En los momentos dramáticos que vivimos desde ayer por la tarde [8 de febrero] y durante toda la noche, Grecia no ha podido satisfacer como se esperaba el chantaje impuesto por sus acreedores. A priori, los partidos dijeron "sí a todo", excepto a la reducción de las pensiones. Sobre este aspecto, los acreedores parecen conceder tiempo para volver a equilibrar los objetivos, pero en la práctica se ha aceptado el ultimátum de la troika.

Grecia ha peleado por sus pensiones y en medio del caos, es algo que tiene un gran valor. Pero el caos persiste: no se ha contado con la recesión adicional que van a acarrear las nuevas medidas. Los ingresos de enero se han hundido, no se han logrado los objetivos estructurales [de reducción del déficit] y aún están ausentes la tolerancia social, la paz social y el desarrollo.

A pesar de todo, nuestra presencia en la moneda única sigue estando igual de amenazada que antes, si no más. No hay nada garantizado, sencillamente porque todo lo que llegue no va a servir para este fin, mantenernos en el euro, sino que irá exclusivamente al pago de la deuda. Y ahí está el talón de Aquiles de las negociaciones.

De este modo, en realidad la misma Grecia es la que se retira: después de las firmas de los jefes de los partidos a favor de la austeridad, y si todo se vota en el Parlamento, nuestra soberanía nacional ya no tendrá sentido.

Como en el periodo de entreguerras

Ahora nos pueden imponer cualquier política y las evoluciones políticas, sean cuales sean, nos llevan hacia un atolladero, con una explosión de la competencia. No en la economía griega, sino entre la sociedad y su representación política, entre la recesión y la esperanza de recuperación que está muriendo.

El país parece dirigirse hacia un periodo similar al de entreguerras, lo que reduce las esperanzas de "ver la luz al final del túnel". Sin haber logrado la menor reforma nacional, tal y como se escucha. Hemos llegado a la destrucción de nuestro lugar en la moneda única y esta situación continuará, ya que las restricciones más que aligerarse, se intensificarán.

Permanecer en el euro, suceda lo que suceda, para no destruir la sociedad. Es lo único que nuestros dirigentes tendrían que haber negociado. Y es lo único que no ha mencionado el ministro de Finanzas al dirigirse a la reunión del Eurogrupo [el 9 de febrero].

"Voy a Bruselas con la esperanza de que se celebre la reunión del Eurogrupo y de que se tome una decisión positiva con respecto al programa [de ayuda financiera]. La supervivencia del país en los próximos años depende de esta financiación y de la reducción o no de la deuda. De ello depende el lugar del país en la eurozona e incluso de su lugar en Europa".

Pero el ministro de Finanzas es el único que lo ha dicho. Y la realidad demuestra lo contrario.