No cabe ninguna duda de que la Comisión Europea y el FMI han impuesto deliberadamente al Gobierno húngaro unas condiciones imposibles de cumplir, con el objetivo probablemente de incitar a que Viktor Orbán dimita. Por eso, la delegación de la UE-FMI ha roto las negociaciones.

Mientras, el subsecretario de Estado Norteamericano Thomas O. Melia ha vuelto a manifestar su preocupación respecto a la regresión de la “democracia ciudadana” en Hungría hacia un poder autoritario, dictatorial; Viviane Reding, comisaria de los Derechos Fundamentales en el seno de la UE, ha echado duramente en cara al Gobierno húngaro las continuas violaciones de los principios de una democracia libre y constitucional; estos reproches se enmarcan dentro la línea de duras críticas que emanan del Parlamento Europeo, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa[OSCE], del Consejo de Europa y de laComisióndeVenecia (e incluso del Secretario General de Naciones Unidas).

El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, remitió recientemente una carta al primer ministro húngaro en la que le invitaba muy educadamente a no someter a votación en el Parlamento algunos proyectos de ley. Los medios de comunicación escrita más prestigiosos de Europa Occidental, al igual que los de Europa del Este y de Norteamérica y sus periodistas, protestan, se sienten ultrajados y se burlan continuamente y sin descanso. No se puede imaginar una presión más intensa ni más seria. Únicamente puede incrementarse por la vía de sanciones directas.

Mientras, uno de los partidos de la oposición parlamentaria, el LMP (Lehet màs a politika – Por otra política; de centro-izquierda con tintes ecologistas) declara que ya resulta imposible hacer una oposición democrática en esa versión que hasta ahora es pacífica y parlamentaria. Esto trasciende a la calle, donde dos nuevos movimientos prometedores, Szolidaritàs y 4K!, se manifiestan (y auguran manifestaciones todavía más numerosas), los sindicatos se preparan, y nuevos movimientos nacidos de la sociedad civil expresan su deseo de continuar en esa línea de acción.

¿Qué posición con respecto a las presiones extranjeras?

La pregunta crucial es saber qué posición tienen las fuerzas de oposición consideradas, o no, de izquierda y/o liberal frente a las presiones que emanan del extranjero (Occidente y las grandes potencias). La respuesta no es evidente. Por un lado, dado el poder aplastante de la derecha antidemocrática, la destrucción de las instituciones democráticas (un hecho casi consumado) podría justificar la intervención occidental a favor de la democracia.

Sin embargo, además de querer conservar un régimen representativo y constitucional y una separación de poderes, las potencias occidentales y, en primer lugar, la Comisión Europea, desean que Hungría adopte una política económica que no sirva necesariamente (y esto es un eufemismo) a los intereses del pueblo magiar.

El pueblo húngaro, decepcionado en numerosas ocasiones, podría no ver en la “causa democrática” sino un ornamento puesto como colofón a unas medidas de austeridad cada vez más pesadas, impuestas por las potencias occidentales preocupadas por la estabilidad financiera. Si la protección de las instituciones democráticas va necesariamente ligada a un continuo empobrecimiento del pueblo húngaro, no hay porqué extrañarse de que a los ciudadanos húngaros no les entusiasme el binomio que conforman restauración de la democracia liberal y miseria.

La mayoría de las críticas occidentales contra el Gobierno son justas, pero el cuerpo electoral húngaro apenas las manifiesta. Los ciudadanos húngaros no delegan cambiar la política de su país, y tampoco pueden hacerlo en las potencias occidentales. No se justifica doblegar a la democracia por medios antidemocráticos impulsados desde el exterior, y la experiencia demuestra que tampoco resulta eficaz aplicar dichos medios.

Esta contradicción hace que la posición de la oposición democrática húngara sea muy peligrosa. Por una parte, apoya una política económica y social que combatiría si el Gobierno húngaro la llevase a cabo. Por otro lado, se mostraría solidaria con los procedimientos antidemocráticos – contradiciéndose a sí misma – sin siquiera considerar que, con malevolencia, sería acusada de traición.

La independencia, última protección

El primer ministro húngaro analiza la situación de la siguiente manera: “A lo largo de la última década, los países occidentales se han refugiado en el recurso al endeudamiento en detrimento de los ingresos por el trabajo para satisfacer los deseos de consumo. Este tipo de endeudamiento se ha tornado incontrolable, sobre todo desde que el propio Estado lo utiliza para financiar su sistema de prestaciones sociales”. Se trata de una verdad a medias que resulta muy nociva y además de un discurso de inspiración neoconservadora, una corriente que supuestamente combate.

Al igual que el primer ministro arremete obsesivamente contra la percepción de ingresos sin trabajar, también insiste machaconamente en desmontar un sistema de subsidios sociales, perseverando así en su sombría demagogia contra las subvenciones, puesto que ha sido él quien ha suprimido de hecho las prestaciones por desempleo, quien ha ido en contra de las pensiones, quien ha destruído el sistema sanitario, y quien ha restaurado astutamente el sistema complementario de sanidad privada, de una manera aún más radical que sus predecesores neoliberales [el Gobierno de izquierda de Ferenc Gyurcsány] que únicamente soñaban con ello, pero cuyos proyectos se vieron minaron por los mismos sindicatos que entonces apoyaba Viktor Orban. Entonces ya no hay ninguna divergencia entre el Gobierno de Viktor Orbàn y la UE/FMI.

En términos generales, el dilema dentro del propio dilema reside en saber si es necesario o no defender la independencia nacional cuando la soberanía del pueblo está en ruinas y cuando los derechos fundamentales de la libertad se han visto relativizados.

La restauración de la democracia sigue siendo un prerrequisito para la restauración de la independencia nacional. La reconstrucción y la renovación de la democracia, que según mi parecer no puede sino provenir de nuevas fuerzas políticas emanadas de la sociedad civil, no debe quedar puesta de antemano en peligro debido a consideraciones temporales tácticas.

Mientras no exista una democracia europea confederada, la independencia será nuestra última protección. Se trata de un marco en el que, según las actuales condiciones, se nos permite restablecer e incluso reinventar la soberanía del pueblo. Eso revierte en el interés del pueblo húngaro. Es inquietante que el pueblo húngaro carezca de un aliado fuerte, tanto en el interior como en el exterior del país. Y resulta igualmente importante que los amigos del pueblo sean fieles y consecuentes.