Por fin. Tras un camino plagado de obstáculos, el 3 de noviembre el presidente checo Václav Klaus firmó el Tratado de Lisboa, sin ceremonias, periodistas ni fotógrafos, apenas unas horas después de que el último recurso contra el texto fuera rechazado por el Tribunal Constitucional checo. “No quería, pero ha firmado”, titula el periódico Mladá Fronta DNES bajo la fotografía del momento de la rúbrica, tan esperado por los demás dirigentes europeos.

A modo de última bravata, Klaus declaró que con este tratado “la República Checa deja de ser un país soberano”. “La pluma es más sabia que la palabra” le respondió Martín Komárek desde el periódico praguense. El periodista recuerda que todos los Estados miembros renuncian a “una parte de su soberanía al entrar en la Unión, donde sus representantes podrán defender los intereses de su país.”

De Volkskrant confirma que en Bruselas tienen motivos para "brindar". Pero el periódico holandés advierte que a partir de ahora “los políticos deberán renunciar solemnemente a realizar ningún nuevo apaño en la construcción europea durante un buen periodo de tiempo”. “Las reformas institucionales han elevado la auto-contemplación al rango de pasatiempo preferido en Bruselas”, lamenta el periódico. “Ha llegado la hora de que Europa [...] muestre a sus ciudadanos que es verdaderamente una guía para el progreso”.

Un salto hacia adelante

“Gracias a las reglas instauradas por Lisboa, Europa tiene la ocasión dar un gran salto hacia delante”, prefiere pensarJacek Pawlicki en Gazeta Wyborcza. A pesar de ello, recuerda que “por muy perfectos que sean, los tratados se quedan en papel mojado si nadie tiene voluntad de hacerlos realidad. El éxito de Lisboa ha requerido mucha energía y determinación. Es un capital que no debe malgastarse.”

Sin embargo, tras ocho años de negociaciones y referendos, el Tratado de Lisboa no garantiza el mejor de los mundos para Bruselas. “La Unión ya había perdido parte de su sexappeal antes de Lisboa, y este documento tampoco le devolverá su atractivo ni le quitará las arrugas. Al contrario”, observa Martín Komárek en Mladá Fronta DNES. "El debate sobre un tratado voluminoso y de difícil lectura en muchas partes ha contribuido bien poco a disipar la percepción de la UE como un proyecto elitista, por más que dicho tratado democratice y simplifique el funcionamiento de las instituciones,” recuerda Irish Times. “Tal vez hayamos dejado atrás el trauma de Lisboa, pero la desafección de los ciudadanos seguirá siendo un desafío crucial para los dirigentes europeos.”

Europa, en pleno "suicidio de su civilización"

Hay sin embargo un periódico que no cree en el entusiasmo de los europeos: Rzeczpospolita se pregunta de qué sirve dotarse de bellas instituciones si Europa comete “un suicidio”, al arremeter contra los valores de nuestra civilización. Al mismo tiempo que Klaus firmaba el Tratado, el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos condenaba a Italia por la presencia de crucifijos en las aulas. El periódico conservador polaco considera que al cortar las raíces cristianas de Europa, la corte de Estrasburgo “invierte el universo de valores en los que se funda la comunidad europea”. “Ya no estamos ligados por la iglesia de Santa María de Cracovia, por la catedral de Notre-Dame ni por la Capilla Sixtina, sino por el Tratado de Lisboa, MTV, las barrigas llenas, las vacaciones en Ibiza y la tolerancia hacia los gays.”

“La élite política europea ha mostrado su desdén habitual por la voluntad del pueblo”, lamenta The Times. “Pero ahora que el Tratado de Lisboa ha sido ratificado, es hora de pasar a otra cosa”. “Por exasperante que sea, en política, cuando cambian los hechos, hay que cambiar la estrategia”, escribe el periódico londinense. “Eso es exactamente lo que David Cameron ha dejado entrever que haría” al abandonar la idea de un referendo sobre el tratado si accede al poder la próxima primavera.

Pero la historia no termina ahí. Tras señalar que los conservadores británicos esperan aún poder aprovecharse del tratado de adhesión de Croacia para obtener cláusulas de exención para su país, el Irish Times se inquieta al ver que “antes incluso de que la tinta se seque sobre el Tratado de Lisboa, la promesa de que su entrada en vigor pondrá fin a las disputas constitucionales e institucionales durante una generación tiene todo el aspecto de un voto piadoso. Lo cual no es precisamente una perspectiva de la que alegrarse.”