De momento, el polémico petróleo extraído de las arenas bituminosas canadienses no se etiquetará. A finales de febrero, el proyecto de la Comisión Europea para desalentar el consumo de los carburantes más contaminantes mediante una marca de homologación acabó en fracaso. En parte gracias a Países Bajos. Y no es algo de lo que debamos estar orgullosos.

La propuesta de la Comisión no debería ni siquiera haber sido objeto de debate: pretendía imponer un etiquetado que indicara las emisiones de CO2 generadas por la gasolina y los demás carburantes. En este sentido, el petróleo extraído de las arenas bituminosas, cuya extracción requiere grandes esfuerzos, es especialmente contaminante: este proceso, con un consumo energético extremadamente alto, produce un 22% más de emisiones de CO2 que la extracción convencional. Sin mencionar los perjuicios ocasionados al paisaje canadiense.

El gigante petrolero anglo-neerlandés Shell, entre otros, participa activamente en este tipo de extracción. Resulta que Países Bajos y Gran Bretaña forman parte de los férreos opositores al proyecto de la Comisión. Cuesta creer que sea una coincidencia.

La industria petrolera evoca una “discriminación”

Al parecer, Shell llamó a muchas puertas en La Haya para ejercer presión contra el proyecto, y empresas como BP y Total sin duda hicieron lo mismo en Londres y en París, respectivamente. La industria petrolera alega al respecto la “discriminación” contra el petróleo extraído de las arenas bituminosas o se queja de “la tendencia de Bruselas a regular absolutamente todo”, algo que siempre funciona.

Además, Canadá se retiró el año pasado del Protocolo de Kioto, las convenciones internacionales para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. Oficialmente, porque Estados Unidos y China tampoco participan. Pero el verdadero motivo era que Canadá desea exportar libremente petróleo extraído de las arenas bituminosas y de otras materias primas.

La pelota se encuentra en el campo de los ministros de Medio Ambiente

Es lamentable que Canadá pretenda defender sus intereses económicos de este modo, pero así es la realidad. Y el hecho de que los gigantes petroleros como Shell sean expertos en el arte del lobby no sorprende a nadie. Pero no deberían tener la última palabra.

Ahora la pelota se encuentra en el campo de los ministros de Medio Ambiente. De ellos depende que se anteponga el interés general al de la industria petrolera. Porque aún no es demasiado tarde para salvar el proyecto europeo de etiquetar como nocivo el petróleo extraído de las arenas bituminosas.