Con respecto a Ucrania, se suele decir que en Kiev reina el caos político. Pero lo que se silencia en este tipo de análisis es que la Unión Europea, el socio occidental más importante del país, es responsable en parte de esta constante incertidumbre.

Nadie negará que la perspectiva de una integración en la UE ha desempeñado una importante función en la estabilización y la democratización de Europa central y oriental tras el hundimiento del bloque soviético. Pero son muy pocos los políticos europeos que están dispuestos a aplicar el mismo principio a Ucrania. Mientras que la participación en el proceso de integración europea, la perspectiva de una entrada en la Unión y las negociaciones relativas al proceso han tenido un efecto positivo de Tallin a Dublín, el hecho de negar esta posibilidad a Ucrania priva al país de la ayuda de la que se benefician sus vecinos occidentales.

Como consecuencia del aislacionismo europeo, Ucrania se encuentra en una especie de “vieja Europa”, o lo que es lo mismo, en una situación que recuerda al comienzo del siglo XX. Al contrario que la mayoría de países europeos, los dirigentes ucranianos deben actuar, como ocurría antes, en un mundo de Estados-naciones competidores, de alianzas movedizas, de campos políticos fijados y despiadados juegos de suma nula, en los que el beneficio de un actor nacional o internacional será sinónimo de pérdida para el resto.

Democracias abandonadas

Los ucranianos son los primeros en reconocer que su país está más que lejos de la candidatura a la adhesión a la UE. Pero los que se sienten animados por una conciencia europea, se esfuerzan por entender el comportamiento de los países de la Unión: ¿por qué Turquía es ya oficialmente candidata, por qué Rumanía y Bulgaria son desde hace tiempo miembros de pleno derecho, mientras que no se deja entrever ninguna esperanza de integración para Kiev, a no ser que sea en un futuro muy lejano? ¿Acaso la “Revolución naranja” y las elecciones legislativas de 2006 y 2007 no han demostrado que los ucranianos se sienten vinculados a los valores y a los procesos democráticos?

Es cierto que en los últimos años hemos sido testigos de eventos que parecen ir en sentido contrario. Como siempre, la maquinaria del Estado es escenario de una corrupción rastrera y de extraños conflictos políticos que siguen paralizando el Parlamento y el ejecutivo y atascan las reformas indispensables. La reestructuración industrial o la política social progresan sólo a pasos extremadamente lentos. Pero ¿estos fracasos son la causa o más bien el resultado del rechazo de la UE de ofrecer perspectivas de integración al país? La supuesta incompatibilidad de Ucrania con la UE, ¿no se va a transformar en una profecía inevitablemente condenada a hacerse realidad?

Un "sí" que no haría daño

Ucrania, privada de perspectivas de desarrollo a largo plazo, se convierte en el campo de batalla de una guerra política y cultural por poderes. Actores pro-occidentales y pro-rusos, estáticos y no estáticos, nacionales e internacionales se enfrentan por el futuro de este importante país de Europa, que sigue sin consolidarse. Bruselas, París y Berlín deberían interesarse por la cuestión, pues además se corre el riesgo de ver cómo se desunen las regiones que componen el Estado ucraniano. Y las tendencias separatistas podrían a su vez servir de pretexto para una injerencia rusa.

En un futuro previsible, un “sí” oficial de la UE a una candidatura futura de Kiev no costaría gran esfuerzo a la Comisión Europea y los Estados miembros. Tal declaración no cambiaría prácticamente nada en las relaciones exteriores de la UE, pero impresionaría en gran medida a las élites de Kiev, y en Moscú constituiría un signo fundamental para la población ucraniana.

Los jefes de Estado y de gobierno de la UE deberían esforzarse por considerar a Ucrania desde una perspectiva histórica y recordar la historia reciente de sus propios países. No deberían hacer distinción, contraria al sentido de la historia, entre las dificultades a las que se enfrenta actualmente Ucrania y las que conocieron sus países antes de participar en el proceso de integración europea. Y la Unión debería dejar entrever a Ucrania la posibilidad de una entrada en su seno, en beneficio de todas las partes implicadas. Y cuanto antes, mejor.