En esta semana que comienza, que concluirá con la cumbre europea del 9 de diciembre, la relación franco-alemana será de nuevo la clave en una posible salida a la crisis. En este ámbito, es necesario reconocer y corregir un fallo y deberá evitarse un error de óptica.

El fallo grave es el de todas las opiniones germanófobas que se han expresado antes del fin de semana. "La Europa déspota" (Marine Le Pen) [presidenta del Frente Nacional, el partido de extrema derecha]; "La política al estilo Bismarck de Merkel" (Arnaud Montebourg) [diputado socialista y tercer hombre en las primarias socialistas]; Nicolas Sarkozy, es "Daladier en Múnich" (Jean-Marie Le Guen) [diputado socialista], lo que equivale a comparar a la canciller con Hitler; "capitulación" (Martine Aubry) [primera secretaria del Partido Socialista]... Estas palabras corren el riesgo de "despertar a los viejos demonios", citando el título de la excelente última obra del economista Jean Pisani-Ferry.

Rechazar estas prácticas de chivo expiatorio que insultan a la historia no impide criticar a nuestra gran socia: su lentitud a la hora de reaccionar desde hace dos años en la crisis del euro y su insistencia en la única disciplina presupuestaria son discutibles cuando llega la recesión.

Pero los términos elegidos nunca son inocentes y las declaraciones de François Hollande [candidato socialista a la elección presidencial francesa de 2012] enLeJournaldudimanchede ayer ("Evitemos las palabras que hieren") se encuentran lejos de lo que debía decirse.

La fuerza de Berlín es la debilidad de Francia

Además, estamos obligados a decir también que la fuerza de Berlín es la debilidad de una Francia cuya credibilidad sobre las finanzas públicas es frágil desde hace tiempo y lo sigue siendo hoy. Por último, hay que destacar, esta vez con una sonrisa, que los franceses quieren un proyecto europeo, pero con la condición expresa de que sea francés.

El error de óptica es relativo a los medios para resolver la crisis actual. Las discusiones entre Francia y Alemania tratan sobre la automaticidad de las sanciones contra los países "cigarra"; sobre la reforma de los tratados (¿cómo?, ¿cuándo?, ¿a cuántos, a veintisiete o a diecisiete?) y la función del Tribunal de Justicia, cuyos intereses son reales sobre el carácter de la Unión; y atañen a los medios de tranquilizar a los acreedores, asegurándoles que sus deudas no se borrarán. Pero en realidad, si es necesario un acuerdo, no será suficiente.

La solución a la desconfianza que perdura en los mercados (las salidas de capitales, el hecho de que las empresas obtengan préstamos más baratos que el Estado) sigue estando en manos del Banco Central Europeo, el único que puede volver a asegurar la eurozona ahora. La relajación en los tipos de interés registrada en los últimos días (el "spread" franco-alemán ha pasado de 220 a 100 puntos en diez días) se explica por el discurso más abierto de Mario Draghi, su presidente. Está claro que todos los caminos conducen a Fráncfort.