El mercadillo anual de Navidad de la ONU ya se ha abierto, este año es en Durban. Europa parece no haber aprendido la lección de la cumbre de Copenhague [en diciembre de 2009], en la que el idealismo europeo fue el motivo principal por el que fracasó.

Los países en desarrollo habían seguido todo el razonamiento europeo. Rechazaron su responsabilidad, pidieron una indemnización por el cambio climático a los países industrializados (se sobrentiende que sin condiciones sobre la asignación de las sumas otorgadas) y exigieron reducciones draconianas en las emisiones de gases con efecto invernadero por parte de los países industrializados.

Los países exportadores de petróleo han explotado su papel de víctima al exigir también una compensación por la merma en sus exportaciones. Mientras la contaminación no hace más que aumentar en los países en desarrollo, los Estados más contaminantes, como Rusia, Estados Unidos y China, se limitan a encogerse de hombros.

El mundo ha cambiado: ahora se pide ayuda a los grandes países en desarrollo para salvar el euro. Esta nueva realidad no ha modificado mucho la visión europea sobre el cambio climático. LaConvención Marco sobre el cambio climático de 1992 alumbró el principio de que el asunto concierne a la responsabilidad colectiva de todos los países, también de los países en desarrollo. Para poner en marcha la Convención hay que tener en cuenta las circunstancias específicas y las posibilidades al alcance de cada país. Sin embargo, cada vez se ha perdido más de vista esta responsabilidad colectiva.

¿Toleraríamos la contaminación de una empresa extranjera?

Indudablemente, un mensaje así no resulta popular. Porque Europa depende de su papel de donante y los países en desarrollo se muestran complacientes a la hora de beneficiarse de ello. Se crea por tanto un sentimiento europeo de superioridad que se manifiesta en la convicción de que no es posible pedir que los Gobiernos de los países en desarrollo rindan cuentas.

Por eso, nadie osa cuestionar que una empresa europea acusada de contaminar el medioambiente en África no sea juzgada en África, sino en Europa. ¿Toleraríamos eso si se tratase de una empresa extranjera que hubiese contaminado Europoort, la zona portuaria de Rotterdam? Mientras no tomemos en serio a los Gobiernos de los países en desarrollo, una política climática internacional está abocada al fracaso.

Un término como “deuda climática” puede que sea agradable, pero es un concepto que no tiene sentido. A lo largo de la historia, la mayor parte de las emisiones de CO2 han tenido lugar en los países industrializados, y todo ello está vinculado a la prosperidad y a las condiciones de vida en dichos países. Como el resto envidian ese desarrollo, en cuanto puede una gran parte de la población mundial los emula.

Hace falta que en Europa abandonemos esa mezcla de sentimiento de superioridad y de responsabilidad, ese síndrome de culpabilidad y la actitud de buen samaritano. Un enfoque más realista se encontrará evidentemente con la resistencia de las ideas heredadas y de los intereses creados, tanto en Europa como fuera de ella. Pero un enfoque diferente ofrece oportunidades reales.

La clave reside en que Norte y Sur recurran a la tecnología. Para ello, será necesario reforzar la cooperación internacional. En ese ámbito Europa, y sin duda también los Países Bajos, deben tomar la iniciativa.