Si el ministro eslovaco de Defensa Ľubomír Galko hubiera estudiado mejor la historia de la democracia, quizás su destino podría haber sido distinto. La semana pasada, cuando Eslovaquia quedaba conmocionada por un escándalo con efectos devastadores sobre la sociedad, la primera ministra Iveta Radičová cesó al ministro por violación de los “principios fundamentales del Estado de derecho y de la democracia”.

El escándalo estalló el 21 de noviembre, después de que los diarios eslovacos Pravda y Nový čas revelaran que los servicios de inteligencia militares habían realizado escuchas telefónicas a periodistas. Las transcripciones de las conversaciones telefónicas, repletas de comentarios jugosos, empezaron a circular por los medios de comunicación y poco a poco se descubrió que los funcionarios del ministerio también habían sido objeto de las escuchas y que incluso existía una operación con el nombre en código de “Dama” cuyo objetivo era Radičová.

Un escándalo de proporciones vertiginosas

¿Cómo se ha podido producir un abuso de poder así en un sistema democrático? Galko dio una explicación: sus servicios secretos luchaban para acabar con la corrupción y esta hidra, a la que se enfrentó con todas sus fuerzas, hizo que su acción se volviera en su contra. Y cuando la primera ministra le indicó que los servicios secretos no tenían competencia en la materia, que sólo la policía contaba con el poder de investigar y que era inadmisible realizar escuchas a los periodistas, parecía no entender nada.

De hecho Galko sigue estando firmemente convencido de que la lucha que había emprendido contra la corrupción tenía una dimensión tan sagrada, que era su deber no someterla a ninguna regla, escrita o no escrita.

El escándalo ha alcanzado proporciones vertiginosas. Los responsables políticos convocan una conferencia de prensa tras otra, en los medios de comunicación y las redes sociales se mantienen acalorados debates y los jefes de redacción de cinco periódicos nacionales han firmado una declaración conjunta por la defensa de la independencia de los medios de comunicación.

Tan sólo dos partidos políticos no se han unido al coro de la condena de las escuchas a los periodistas: el nacionalista SNS [Partido Nacional Eslovaco] de Ján Slota, conocido por su desprecio de la democracia y de los medios de comunicación, y el liberal SaS [Libertad y Solidaridad], del que Galko es vicepresidente.

Fallos de los mecanismos democráticos

El asunto del ministro Galko es la prueba de que la lucha contra la corrupción a veces puede ser tan peligrosa para la democracia como la corrupción en sí misma. Al principio, para la mayoría de los medios, Ľubomír Galko era una especie de héroe.

Este hombre de aspecto frágil decidió luchar con valentía contra los tentáculos de la corrupción dentro del ejército y organizaba conferencias de prensa para comunicar con regularidad los resultados de sus investigaciones. Pero poco a poco, su propia lucha le ha superado. Y como heredero de todos esos revolucionarios del pasado, comenzó a alimentar la convicción de que todo el mundo, incluidos los medios de comunicación, estaba implicado en redes de corrupción y en complots creados en su contra.

Al parecer, fue en marzo, después de que Radičová rechazara su petición de reforzar la ley de los poderes de los servicios secretos, cuando decidió actuar por libre.

Ahora que el asunto está en manos del ministerio fiscal y de la policía, y los políticos están planteándose en voz alta qué nuevos métodos pueden emplearse para controlar a los servicios secretos. Al final, puede que esta historia sea una buena oportunidad para que la sociedad aprenda la lección de los fallos de los mecanismos democráticos.

Poca confianza en los medios de comunicación

Los estragos que ha causado Galko son muy graves. Ha dañado la ética de la lucha contra la corrupción: la vieja guardia política, hundida hasta el cuello en las redes de corrupción, parecen una asamblea respetable de demócratas si se compara con Galko. Los periodistas, que han sido las principales víctimas de Galko, tienen que aguantar que las transcripciones de sus conversaciones telefónicas circulen por Facebook y entre los medios de comunicación de la competencia. Y cabe señalar que en muchas ocasiones el contenido no les favorece en absoluto.

El nivel de confianza en la independencia de los medios de comunicación, que ya era frágil, empeora aún más, mientras que la crisis de valores se acentúa. Por ejemplo, según una encuesta realizada a través de Internet por el diario SME, la mayoría de los lectores considera que Galko no debería haber sido cesado.

Resulta difícil valorar cuáles serán los efectos de este escándalo en los resultados de las próximas elecciones de marzo de 2012. Pero aunque el partido de Galko obtenga escaños en el Parlamento, lo más probable es que se quede aislado. Desde hace ya algún tiempo, todos los partidos políticos declararon su intención de no asociarse a él en ninguna coalición debido a su euroescepticismo. Y con el escándalo de las escuchas telefónicas, esta posición se refuerza aún más.