En el siglo XVIII, Haití era la joya imperial de Francia, la Perla del Caribe, el mayor exportador de azúcar del mundo. Incluso para los estándares coloniales, el tratamiento que recibían los esclavos que trabajaban en las plantaciones de Haití era realmente despiadado. Morían tan pronto, que a veces Francia importaba 50.000 esclavos al año para mantener las cifras y los beneficios. En 1791, los esclavos, inspirados por los principios de la Revolución Francesa, se rebelaron bajo el liderazgo del esclavo autodidacta Toussaint Louverture. Tras una violenta guerra, el ejército de Napoleón fue derrotado. Haití declaró su independencia en 1804.

Pero Francia no perdonó esta impertinencia y la pérdida de sus ingresos: 800 plantaciones de azúcar arrasadas, 3.000 fincas de café perdidas. Se impuso entonces un brutal embargo económico. En 1825, a cambio del reconocimiento de la independencia haitiana, Francia solicitó una indemnización de escalas desproporcionadas: 150 millones de francos de oro, una cifra cinco veces superior a los ingresos anuales por exportación del país. La Ordenanza Real fue respaldada con 12 buques de guerra franceses armados con 150 cañones. Las condiciones no se podían negociar. La nación en ciernes accedió, pues no tenía muchas opciones. Haití tuvo que pagar por su libertad y lo hizo con creces, durante los siguientes 122 años. Incluso después de que la indemnización total se redujera a 90 millones de francos, Haití siguió siendo una nación mutilada por la deuda. El país pidió préstamos a bancos de Estados Unidos, Alemania y Francia con intereses abusivos. Para hacernos una idea de la magnitud del coste, pensemos que en 1803 Francia acordó con Estados Unidos la venta del Territorio de Luisiana, un área con un tamaño 74 veces superior al de Haití, por 60 millones de francos.

Abrumado por sus cargas financieras, Haití nació casi en la bancarrota. En 1900, alrededor del 80 por ciento del presupuesto nacional seguía supeditado al pago de deudas. Con el fin de mantener a los trabajadores en la tierra y obtener la máxima producción de las cosechas para pagar la indemnización, Haití comenzó a aplicar el Código Rural, con lo que se estableció una división entre la ciudad y el entorno rural, entre la élite de piel clara y la mayoría de piel oscura, un hecho que aún persiste. La deuda finalmente logró saldarse en 1947. Para entonces, la economía de Haití estaba irremediablemente distorsionada, su territorio deforestado, el país estaba inmerso en la pobreza, con una política y una economía inestables, presa igualmente del capricho de la naturaleza y de la depredación de los autócratas. Hace siete años, el gobierno haitiano solicitó a París una indemnización que ascendía a casi 22.000 millones de dólares (intereses incluidos) por la nefasta diplomacia que contribuyó a convertir Haití en el país más pobre del hemisferio occidental.

Un país asfixiado por la deuda

Tras el terremoto de la pasada semana, cuyos efectos se han magnificado brutalmente por la fragilidad económica de Haití, se han hecho nuevos llamamientos a Francia para que cumpla con su deuda moral. Pero no hay ninguna posibilidad de que lo haga. Desde el punto de vista francés, el caso se zanjó en 1885. En 2004 Jacques Chirac estableció una Comisión de Reflexión bajo la dirección del filósofo de izquierdas Régis Debray para que examinara las relaciones históricas de Francia con Haití. La insípida conclusión fue que la solicitud de indemnización “no era pertinente ni desde una perspectiva legal ni histórica”. Ahora que Haití se enfrenta a una crisis social, a la parálisis de su gobierno y a la muerte a gran escala, el ministro de finanzas francés ha hecho un llamamiento para acelerar la cancelación de la deuda de Haití. La gran ironía es que si Francia no hubiera asfixiado al país con la deuda casi desde sus inicios como nación, Haití habría estado mucho mejor preparado para hacer frente a la ira de la naturaleza. Bernard Kouchner, ministro de Exteriores francés, está exigiendo la celebración de una conferencia de “reconstrucción y desarrollo”. “Es una oportunidad para que Haití escape de la maldición en la que parece haber estado atrapada desde hace tanto tiempo”, afirmaba el presidente Sarkozy.

Haití no necesita más palabras, conferencias ni comisiones de reflexión. Necesita dinero, urgentemente. Hasta ahora, las donaciones oficiales de Francia son menos de la mitad de las británicas. El legado del colonialismo mundial es amargo, pero en pocos países existe un vínculo tan directo entre los pecados del pasado y los horrores del presente. Simplemente el reconocimiento de Francia de que la catástrofe es en parte consecuencia de la historia y no sólo un capricho del destino ciego, serviría en cierto modo para subsanar las heridas de Haití. Francia no paga por su historia. Pero imagínese qué ocurriría si, la próxima vez que reciba una cuenta escandalosa en un restaurante francés, declara que el pago no es pertinente, crea una comisión de reflexión y se va sin pagar.