Mohammed Nasheed sabe lo que el calentamiento global implica, porque es testigo de ello a diario. Sobrevivió a años de encarcelamiento y torturas para llevar la democracia a su país, las Maldivas. Sin embargo, ahora —desde su cargo de presidente—, se ha visto obligado a comprobar cómo su patria está siendo borrada del mapa. Todos los años, el aumento del nivel del mar inunda más tierra y, con la velocidad a la que avanza, lo arrasará todo.

Esto se debe a que hemos emitido a la atmósfera cantidades ingentes de gases de efecto invernadero y no les ponemos freno. Salvo que rectifiquemos —y rápido—, las Maldivas desaparecerán. Actualmente, numerosos estudios científicos apuntan a que, este siglo, la temperatura de la Tierra podría subir 6°C. A priori, no parece demasiado pero la última vez que nuestro planeta se calentó seis grados a tanta velocidad, marcó el fin del periodo Pérmico, hace 251 millones de años. Y, ¿qué ocurrió entonces? Que desapareció casi cualquier forma de vida.

Los únicos supervivientes fueron unos pocos moluscos que habitaban en los océanos y una especie similar al cerdo que, durante millones de años, fue el único animal sobre la faz de la tierra. El planeta se vio arrasado por “hipercanes” (huracanes tan fuertes que incluso dejaban su huella en el fondo del océano). Los niveles de oxígeno en la atmósfera descendieron un 15 por ciento; lo suficiente como para dejar sin aliento a cualquier animal veloz. Entre la vida actual y un planeta que nos sería imposible habitar sólo hay seis grados.

La fiebre del negacionismo es natural pero, en los últimos años, he denunciado tres lugares en los que el calentamiento global está teniendo un efecto devastador: el Ártico, Bangladesh, y las fronteras de Darfur. He hablado con Ios esquimales que presencian, incrédulos, cómo desaparecen sus históricos territorios de caza y las capas de hielo se precipitan al mar. He estado en la agonizante costa de Bangladesh y los vecinos de la zona me han señalado un punto en medio del mar mientras comentaban “mi casa estaba allí".

Sin embargo, fue precisamente en Darfur donde vislumbré perfectamente un mundo en el que hacía mucho más calor. Agricultores y pastores nómadas compartían las reservas de agua de la zona, pero, en los noventa, el agua comenzó a evaporarse. Tal y como me lo pintó un refugiado: “El agua se secó, así que empezamos a matarnos por lo que quedaba”. Cuando desaparece aquello indispensable para nuestra supervivencia, no aguardamos a que nos llegue la muerte. Matamos para conseguirlo.

Siempre que se alcanza un consenso científico preciso, los detractores aducen que estamos siendo “alarmistas”. Existe una diferencia entre ser alarmista y verse alarmado por los hechos. Saber lo que sabemos y seguir emitiendo gases de efecto invernadero no sólo sería insensato. Sería un crimen. Y, aún así, hasta los políticos que entienden de ciencia no creen que vayan a lograrse avances en Copenhague porque todos debemos circunscribirnos a la “realidad política”. Sin embargo, cuando realidad política y física chocan, la realidad física saldrá victoriosa. Es imposible situarse en el ojo de un huracán de extrema potencia y gritarle: “Los grupos de estudio dicen que todavía no puedo hacerte caso”.

Otros se quejan de que nosotros, los que queremos evitar la catástrofe, seamos negativos y asustemos a la gente; deberíamos destacar lo positivo”. Sí, se presentan oportunidades positivas que aprovechar: tenemos la ocasión de aunarnos por una causa común y de ser una gran generación, a la que se recuerde como héroes. Pero sería simplista y extraño adoptar este punto de partida. En 1936, cuando Winston Churchill y George Orwell advirtieron sobre el auge del Nazismo, no lo edulcoraron ni lo camuflaron con sermones reconfortantes. Trataron a las personas como adultos. Se perfilaba una amenaza terrible y había que frenarla. A día de hoy, ésta es nuestra responsabilidad, nuestra elección. Podemos pasar a la historia o podemos suicidarnos.