Sábado, 22.30. Empieza la noche. El taxi se para, la puerta de delante se abre. En Berlín se sube delante, al lado del conductor. El chófer se llama Anthony Appiah, tiene 47 años y nació en Ghana. Vive en Berlín desde los 20. “Vine a Berlín Oeste para estudiar economía. Después tuve problemas para encontrar trabajo y por eso me hice taxista. Hoy por hoy, este es mi hogar, soy berlinés”, explica mientras su coche atraviesa rápidamente Torstrasse, una antigua calle del Este hoy abarrotada de galerías de arte de todo tipo.

La Schönhauser Allee, delante del White Trash, es uno de los lugares más extravagantes de la ciudad. Muchas capas de Berlín se superponen en esta calle: en París o en Londres, habrían empezado todo de cero. “Bienvenidos a Berlín”, nos suelta, risueño, el dueño del lugar, Walter “Wally” Potts. “Esta ciudad es el mejor lugar para salir de fiesta de toda Europa. Cada sábado aparece gente procedente de todas partes y algunos ni siquiera reservan hotel, sino que se pasan la noche en los bares o en las discos de la ciudad y se vuelven a sus casas sin haber dormido”, se divierte Wally. Berlín ha bautizado a estos turistas exprés “easyjeters”, por el nombre de la compañía aérea que organiza el tráfico hacia este nuevo sueño nocturno europeo.

Regateo hasta por un cordón de zapato

Domingo a mediodía. La ciudad está al ralentí. En el verde barrio de Treptow, en las inmediaciones del Arena, una inmensa sala de conciertos, descubrimos un rastrillo permanente. Aquí podemos encontrar de todo: desde carteles de precios para comida rápida, mandos a distancia de todos los tiempos, cazadoras de piel, electrodomésticos, botas de goma… hasta un número de la revista Max de 1992 con la cantante de 99 Lüftballons, Nena, en la portada, en actitud un pelín pícara.

Los precios son bastante bajos pero aún así, se negocian. El ambiente es de todo menos burgués-bohemio: mucha gente vive en Berlín con un presupuesto limitado. La ciudad es una de las más pobres de Alemania, la tasa de paro alcanza el 17% y ha coqueteado con el 20% en períodos de crisis. En Berlín no existe un barrio financiero, ni sedes de grandes multinacionales. Sólo el poder político se instaló en la ciudad tras la reunificación.

Berlín es una ciudad peligrosa

“Ninguna de las grandes empresas alemanas tiene su sede en Berlín, que tampoco es una ciudad industrial. Pero los berlineses han heredado del Este un carácter espabilado que les ayuda a superar todos los problemas. El espíritu de ayuda mutua que antaño hizo sobrevivir a Berlín Este se ha instalado en las mentes de hoy en día”, explica Yannick Pasquet, periodista de la Agence France Presse, que vive desde hace diez años en Berlín y es autor de una reciente obra sobre Alemania tras la reunificación, Le Mur dans les têtes (El muro en las cabezas). En veinte años, y tras haber sufrido los ultrajes del siglo pasado, Berlín se ha convertido en la razonable capital del siglo venidero. Lejos de las luces de neón de Londres, Nueva York o París, la capital alemana se esfuerza desde los años ochenta por ser una ciudad más humana.

Berlín es un sitio lleno de actividades que no cuestan nada, que no aportan nada, salvo el placer de reunirse. También es un lugar de intercambios equitativos: muchas veces DJ y artistas actúan sin cobrar en algunos bares; a cambio, pueden beber gratis. Florian Püehs, 23 años, cantante del grupo Herpes, está empezando a tener algo de éxito en Berlín. Él secunda lo dicho: “Berlín es la única ciudad de Alemania que me permite vivir decentemente de mi música. Hoy en día, los músicos jóvenes ya no vienen a Berlín porque David Bowie y Lou Reed hayan pasado aquí una temporada. Vienen porque los alquileres son baratos, porque se pueden encontrar sitios donde ensayar a buen precio. Esto también se puede aplicar a pintores, escritores… Es una ciudad propicia para el arte. Viví en París algunos meses: fue imposible quedarse, la vida era demasiado cara. Pero Berlín también es una ciudad peligrosa. Conozco a muchos artistas que se instalaron aquí en busca de inspiración y que al final no llegaron a nada. Berlín es una ciudad que te permite vivir sin objetivos, y eso es un arma de doble filo. Es una ciudad de la que también hay que saber marcharse”.

Kibutz versión 3.0

En el barrio industrial de Tempelhof, el proyecto Palomar 5 se ha instalado en los locales de una antigua fábrica de cerveza. Palomar 5 son treinta jóvenes procedentes de todo el mundo reclutados a través de Twitter, Facebook y Skype que se reúnen en Berlín para inventar el mundo del trabajo de mañana. El proyecto reúne diversas nacionalidades (franceses, indios, británicos, estadounidenses, rusos…), y perfiles muy diferentes: escritores, periodistas, hackers, universitarios, cineastas, publicistas… Matthias Holzmann, de 23 años, es uno de los instigadores del proyecto. Con cinco colegas, todos de su edad, Holzmann convenció a la Deutsche Telekom para que financiase este loco proyecto durante seis semanas. Reunidos en este vasto local, viven en comunidad, con el ordenador portátil bajo el brazo, y tratan de diseñar los nuevos estilos de trabajo del siglo XXI.

Todos duermen en compartimentos individuales y desarrollan sus ideas en un espacio de más de 600 metros cuadrados digno de una película de Stanley Kubrick. Palomar 5 es el kibutz 3.0 al estilo de Berlín. Pequeños genios llegados de todo el mundo trabajan sobre las relaciones laborales del futuro —en un espacio que sólo la capital alemana les puede ofrecer—. “Todavía no sabemos cuál será el resultado o cómo se podrá utilizar. Berlín es una de las pocas ciudades del mundo que permite este tipo de experiencia”, afirma Matthias. “Nos ofrece el espacio necesario, admite diferentes temperamentos, favorece los encuentros y las multitudes.”