Desde hace ya algún tiempo asistimos a la repentina construcción de un icono obsesivo acerca del europeo del sur, tachado de perezoso e irresponsable. Estas características se les atribuyen a los individuos, pero también a los Gobiernos de Italia, Grecia o España.

Según este mito, los vicios nacionales están en el origen de la crisis que ha engullido al conjunto de la construcción europea. Los vídeos de griegos holgazaneando se difunden alegremente en YouTube, y el cliché del mediterráneo tumbado al sol se ha convertido en un automatismo cerebral cuando tratamos de buscar una explicación a los orígenes de la crisis de la zona euro.

Numerosos fantasmas

Sirva como ejemplo el más espinoso, la pereza y la opulencia de los del sur, en concreto de los griegos. Los datos de la OCDE muestran claramente que, de media, los griegos trabajan cada año más horas (2.109) que el resto de los europeos, más que, por ejemplo, los celosos alemanes (1.419).

Evidentemente, se puede objetar que las horas trabajadas no se traducen necesariamente en trabajo efectivo, que podemos permanecer 12 horas en el trabajo y pasar la mitad consultando recetas exóticas en Internet. A partir de ahí, la discusión se complica al derivarse hacia la productividad del trabajo, mucho más difícil de calcular, porque depende de factores que carecen de relación con la asiduidad (el nivel tecnológico, la calidad de los responsables, etc...).

Otro fantasma es el que se asocia a la edad de jubilación de los griegos. Las cifras de Eurostat muestran igualmente que se retiran a los 61,7 años de media, una edad más elevada que en Alemania o en Francia. Cierto es que los funcionarios griegos pueden retirarse habiendo trabajado 17,5 años, con la mitad de la remuneración, pero realmente se trata de algo anecdótico.

Los datos invalidan también el rumor de que el sector público está desproporcionado. Según informes de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), los funcionarios representan en Grecia el 22,3% del total de la población activa, mientras en Francia dicho porcentaje llega al 30%, al 27% en los Países Bajo y al 20% en Reino Unido.

En un texto reciente, el bloguero Costi Rogozanu llamaba la atención sobre la demonización del populismo económico, definido como toda forma de oposición a las políticas neoliberales, mientras la imagen del populismo nacionalista está cada vez más en alza.

Sin embargo, existe una forma de populismo económico neoliberal, más extraña de lo que pudiese parecer. En tanto en cuanto el populismo opone, fundamentalmente, las masas virtuosas frente a una minoría deficiente, el discurso neoliberal europeo es un tipo de populismo.

Asociar pobreza a ausencia de mérito

El populismo neoliberal estigmatiza e incita al odio económico contra las "élites" estatales, los "privilegiados" del sistema del asistente social, los griegos o los italianos opulentos, a quienes opone a la gran masa de contribuyentes teutones, laboriosos y austeros.

El populismo económico neoliberal identifica dentro de los ciudadanos a determinados segmentos sociales, que demoniza de forma virulenta y contra quienes, acto seguido, trata de poner la ira de las masas, para evitar que se plantee la cuestión de la legitimidad popular de sus políticas económicas draconianas.

Mientras el populismo económico habitual se nutre como materia prima de las animosidades casi naturales entre ricos y pobres, el populismo económico neoliberal es más perverso, está dispuesto a manipular las pulsiones y las inclinaciones humanas, que canaliza según las necesidades marcadas por las reglas de mercado.

Normalmente, cualquier necesitado suscita la compasión del resto de las personas. Pero el populismo económico neoliberal llega a extirpar este sentimiento, haciendo emerger una mezcla de cólera y de revuelta justiciera elitista que queda reducida a una orden: ¡a trabajar! Lo hace a través de una receta bien simple: asocia pobreza a ausencia de mérito.

De la misma manera que el populismo económico anti-neoliberal afirma que el especulador de Wall Street o el banquero no merece su desahogo, porque es un parásito social, el populismo neoliberal apoya que el pobre y el pensionista cometan un abuso cuando viven del dinero de quienes trabajan.

Las letanías populistas y las numerosas especulaciones sobre los perezosos culpables de la crisis evocan una situación que se vivió en la Inglaterra de principios del siglo XIX. En los albores de la era industrial, la emergencia del capitalismo condujo a una explosión de la miseria. La cuestión de entender "cuál es la fuente" se convirtió en la preocupación central.

Entre otras, las causas que se identificaron fueron la aparición de un nuevo tipo de gran carnero; un número excesivo de perros o el consumo excesivo de té, cuya interrupción erradicaría la pobreza.

La verdadera causa del problema, el paro invisible y los cambios debidos al capitalismo industrial, pasó desapercibida ante los observadores de la época. Puede que dentro de un siglo, las especulaciones contemporáneas sobre la pereza de los europeos del sur suenen igual de vanas, como una ola de confusión que esconde la agitación que amenaza el océano de la Historia.