Nos hemos acostumbrado a decir con demasiada facilidad que, después de todo, la quiebra griega no es el desastre que se temía desde hace tantos años. Que basta con alejarse de este mal incurable y por lo tanto, con amputar a Atenas de la eurozona como si se tratara de una apendicitis.

Lo importante es evitar el contagio y no es casualidad que se hable de un cortafuegos al tratar el nuevo fondo de rescate europeo, como el cortafuegos que sirve para proteger los sistemas informáticos contra las intrusiones: los que permanezcan en el interior se salvarán de los que, azotados por la desgracia, se están yendo al traste.

Como la Línea Maginot construida por los franceses para protegerse de los ataques alemanes en los años veinte y treinta, el cortafuegos recuerda al universo cerrado de la clínica y de la guerra: el espejismo de un muro infranqueable tranquiliza, aunque conozcamos el destino de la línea de defensa francesa, que se vino abajo repentinamente. El historiador Marc Bloch habló de una "extraña derrota", porque la catástrofe se produjo en los ánimos antes de que cayera la línea Maginot, "en las retaguardias de la sociedad civil y de la política" antes que en el frente.

Nadie cree en este cortafuegos ilusorio

En realidad nadie cree en este cortafuegos ilusorio que nutre la imaginación y debilita la razón. De lo contrario, la Unión Europea no habría decidido el 21 de febrero conceder el enésimo préstamo colosal a Grecia. De contrario, nadie pensaría en dotar a la Unión de una nueva arquitectura: más federal, bajo la batuta de un Gobierno europeo al que los Estados miembros cederían más soberanía.

Las cosas avanzan lentamente y nadie trata la raíz del problema (es decir, los recursos de los que dispondrá la Unión para sacar adelante un programa de inversión eficaz).

Hace días que tenemos la impresión de que los "grandes" Gobiernos esperan a que Grecia quiebre para construir la Unión que dicen desear. Esa es la tesis planteada por el economista Kenneth Rogoff, entrevistado en el Spiegel: una vez que se haya expulsado a Atenas de la Unión, los Estados Unidos de Europa podrán llevar a cabo más rápidamente lo que habían previsto, gracias a la crisis. Pero ¿realmente podría renacer una nueva Unión sobre las cenizas de Grecia? ¿Y de qué Unión se tratará sin la presión de la crisis griega?

Hay euro y recesión global

De momento, en Atenas prosiguen los disturbios y al multiplicarse los planes a corto plazo, se debilita la eurozona y la idea misma de una Europa solidaria en la adversidad. A esta última le costará formar una federación si el primer acto consiste en tirar por la borda a los países que no logren salir de las dificultades. Si la operación "cortafuegos" no es indolora para Grecia, tampoco lo es para Europa.

Es lo que han escrito Mario Blejer y Guillermo Ortiz, exgobernadores del Banco Central de Argentina y México, en las columnas de The Economist. Ambos recuerdan a los europeos el coste de la quiebra de Buenos Aires en 2002 y las diferencias entre el hundimiento argentino y el que se teme en Grecia. Es cierto que Argentina vivió seis años de crecimiento tras la devaluación del peso y después de dejarse de indexar con respecto al dólar, pero el mundo no atravesaba la recesión que sufre actualmente.

La recuperación de la situación financiera se prolongó una década y el peso aún existe. Pero el dracma ya no existe y su reintroducción constituiría un golpe terrible para el país (puesto que las deudas griegas están expresadas en euros, ¿cómo pagarlas con un dracma devaluado?). Por último, añaden los exgobernadores, se nos ha olvidado la visión a corto plazo del Fondo Monetario Internacional y la duración del crack argentino.

Un rencor lleno de agresividad

¿Cómo es posible que Europa vaya tan mal? ¿Es la economía la que vacila, su clase política está enferma, o bien es un problema cultural? En realidad, los tres aspectos se tambalean y Europa saldrá de esta prueba reforzada o bien se degenerará, según los remedios aplicados al mismo tiempo para los tres males, la economía, la cultura y la política.

En el ámbito cultural, estamos dando un paso atrás de 90 años en las relaciones entre europeos. Al escuchar a los ciudadanos, se tiene la impresión de haber vuelto a los esquemas nacionales de los años veinte y treinta. Vuelve a arraigar un rencor lleno de agresividad. Desde hace meses, las portadas de los diarios griegos describen a los dirigentes alemanes como nazis.

Al mismo tiempo, Atenas desentierra la cuestión de las reparaciones de guerra que Berlín aún debe pagar a la Europa que ocupó Hitler. Es como si nos olvidáramos del episodio de 1945, cuando le devolvimos la confianza a la nación alemana y nos propusimos unificar Europa. Esta confianza tenía un significado preciso, incluido el financiero.

Las reparaciones de guerra, que habían constituido la maldición de Alemania tras la Primera Guerra Mundial y la habían sumido en la dictadura, ya no debían existir (IsraeI constituye un caso aparte).

Lo que concedimos a Alemania en 1945, por motivos estratégicos y porque la cultura política había cambiado, ahora no somos capaces de concedérselo a Grecia. Los errores de Atenas no son crímenes y sin embargo, Grecia debe expiar sus pecados además de pagar. Incluso se ven con malos ojos sus elecciones.

Ciudadanos iluminados y no chivos expiatorios

Las reparaciones que se le exigen son severas y generan ira y resentimiento. Es evidente que no vemos ninguna razón estratégica para justificar el mantenimiento de Grecia en Europa: para ello se necesitaría una visión del mundo y la cultura actual ya no es la de los años 1945 a 1950.

Esta regresión tiene unos efectos devastadores en la política. ¿Cómo puede surgir una Europa Federal si se impone una cultura desconectada de las lecciones que aprendieron los europeos de las dos guerras mundiales? La elección de un presidente como Joachim Gauck en Alemania es una buena noticia, ya que la población alemana ha contribuido a este ambiente de sospecha, aunque no siempre sea injustificada. Europa necesita ciudadanos iluminados y no chivos expiatorios.

Necesita un crecimiento diferente, común, y no años de recesiones, de hostilidad interna, de vacilaciones de la democracia. De lo contrario, está condenada a sufrir una "extraña derrota", surgida en la retaguardia de la sociedad civil antes de declararse en la línea de defensa dispuesta a lo largo de los muros para evitar el contagio.