Puede que suene raro, pero ya es hora de que la Cámara de los Comunes reserve un escaño entre sus bancos al “honorable miembro de la Costa del Sol”. Esta idea, otrora considerada imposible, parece ahora, gracias a la decisión del Presidente Sarkozy de introducir once escaños reservados a los expatriados en el parlamento francés, no sólo razonable, sino que cae por su propio peso. Si los franceses de South Kensington se merecen a un parlamentario para ellos solos, ¿por qué no los británicos malagueños, alicantinos o tinerfeños?

Alrededor de un millón de británicos vive toda o la mayor parte del año en España. De ellos, 352.000 están empadronados en sus ayuntamientos como residentes de pleno derecho. Y otros cientos de miles viven en otros rincones de la Unión Europea. Quienes han abandonado el país en los últimos 15 años (la amplia mayoría) pueden votar en las elecciones celebradas en el Reino Unido. Sin embargo, casi nadie se molesta. Y no es que sorprenda. Han de remitir su voto por correo a su último lugar de residencia en las islas. No es justo. ¿Acaso les importan o conocen los hospitales, las oficinas de correos y las carreteras de circunvalación previstas a miles de kilómetros? Y tampoco es justo para quienes viven en esas circunscripciones.

Las comunidades británicas de expatriados tienen sus propios problemas. En España su caballo de batalla son las pensiones, los derechos sanitarios, los problemas burocráticos a los que pueden tener que hacer frente si intentan volver a casa y el precio (desorbitado) de los servicios consulares. Muchos de ellos, víctima de los devastadores efectos de la debilidad de la libra, querrían que el Reino Unido adoptara el euro. Otros muchos encuentran trabas en la legislación local en materia de vivienda, la cual, insisten, contraviene la normativa europea. A estos ciudadanos les gustaría que parlamentarios y gobierno británico se tomaran sus problemas en serio. Sin embargo, a falta de un representante al que acudir, no cabe duda de que las probabilidades de que les escuchen son mínimas.

Un sistema electoral obsoleto en una Europa sin fronteras

Para el Reino Unido la inmigración es una fuente de preocupaciones, pero no se para a pensar en la emigración. Y debería. Según un estudio del Institute for Public Policy Research (Instituto para el Estudio de Políticas Públicas), unos 200.000 de sus súbditos se trasladan al extranjero todos los años. Aproximadamente el 10% de los británicos, es decir, 5,5 millones de personas, reside fuera del país. Los gobiernos extranjeros se preocupan mucho más que el suyo propio por estos emigrantes. Hemos creado alegremente una Europa sin fronteras, animando a la gente a que viaje, viva y trabaje en otros países, pero no hemos modificado en consecuencia el sistema electoral. Toda una generación de jóvenes cualificados se ha marchado al extranjero para aprovechar las oportunidades profesionales naturales que les brinda una economía globalizada, pero tampoco tienen quien les represente en Westminster.

Este último año he estado tanteando a mi alrededor sobre esta idea de los “diputados del exilio". A los parlamentarios y diplomáticos con los que he hablado les inquieta, en este caso, cómo podría repercutir la reforma en las relaciones con España. Imagínense —dicen— que un diputado se pasa media vida quejándose ante las autoridades españolas sobre los problemas que acucian a sus conciudadanos expatriados. Eso nos lleva, por supuesto, a otra posible solución. ¿Por qué no se permite a los británicos residentes en Europa votar en las elecciones nacionales de su país de acogida? Por desgracia, ni el Reino Unido ni ningún otro país del continente parece estar por la labor, como resultado de lo cual yo, que vivo en Madrid y pago mis impuestos a Hacienda, no tengo ni voz ni voto acerca de a qué se destinan mi contribución.

Y he ahí el quid de la cuestión. No sólo no puedo votar en las elecciones generales españolas, sino que, como llevo viviendo en el extranjero más de 15 años, tampoco tengo derecho a votar en el Reino Unido. Pago impuestos, pero no puedo votar. ¿Qué fue del "no se tributará mientras no haya representación política” (no taxation without representation)? Otros países —como Alemania, creo— permiten a sus ciudadanos seguir votando hasta la muerte, con independencia de su lugar de residencia. No dejamos de quejarnos sobre la apatía del electorado y del escaso poder de convocatoria de las urnas. Existe una vía rápida para estimular la participación electoral. Basta con darles a unos cientos de miles de votantes en España su propio diputado.