el televisor. En el sofá, Francisco y Bernardete Sesinando, de 78 y 76 años de edad, flanqueados por su perra Princesa, ya no soportan esa palabra más que trillada: la crisis, la crisis, nada más que la crisis.

Viven en un piso de cuatro habitaciones de 200 metros cuadrados, similar al del primer ministro. Francisco llama a “Nanete”, su mujer, cada vez que su vecino aparece en la pantalla. Para ellos, su predecesor José Sócrates es el culpable de la situación actual. Passos es totalmente inocente: “Ha tenido que doblegarse a las órdenes de la troika [el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea], de lo contrario el país se venía abajo”, resume este teniente coronel del ejército de reserva. Su esposa, que fue profesora de música, lamenta esas llamadas de teléfono incesantes que reciben de amigos para pedirles que transmitan a su vecino un mensaje, una injuria. Pero de eso nada: “Para mí Pedro es como un hijo”.