Lunes a mediodía, en el aeropuerto de Leonardo da Vinci en Roma. En el vestíbulo, la cola para pasar los controles de seguridad no deja de crecer y dos alemanes se impacientan. "Un desbarajuste así sólo se ve en Italia", exclaman. Un italiano se vuelve hacia los quejicas y los fusila con la mirada. "Germans never change" (Los alemanes nunca cambian), les lanza, enfatizando cada palabra. "Siempre saben más que los demás, siempre son ustedes los que dan las órdenes".

Confusos, los dos alemanes se callan y el italiano hace caso omiso de ellos. Como no van al mismo destino, ninguno de los tres oirá cómo el piloto de Lufthansa da la bienvenida a los pasajeros del vuelo Roma-Düsseldorf con el siguiente mensaje: "El despegue está previsto en media hora, pero con los italianos, nunca se sabe".

Los alemanes se reían un poco más fuerte

Esta escena ocurría hace unos meses mientras el Gobierno de Berlusconi llegaba a su fin. Entonces, la mitad de Europa se burlaba de Italia y Alemania se reía quizás un poco más fuerte que el resto. A la tercera potencia económica europea se la consideraba ante todo el país del "bunga bunga" y aunque su problema de deuda era muy grave, seguía sin tomarse muy en serio a los italianos.

La canciller alemana nunca criticó abiertamente a Berlusconi, se limitaba a hacer caso omiso tanto de él como de su país. Las relaciones bilaterales entre Alemania e Italia eran tan frías como los sentimientos personales entre la canciller, hija de un pastor de Alemania del Este, y su poco sutil homólogo lombardo. Angela Merkel además era especialmente popular en Italia. Para todos los italianos que sufrían a Berlusconi, la canciller encarnaba todas las virtudes de las que claramente carecían sus responsables políticos: sentido del bien común, discreción, integridad.

No obstante, desde hace unos meses, en Italia gobierna un hombre que, además de estas cualidades, posee otras que no tiene la canciller. Por ejemplo, ciertas visiones del mundo que, unidas a su perfecto conocimiento de los medios económicos, le confieren una auténtica fuerza de decisión. El calificativo de "italianos prusianos", asociado en los medios de comunicación alemanes a Mario Monti y Mario Draghi, el nuevo jefe del BCE, ha hecho sonreír a más de un italiano.

Desde que Mario Monti asumió sus funciones en el palacio Chigi [la presidencia del Consejo italiano], la imagen de Angela Merkel empezó a agrietarse. De ser un modelo irreprochable, se ha convertido en la maestra de escuela de mentalidad estrecha que castiga a los alumnos incorregibles a una esquina de la clase y que no se da cuenta de que son precisamente ellos los que pueden tener buenas ideas.

Una vez que Berlusconi se marchó, para alivio de todos, Alemania se convirtió en la principal fuente de problemas en Europa para los italianos. En Alemania, "la política sigue las variaciones de los sondeos", declara Giovanni Moro, hijo del cristiano-demócrata asesinado Aldo Moro. "Por su dogmatismo rígido, Alemania no sólo pone en peligro a la moneda única, sino a toda la Unión Europea", escribe un periodista cercano a Mario Monti.

Nosotros podemos cambiar, los alemanes no

En Roma, la idea se extiende inexorablemente: al menos nosotros podemos cambiar, piensan los italianos, mientras que los alemanes no. En su primera aparición ante la prensa internacional, Mario Monti expresó su admiración por los países escandinavos. Durante mucho tiempo, se han subestimado los méritos de los países de Europa del Norte, explicó. Europa no debe aferrarse únicamente al modelo alemán. Existen otras soluciones.

Mario Monti ha devuelto la seguridad a los italianos. En sólo unos meses, el país ha adoptado reformas y un plan económico drásticos, ha reducido los privilegios y ha aplicado medidas contra el fraude fiscal. La era Berlusconi parece ya lejana.

Poco antes de su primera visita oficial a Berlín, Mario Monti hizo una cosa que Berlusconi nunca había hecho: planteó una serie de exigencias a la canciller. Pidió que Francia y Alemania dejaran de dar muestras de "autoritarismo" y les recordó sus errores pasados. También advirtió a la canciller sobre las posibles manifestaciones en contra de Alemania en Roma si no reconocía los esfuerzos realizados por los italianos.

Por ello, en Roma, los cumplidos de la canciller ante las reformas aplicadas se acogieron con alivio, pero no sin un punto de despecho, ya que estos ánimos no estaba exentos de una cierta condescendencia. "La prioridad que da a la estabilidad y defiende Alemania es muy importante", declaraba Monti en el Financial Times. "Cuanto más demuestren los países endeudados que han comprendido de forma concreta los imperativos de la disciplina, más deberían relajarse los alemanes".

Los alemanes van a tener que acostumbrarse a recibir lecciones de sus socios italianos. Durante mucho tiempo ha sido a la inversa. El nacionalismo alemán siempre se ha definido distinguiéndose de los italianos. En cambio, el modo de vida italiano inspira en gran medida a los alemanes. Las pastas, el vinagre balsámico y el aceite de oliva son tan populares en el norte como en el sur de los Alpes y se venden más máquinas de café expreso en Alemania que en Italia. Los alemanes a veces parecen más italianos que los mismos italianos.

¿Que ocurriría si los italianos se convirtieran en mejores alemanes que los propios alemanes? Sin duda, Europa saldría ganando.