En una carta abierta que llevaba por título “El almacenamiento de CO2 es indispensable para combatir el cambio climático”, publicada en el diario NRC Handelsblad y dirigida a la Cámara de Diputados de los Países Bajos, treinta y dos personalidades entre las que se encuentran el presidente del consejo de administración de Shell, los directores de los proveedores de electricidad Nuon y Gasunie, de DSM (minas y química) y de Siemens, el ex primer ministro Ruud Lubbers, pero también una serie de investigadores y de profesores del TNO (un centro de investigación independiente) y de las universidades de Delft, Groningue, Utrecht y Wageningen, ratifican su apoyo a esta técnica. Con tanto poder y conocimientos reunidos, da la impresión de que debe de tratarse de un avance que no debemos dejar escapar.

Sin embargo esto es lo que ha estado a punto de ocurrir en los Países Bajos debido a la resistencia férrea de los habitantes y de las autoridades locales de la ciudad de Barendrecht al proyecto de almacenamiento de dióxido de carbono bajo sus hogares (una experiencia liderada por Shell, a quien la provincia de Frise le había dado su conformidad). Los intereses que están detrás del almacenamiento de CO2 han cobrado importancia y existen subvenciones en juego, tanto por parte del gobierno holandés como de la Unión Europea: Shell ha abandonado las energías eólica y solar y ahora apuesta por el almacenamiento de CO2 y por los carburantes alternativos cercanos al petróleo; los productores de electricidad podrían decantarse por nuevas centrales de carbón, comprometiéndose a capturar el CO2 emitido; las universidades y los institutos encuentran en ello una mina de temas de investigación; la gasística Gasunie ve un posible medio de reconversión de las capas de gas agotadas y de los gasoductos inutilizados. Por último, los poderes públicos pueden invocar la sostenibilidad sin enemistarse con las grandes industrias y convertirse en pioneros de una nueva técnica de lucha contra el calentamiento climático.

Para Greenpeace, el almacenamiento de CO2 es peligroso

¿Cómo se puede estar entonces en contra del almacenamiento de CO2? Los diputados han dado luz verde, aunque sin entusiasmo, al proyecto de Barendrecht. Después de todo, no podemos dejar ningún medio sin explotar en la lucha contra el calentamiento del planeta. Hasta hace varios años, la actitud reservada de la Cámara también la compartían los expertos. Según ellos, el almacenamiento de CO2 bajo tierra es caro, más que comprar el derecho a una tonelada de CO2 en el mercado de los derechos de emisión. Las técnicas para capturar el gas en las diferentes fases del proceso de producción están dando todavía sus primeros pasos. Tendrán que pasar al menos diez o incluso veinte años antes de que el CO2 pueda ser almacenado a gran escala y de una manera rentable en el plano comercial. Demasiado tarde para obtener resultados climáticos rápidos. Y la principal objeción es, quizá, que enterrar el CO2 no es más que una solución provisional y que supone un gasto de energía adicional. Por lo tanto es lógico que los buscadores de petróleo y los quemadores de carbón estén interesados, pero no se trata de un invento milagroso. Greenpeace, al contrario que la fundación Natuur & Milieu, más pragmática, sigue oponiéndose ferozmente al almacenamiento de CO2.

Pero muchos expertos han cambiado de opinión, observa Krijn de Jong, profesor de química inorgánica en la Universidad de Utrecht, que ve con gran asombro cómo un gran número de colegas antes críticos con esta técnica ahora la apoyan. “Todos proclaman ahora que se puede llevar a cabo este almacenamiento sin correr riesgos”, declara De Jong. Él mismo lo duda. Y la duda también circula por Shell, donde trabajó hace tiempo: “Prácticamente ninguna de las personas con las que he hablado cree que sea una buena idea", afirma: "aseguran que si la inyección de CO2 sale mal, todo el mundo señalará con el dedo a Shell". De Jong cree que más adelante nos arrepentiremos de esta elección: "Se llevarán a cabo numerosas investigaciones parlamentarias sobre este tema".