Al final de una semana brevemente eufórica, se impuso la realidad.

En cierto sentido, la noticia del viernes no fue una sorpresa. La rebaja de la calificación francesa era una sorpresa anunciada. Al igual que lo era el fracaso de las negociaciones entre los inversores privados y el Gobierno griego sobre la participación voluntaria en una reducción de la deuda. Se rechazó una propuesta con la que era poco realista empezar. No deberíamos fingir que nos sorprende.

Y aún así, ambos sucesos son importantes, porque nos muestran el mecanismo que probablemente funcione en el desarrollo de los acontecimientos de este año. La eurozona ha caído en una espiral de degradaciones, de descensos en el PIB, de aumento de la deuda y de más rebajas en las calificaciones. Acaba de iniciarse una recesión. Posiblemente Grecia no pague la mayoría de sus deudas y puede que incluso tenga que salir de la eurozona. Cuando esto ocurra, la atención se centrará de inmediato en Portugal y así comenzará la siguiente ronda contagiosa de rebajas en las calificaciones.

El insuficiente fondo de rescate de Europa, el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, ahora también se enfrenta a una disminución en su calificación porque refleja las calificaciones de sus miembros. Según el modo en el que se ha ideado el MEEF, su capacidad efectiva de préstamo se reducirá. Aunque la degradación de la calificación de Francia no haya sido una sorpresa, los Estados miembros de la eurozona no cuentan con ningún plan alternativo, tan sólo unos guiones provisionales de emergencia. Pueden decidir aplicar el MEEF y su sucesor permanente al mismo tiempo. Podrían incluso conceder al último una asignación total e inmediata de su capital. Pero esto creará diferencias en los presupuestos nacionales en un mal año.

Expectativas de una posible ruptura en la eurozona

Al rebajar la calificación de Francia y Austria pero no de Alemania y Países Bajos, Standard & Poor’s además ha logrado generar expectativas sobre la geografía económica de una posible ruptura. Políticamente, habría sido mucho más sencillo gestionar una rebaja en la calificación de todos los miembros que disponían de la triple A. Alemania es ahora el único gran país que queda con una calificación de triple A. Esta decisión hará que sea más difícil que Alemania acepte los bonos de la eurozona. La disparidad de calificaciones entre Francia y Alemania hará que la relación sea aún más desequilibrada.

La reacción inmediata de la noticia del viernes es además un recordatorio de que la crisis y su resolución se están desarrollando en universos paralelos. El comentario de Angela Merkel de que la UE ahora debe concluir rápidamente el tratado fiscal es el ejemplo típico de esa desconexión. Independientemente de lo que ocurra, la disciplina fiscal es su respuesta. La respuesta a la crisis no reconoce la función primordial del sector privado en los desequilibrios internos de la eurozona. La conclusión del tratado fiscal, que es ahora mismo la principal prioridad de la política de la UE, constituye en el mejor de los casos una distracción irrelevante. Lo más probable es que intensifique la tendencia hacia una austeridad cíclica como la que se ha observado en Grecia. También espero ver cómo la UE ejerce una venganza normativa contra las agencias de calificación. Esté o no justificada, esto también es una distracción.

Hace un tiempo expuse que la cumbre de diciembre era la última oportunidad para reiniciar el sistema de forma general. Entonces, se podría haber previsto un gran trato que combinara un presupuesto conjunto en la eurozona, un eurobono, un régimen de políticas para paliar los desequilibrios dentro de la eurozona y, en este contexto, también límites en los presupuestarios nacionales. Merkel y sus acólitos en Berlín y Bruselas celebraron el resultado de la cumbre del 8 y el 9 de diciembre porque no incluía ninguno de los elementos anteriores, excepto el componente del equilibrio presupuestario.

Necesitamos un sólida autoridad fiscal central

Ahora que ya tiene todo lo que quería, el sistema sigue deshaciéndose. Con cada giro de la espiral, aumentan los costes financieros y políticos de una resolución efectiva. Ya hemos dejado atrás el punto en el que los electorados y sus representantes están dispuestos a pagar los costes cada vez más elevados de reparar el sistema. La semana pasada, un par de parlamentarios de la CDU, el partido en el poder, a los que antes había considerado como voces de la moderación, sostenían que la salida de Grecia de la eurozona no sería un gran problema. Las expectativas cambian rápidamente y con ello la aceptación de un fin violento.

Y no, el enorme aumento de la liquidez del Banco Central Europeo tampoco va a solucionar el problema. No quisiera subestimar la importancia de esa decisión. El BCE evitó una crisis crediticia y hay que reconocerle esta acción. El regreso al dinero ilimitado a largo plazo podría incluso tener un impacto marginal en la voluntad de los bancos de participar en las subastas de deudas gubernamentales. Si hay suerte, podría incluso servirnos para pasar el intenso periodo de refinanciación de la deuda de esta primavera. Pero una lluvia de liquidez no solucionará el problema subyacente de la falta de ajuste macroeconómico.

Incluso las reformas económicas, por necesarias que sean por otros motivos, no pueden resolver este problema. Es otra ilusión europea. Nos encontramos ahora en un punto en el que la resolución efectiva de la crisis necesitaría una sólida autoridad fiscal central, con poder para aplicar impuestos y asignar recursos por toda la eurozona. Por supuesto que esto no sucederá.Esta es la principal repercusión de las rebajas en las clasificaciones de la semana pasada. Hemos superado el punto en el que una solución técnica funcionaría. Se han agotado las opciones.