"Puede que haya visitas organizadas, sería más práctico..." "Sí, tienes razón, así perderíamos menos tiempo". Es lo que comenta una pareja de unos cincuenta años. Están de vacaciones en Cracovia y de paso no quieren perderse el lugar de visita obligada de la región: el campo de concentración de Auschwitz, a 60 kilómetros de allí. El empleado de la oficina de turismo les informa amablemente sobre cómo llegar.

Cada año visitan el lugar miles de parejas como esta. Sólo tienen tres días para visitar la región, pero quieren ir a ver "el campo". Auschwitz atrae hoy a más gente que la espléndida Cracovia. El campo se ha convertido casi en su "producto de reclamo". Las ofertas llueven por toda la ciudad. Desde el aeropuerto, se propone a los turistas ir hasta allí directamente en taxi. Los turoperadores hacen el viaje en el día: tres horas de trayecto ida y vuelta y dos horas en el lugar, todo por unos cien zlotys, es decir, unos veinte euros. "Auschwitz es el recorrido más solicitado, sobre todo por los extranjeros", comenta Tomas Stanek, responsable de Cracow City Tours. El año pasado, el campo acogió a 1,3 millones de visitantes.

El procedimiento es sencillo: un empleado de la agencia viene a buscarle al hotel y le lleva a la plaza Szczepanski, desde donde salen los minibuses. Antes de llegar a Oswiecim, los carteles señalan "Muzeum Auschwitz", un término lo más neutro posible. Los autobuses se detienen en un aparcamiento de pago. Hay servicios, también de pago, y cambiadores de moneda. Unos carteles indican que está prohibido la entrada de perros, el uso de trajes de baño, fumar, comer y llevar carritos para niños, una norma que se saltan muchos padres jóvenes. En la entrada, unos puestos ofrecen libros y bebidas. Dos hombres borrachos, con unas mochilas a los pies y una cerveza en la mano, se dejan caer contra un poste. En el edificio donde se recogen las entradas hay instalada una cafetería. Tres jóvenes han comprado unas hamburguesas, que se apresuran a engullir, refunfuñando un poco: está prohibido comer dentro del campo y nadie les había advertido de ello. Teóricamente, la visita es gratuita: pero los grupos no tienen derecho a hacerla sin un guía (38 zlotys por persona) y la entrada de los visitantes individuales solo está admitida antes de las 10 horas o después de las 15 horas.

Los límites de la indecencia se superan

Este día, desfilarán por el lugar 8.000 turistas. Doscientos cincuenta guías, catorce idiomas. La nuestra, Dorota, con gesto arisco, hace tres visitas al día. El recorrido dura dos horas, 90 minutos en el campo de trabajo de Auschwitz y media hora sólo en el campo de exterminio de Birkenau. El grupo se estremece. Una pareja con un bebé es la primera en sacar la cámara de fotos ante el cartel de "Arbeit macht frei" (El trabajo os hará libres). Hay que esperar con frecuencia o apartarse para dejar pasar a otros grupos. Algunos guías llevan un paraguas abierto para no peder a sus tropas. Se expresa poca emoción, como encorsetada por la multitud. En la tercera sala, se separan del grupo cinco personas. "Hay demasiada gente para escuchar lo que sea", explica un francés. "En realidad, la guía no nos dice nada nuevo. Ya lo conocemos todo. Y además el recorrido es demasiado largo", continúa su esposa antes de pisarle los talones. Un francés treintañero, que dice ser de origen kurdo, habla con sus vecinos como si fuera un experto sobre diferentes genocidios: el armenio, el argelino, el ruandés...

Volvemos a reunirnos con el grupo en Birkenau. Ante la enorme torre a la que llegaban los trenes, hay otros autobuses aparcados. Unos visitantes se sientan sobre la hierba para hacer un pic-nic. Pero el tiempo apremia. Hay que darse prisa. Así que, nos damos prisa. Un señor que graba con su cámara comenta: "Allí estaba el campo de las mujeres". Otro hombre saca un teléfono móvil y llama a un amigo: "Quería saludarte". Delante de los restos de las cámaras de gas, empiezan a caer las primeras gotas, una lluvia fría para la que pocos se han preparado, despistados por el sol de la mañana. Corren a refugiarse bajo un tejado. La lluvia es ahora más intensa: "Así podemos sentir un poco lo que sufrieron", dice el kurdo muy serio.

¿Chocante? Sí, sin duda. Los límites de la indecencia se superan con frecuencia. Hace unos años, una mujer comenzó a desnudarse en las cámaras de gas, para comprender lo que "ellos" habían sentido. En 2001, una serie de asociaciones de judíos estadounidenses hicieron que se cerrara una discoteca situada a un kilómetro de Birkenau. Hace cinco años, una marca de ropa solicitó celebrar aquí un desfile de moda. La inscripción "Arbeit macht frei" fue robada en diciembre de 2009. Y, hace unos meses, el vídeo en YouTube de ese superviviente australiano que bailaba al son de "I will survive" junto a sus nietos en el lugar de su martirio nos dejó a todos perplejos.

Los historiadores se rebelan contra su presentación histórica

¿Inevitable? Sin duda. "Entre los intelectuales que trabajan sobre el genocidio, no existe realmente un debate moral sobre el hecho de haber transformado Auschwitz en un lugar de visita. Estos autobuses de turistas son la contrapartida del trabajo para preservar la memoria, se ha convertido en algo masivo y aquí está la prueba", explica Jean-Charles Szurek, investigador del CNRS y autor de Polonia, los judíos y el comunismo. "Aunque me parezca absurdo hacer este viaje en un día, en un vuelo chárter desde una capital europea, un joven que llegue riéndose quizás no regrese sin haber percibido algo". El principio de apertura a los turistas tan sólo lo rebaten realmente los revisionistas como el inglés David Irving, que ha acusado al Gobierno polaco de haber convertido Auschwitz en "un lugar al estilo de Disneyland".

Por su parte, los historiadores se rebelan más bien contra la presentación histórica que sigue haciéndose en el lugar: "Se mezclan polacos, rusos, políticos y judíos, cuando fueron únicamente estos últimos, junto a los zíngaros, los que conocieron la "selección" y el exterminio", explica Marcello Pezzetti, historiador italiano. "Al visitar hoy Auschwitz, con tan poco tiempo, no se puede comprender lo que ocurrió. Lo sorprendente no es que vengan los turistas, sino lo que se les muestra..."

En Oswiecim, la localidad cuyo nombre se germanizó como Auschwitz, prosiguen los debates con una mirada crítica. Es una población gris, abandonada por sus jóvenes, con algunas casas pintadas de amarillo que no bastan para alegrarla. Hay un 16 % de paro, un porcentaje superior a la media nacional. Si bien Auschwitz genera empleos en Oswiecim (la mayoría de los 250 guías del campo proceden de esta localidad), los turistas se detienen poco tiempo en ella. "Es como si no existiéramos, y cuando la gente se detiene, aunque ni siquiera habíamos nacido en esa época, es para preguntarnos: '¿Pero cómo pudieron dejar que ocurriera algo así?'”, se queja Margareta Szeroka, una de sus habitantes. ¿Les gustaría aprovecharse un poco más de este maná? "Aquí, estamos en la población de Oswiecim. Auschwitz, está al lado", precisa el exalcalde, Janusz Marszalek.

Sin embargo, en Cracovia, el "éxito" del campo ha generado en el barrio de Kazimierz un sorprendente "renacer" judío. Anna Gulinska, una joven de cabello castaño, de 27 años, no es judía. Pero se enamoró de la cultura judía "en el colegio y luego en la facultad" y estudia yidis. Hoy es la encargada de la programación en el Jewish Community Centre. "Estamos aquí para servir a la comunidad", afirma. La Polonia judía no es más que un gran cementerio. ¿Y Auschwitz? "Nos gustaría que los turistas que volvieran del campo vinieran por aquí. Vivimos a su sombra, pero hay que ver más allá".