Si se confirman los datos aportados el miércoles 21 de marzo por el ministro del Interior Claude Guéant, el sospechoso de haber asesinado a siete personas en Toulouse y en Montauban en un plazo de diez días sería miembro de una organización cercana a Al-Qaeda.

“Asegura ser muyahidin, pertenecer a Al-Qaeda y haber querido vengar a los niños palestinos y atacar al ejército francés”, por “sus intervenciones en el exterior”, declaró Guéant, mientras las fuerzas de élite de la policía intentaban que se rindiera este hombre de 24 años, atrincherado en un piso de Toulouse.

El miércoles por la mañana sólo sabíamos de este hombre lo que decían los investigadores: es francés, de familia de origen magrebí, ha viajado a Pakistán y a Afganistán y “tiene conexiones con grupos salafistas y yihadistas”, según Guéant.

Los servicios de inteligencia conocen bien este perfil. Desde los atentados de la década de los noventa en Francia y, posteriormente, tras el ataque del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, han aprendido a detectar los signos de carácter yihadista entre los jóvenes de los barrios en los que se concentran las comunidades de inmigrantes en Francia y en las mezquitas consideradas militantes. Y también a vigilarles. Los que han pasado por las zonas de combate de la frontera afgano-pakistaní son evidentemente objeto de una vigilancia prioritaria.

Ningún atentado terrorista en suelo francés desde 1997

Los servicios antiterroristas franceses, respaldados por una legislación especialmente dura, según la cual se puede mantener en vigilancia prolongada a los sospechosos, son conocidos por su eficacia. De hecho, Francia no ha sufrido ningún atentado terrorista en su territorio desde 1997, mientras que Estados Unidos en 2001, España en 2004 y luego Gran Bretaña en 2005 fueron víctimas de grandes atentados.

Sin embargo, los franceses han sido más vulnerables en el exterior, sobre todo tras la aparición de AQMI, Al-Qaeda del Magreb Islámico, que opera en los países del Sahel. La implicación militar de Francia en varios enclaves exteriores, especialmente en Afganistán, y su diversidad étnica y religiosa, ya que Francia es el país de la Unión Europea que alberga al mismo tiempo la mayor comunidad musulmana y la mayor comunidad judía, hacen de este país un objetivo para la red de Al-Qaeda.

A pesar de la muerte de su jefe, Osama Bin Laden, en mayo de 2011, y de varios de sus dirigentes perseguidos por Estados Unidos, la organización terrorista sigue siendo una amenaza en forma de una red cada vez más imprecisa de grupúsculos dispersos por el mundo.

¿Qué quieren estos yihadistas? Evitar precisamente que Francia sea Francia y que Europa sea Europa, con su diversidad y su tradición de tolerancia. No se puede negar que desde 2001 están sometidas a una dura prueba. Si se confirmara la hipótesis de Toulouse, el peor error sería que cediéramos a esta presión, presas del dolor y de la amenaza.