Han pasado veinte años desde el inicio de la guerra en Bosnia-Herzegovina y dieciséis de la firma de los Acuerdos de Dayton que marcaron el fin del conflicto. La única diferencia entre los tres años y medio de guerra y los dieciséis años de paz es que las personas ya no se matan entre sí, sino que mueren por causas naturales. El resto no ha cambiado ni un ápice. La relación de fuerzas sigue siendo la misma: los serbios siguen siendo los “agresores” y los bosnios, las “víctimas”.

La posición de víctima en tiempos de paz conviene a las élites políticas, culturales y religiosas bosnias: en su opinión, el sentido mismo de la nación bosnia se sublima en la victimización. Porque, en el momento en el que los bosnios dejen de ser víctimas, ya no hay necesidad de defenderles, de vengarles y de enterrarlos vivos en este mito.

La más horrible y peligrosa de las libertades

Esto anularía la razón de ser de las élites patriotas que sobreviven mientras exista un enemigo que amenace a los que han escapado al horror de la guerra. Y si faltan enemigos, están dispuestas a movilizar al ejército bosnio, ante un agresor que debe ser cada vez más numeroso y una víctima que nunca debe disponer totalmente de su libertad.

El sistema se ha ideado para que funcione de forma perenne y sistemática: los que no consideren a los bosnios exclusivamente como víctimas del genocidio son calificados de defensores de los crímenes serbios o incluso de abogados de Milorad Dodik [presidente de la República Srpska, la entidad serbia en Bosnia] o de aprendices del general Ratko Mladic [comandante de las fuerzas serbias de Bosnia durante la guerra, actualmente juzgado por el Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia por genocidio y crímenes contra la humanidad].

Es el Catch 22 bosnio [la novela que Joseph Heller publicó en 1961 en Estados Unidos, el libro de culto de los pacifistas que se oponían a la guerra de Vietnam]: el auténtico patriota lucha por la libertad como posibilidad teórica y no por la libertad como posibilidad real, que incluye la libertad de no ser víctima, la más horrible y más peligrosa de las libertades.

Los homenajes de Estado a esta víctima eterna son siempre espectaculares y se organizan en los grandes palacios de deportes, como el de Zetra [construido con ocasión de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984]. Este lugar es donde se celebró recientemente el estreno de la película de Angelina Jolie, En tierra de sangre y miel.

Unos meses antes, esta misma película fue criticada por los excombatientes, los muftís de los pueblos y el ministro de Cultura de Sarajevo, ofendidos por su guión (que ni siquiera habían leído), en el que una bosnia violada por soldados serbios se enamora de un serbio, con lo que Angelina Jolie se ganó el calificativo de “puta serbia”.

El certificado internacional de víctima

Después, cuando descubrieron en el estreno que en la película son los serbios los que violan a la bosnia, entregaron a su directora el Lirio de oro, la distinción nacional más importante. Por ello, el ritual que tuvo lugar en el Zetra no se vivió como el estreno de una película, sino como una ceremonia de entrega del certificado internacional de víctima. “La película de Angelina Jolie es lo mejor que le ha sucedido a Bosnia-Herzegovina desde los Acuerdos de Dayton [que permitieron el nacimiento de una Bosnia-Herzegovina independiente en 1995]”, llegó a declarar tras el estreno el gran muftí Mustafa Ceric, ascendido para la ocasión al grado del “crítico de cine más reputado”.

Por lo tanto, Angelina Jolie encarna para Bosnia-Herzegovina lo que Sasha Baron Cohen, alias Borat Sagdiyev, encarnaba para Kazajistán: una referencia internacional seria, aunque se encuentren en polos opuestos.

De un modo u otro, se deduce que Bosnia y Kazajistán son lugares perdidos que necesitan el reconocimiento de Hollywood para justificar su razón de ser. Algo que sin duda va a detrimento de Bosnia-Herzegovina, puesto que las élites de Astaná no habían calificado a Borat como lo peor que podía sucederle a Kazajistán desde la proclamación de su independencia.