En Europa existe un pequeño Estado invisible, al norte de Nápoles, que no tiene ni Gobierno, ni fronteras, ni bancos y que sin embargo imprime euros. Falsos, evidentemente, pero reproducidos con tanta fidelidad que asustan al Banco Central Europeo (BCE) y a todas las fuerzas policiales internacionales. En un radio de veinte kilómetros alrededor de la pequeña localidad de Giugliano prospera la mayor concentración de falsificadores e imprentas clandestinas de todo el continente. De hecho, más de la mitad de billetes falsos en circulación en los diecisiete países de la eurozona se fabrica aquí, en estas tierras repletas de construcciones ilegales y asfixiadas por los clanes mafiosos.

Desde 2002, desde que se introdujo el euro, se han retirado de la circulación 5,5 millones de billetes falsos en el territorio europeo, con un valor nominal de cerca de 400 millones de euros. Puede que esta cifra suene anecdótica en comparación con los 14.000 millones de billetes de banco auténticos actualmente en circulación. “Pero las cantidades incautadas son tan sólo la punta del iceberg", explica una fuente de la Europol, "y la parte que escapa a los controles es mucho mayor”. De tres a cuatro veces más, según algunas estimaciones. “Los mayores encargos se destinan a África del Norte, a Colombia y a Oriente Próximo”. Pero si la moneda única está realmente amenazada, más que por su cantidad es por la calidad de los billetes falsos producidos por los falsificadores de Gugliano.

Falsificadores que valen su peso en oro

Los tipógrafos que saben imitar los elementos de seguridad de los diferentes billetes se cuentan con los dedos de las dos manos. Para el crimen organizado, estos falsificadores valen su peso en oro. Cuando logran atrapar a uno en sus redes, no lo sueltan. Controlan todos sus actos y gestos, incluso desde prisión. La Camorra tolera este tipo de actividad y la emplea únicamente para realizar intercambios en grandes cantidades con los traficantes colombianos de cocaína.

Para montar un equipo de falsificadores, son necesarias tres personas y una lógica de empresa que garantice la estricta división de las tareas. En primer lugar, se encuentra el propietario de la imprenta, que es también el comprador. Esta persona, por lo general un personaje menor de la Camorra, es quien se ocupa de encontrar una máquina offset de ocasión, (las últimas, en cuatricomía, cuestan hasta 500.000 euros), la filigrana, las tintas y todos los elementos necesarios. Luego está el tipógrafo, encargado de la fabricación. A continuación, el distribuidor, un hombre de confianza del comprador, encargado de organizar un almacén, necesariamente lejos de la imprenta y de garantizar los contactos con los clientes.

La cadena de distribución sigue los mismos patrones que las del tráfico de droga. El primer paso, del distribuidor al “mayorista”, se negocia al 10% del valor nominal. A través del mayorista se abastecen intermediarios, pequeños delincuentes locales o distribuidores extranjeros (a menudo estonios o lituanos) que llevan las maletas cargadas de billetes falsos a España, Bélgica o Lituania o incluso inmigrantes clandestinos que esperan sacar algo de beneficio revendiendo algunos billetes en la estación de Roma o Nápoles.

En Bulgaria es una tradición

Si bien la mitad de la producción europea la garantizan los maleantes originarios de Guigliano, éstos tienen que hacer frente a la competencia búlgara. En los campos del sur del país y en los alrededores de Sofía, la capital, donde la imitación de los dólares es una vieja tradición, saben cómo fabricar un billete amarillo de 200 euros de excelente calidad. En la zona industrial de Varna, en el mar Negro, la Europol y los servicios secretos estadounidenses descubrieron en enero de 2004 una de las primeras imprentas del mundo capaces de reproducir el billete puesto en circulación apenas dos años antes. Ocho años más tarde, los centros de producción se han desplazado alrededor de las ciudades de Plovdiv y Haskovo, al sur del país.

Francia y España se sitúan por detrás de Italia en la producción de billetes falsos, pero en estos dos países, los falsificadores utilizan imprentas láser de última generación, una tecnología que ha abierto el mercado de los billetes falsos a los expertos en informática y a los grafistas que dominan los programas de software más sofisticados.

También hay que contar con los países “emergentes”: Polonia, donde hace unas semanas se confiscó en un piso de Varsovia un millón de euros destinado a estafar a los espectadores de los próximos campeonatos de Europa, seguida de Bosnia. Turquía, Rumanía y Albania no producen billetes falsos, pero sus distribuidores van y vienen de Nápoles a Sofía para abastecerse. Los vendedores más eficaces proceden del entorno lituano, que han tenido la idea de difundir los billetes falsos a través del país utilizando sus redes probadas de traficantes de droga.

"Los billetes falsos inundan el mercado"

Según Tzvetan Tzvetanov, ministro búlgaro de Interior, “la falsificación empieza a ser preocupante para la seguridad financiera del euro, porque los billetes falsos inundan el mercado. Además, las condenas por este delito no son suficientemente severas para los falsificadores”. Sin embargo, en Fráncfort, los dirigentes del BCE se muestran tranquilos. El volumen de billetes falsos incautado en 2011 se redujo un 19,3% con respecto al de 2010 y los 606.000 billetes retirados de la circulación (de los cuales, 215.000 en Italia) representan un valor nominal de una decena de millones de euros en contraposición a un total de 14.400 millones de billetes auténticos. Por lo que se trata de un índice de billetes falsos bastante bajo, del orden del 0,0004%.

Las rutas que llevan los billetes falsos de Europa hacia el resto del mundo pasan por España y se dirigen a países con una moneda débil y un conocimiento escaso de los euros: sobre todo Oriente Próximo, África del Norte y Europa del Este. En África, algunos bancos no distinguen los verdaderos de los falsos y los cambian por la moneda local. ¿Y los chinos? De momento, estos genios de la falsificación se han mantenido al margen, pero hace poco, tal y como comenta una fuente de la Europol, se descubrió que los hologramas que utilizan los búlgaros para los billetes de 200 euros los habían fabricado falsificadores chinos. Si ellos también empiezan a imprimir, el problema será aún mayor.