“... el crimen esencial que contenía en sí todos los demás. El crimental (el crimen de la mente), lo llamaban”. George Orwell, 1984.

En el referéndum que se va a celebrar, la pregunta es... Un momento ¿cuál es la pregunta?

No es, tal y como expuso equivocadamente el ministro irlandés de Finanzas Michael Noonan el año pasado, un referéndum sobre si Irlanda debe o no dejar la eurozona. (No nos pueden echar). Tampoco se trata, como afirmó el Taoiseach [primer ministro] la semana pasada, de la “recuperación económica” ni de “trabajos” ni de si “queremos participar o no en la comunidad europea, en el euro y en la eurozona de ahora en adelante”. Y por supuesto que no se trata de cómo definir un déficit estructural del 0,5% y, si fuera así, sería la cuestión más extraña que se haya sometido jamás a consulta popular.

De lo que realmente se trata es de la creación de un crimental. Se va a declarar ilegal una cierta forma de pensamiento. No es nazismo ni racismo, ni ninguna otra ideología odiosa.

Políticas contracíclicas prohibidas

Se trata de una forma pensamiento que durante tres décadas tras la Segunda Guerra Mundial, ha sido el “criterio” económico dominante en gran parte del mundo desarrollado: la filosofía de John Maynard Keynes. Es la estructura intelectual de la mayoría de los europeos de centro-izquierda y de los demócratas del New Deal en Estados Unidos. Y se va a prohibir mediante un tratado internacional, como el tráfico de personas o la guerra química.

Prohibir el keynesianismo tras el gran crack de 2007 es como reaccionar a un tiroteo masivo prohibiendo los chalecos antibala. Irlanda es un buen ejemplo de ello. La idea de Keynes era que los Gobiernos debían aplicar políticas contracíclicas, gestionar los déficits para impulsar las economías desfallecidas y recortar los gastos para enfriar las economías sobrecalentadas.

Pero la propuesta básica del tratado fiscal es la cruda noción de que un Gobierno debe ser como un hogar y derrochar el dinero en los años buenos y apretarse el cinturón en los años de vacas flacas. Lo que piensan sobre la economía keynesiana es: "ni pensarlo". Las políticas fiscales contracíclicas quedan estrictamente prohibidas.

De ortodoxia popular a ley

Aunque se crea que el enfoque keinesiano es desacertado, ¿realmente es una buena idea elevar una ortodoxia popular al estatus de ley inquebrantable? Es la estupidez de una ideología que no está dispuesta a aceptar ninguna posibilidad que pueda ser equivocada. Se trata de oportunismo ideológico extremo: utilizar la crisis para transformar una vista parcial de la economía en un hecho indiscutible.

Pero el tratado fiscal no tiene en cuenta los “hechos”. Es una opinión de derecha a la que se otorga la fuerza de una ley. El “déficit estructural” es una interpretación muy refutada de datos complejos e intentar hacer de él un concepto jurídico es una barbaridad.

Y lo que es más importante, las ideas de qué es o qué no es un nivel sostenible de deuda pública están abiertas al debate. La respuesta siempre depende de circunstancias como el crecimiento económico, la demografía y la estabilidad política.

Las circunstancias son irrelevantes

Japón registra una deuda pública del 230% del PIB, casi cuatro veces el límite de la eurozona. Pero a los mercados, cuya opinión se supone que tenemos que considerar como la verdad máxima, no parece importarles: el interés de los bonos japoneses a 10 años se encuentra por debajo del 1 por ciento. Son las circunstancias, y no el nivel absoluto de la deuda, lo que determina si el país sufre o no una crisis.

Sin embargo, el tratado fiscal asume que las circunstancias son irrelevantes. Toma las normas en su mayoría arbitrarias de la deuda, las convierte en fetiches y nos obliga a todos a venerarlas. Finge que las circunstancias y los contextos no existen y que un nivel de deuda es el adecuado para todos los lugares y todos los tiempos.

Ni siquiera se molesta en exponer por qué tienen sentido los límites concretos que consagra. El consenso general entre los economistas es que una deuda pública superior al 80 por ciento de PIB perjudica al crecimiento económico. Pero el límite de la eurozona es del 60 por ciento, una cifra que se eligió simplemente porque sonaba bien.

En otras palabras, nos están pidiendo que votemos a favor de una apropiación de poder ideológico mal ideado cuyo objetivo es prohibir una parte del argumento sobre la política fiscal. Es tan paradójico como “la guerra para acabar con las guerras”, un debate democrático para declarar ilegal el debate democrático sobre una de las cuestiones que definen la política, un voto para limitar el significado del voto.