Por un lado, una ventana da hacia las ruinas de la Acrópolis y los andamios del equipo arqueológico encargado de velar por ese crisol de la civilización europea. Por otro, una de las dos pantallas por las que Yannis Siatras otea la cotización de la bolsa en una pantalla luminosa. Entre dos valores, observa la portada que se ha convertido en el símbolo de los diktats y del desprecio comunitario: la de la revista alemana Focus de finales de febrero de 2010. En ella se muestra a la Venus de Milo haciendo la señal del pajarito, sobre un titular que reza “Estafadores en la familia de la UE”.

“Trate de explicar después de eso que la Unión está de nuestra parte”, se queja Yannis, un ex editor financiero tentado de presentarse a las próximas elecciones legislativas, que se prevé que se celebren a principios de mayo. “Cuidado con los clichés, emponzoñan el ambiente”, nos había prevenido en Bruselas Kostas Pappas, portavoz de la representación permanente de Grecia.

El silencio como estrategia de defensa

Su advertencia se confirma en las inmediaciones de la delegación de la Comisión Europea en Atenas, justo detrás de la sede del Parlamento. Al otro lado de la calle, evzones, esos militares ataviados con el uniforme tradicional de guerrilleros con mallas blancas y zapatos adornados con un pompón rojo, llevan a cabo el cambio de guardia ante la mirada de un puñado de turistas.

Uno de ellos, griego-estadounidense, se burla de la bandera azul con estrellas de la UE. “No hay lugar para ellos en el país de Sócrates”, se mofa. “Sirven a los bancos, carecen de moral".

Este tipo de acusaciones ya no le impresionan a Panos Carvounis. Con porte distinguido y cansado de las críticas, este cincuentón es el embajador europeo ante Grecia. “Vivo en mi casa y voy al cine con total normalidad, mientras muchos políticos griegos, desacreditados, no se atreven a salir de la suya. A menudo me interpelan, pero nunca me han vilipendiado”, relata.

El resto del contingente de eurócratas instalados en Atenas desde el principio de la crisis, desde la primavera de 2010, se comporta de forma opuesta. Hacen del silencio el estandarte de su estrategia de defensa.

Hay una quincena de expertos destacados en la capital griega en el seno de la delegación que la Comisión constituyó para ayudar a que el país absorbiese los fondos comunitarios. Otra treintena trabaja en la delegación de la UE, y sirve a la vez de secretaría a la troika, el organismo tripartito (Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional y Banco Central Europeo) encargado de poner en marcha el ultimátum que los líderes griegos aprobaron in extremis a mediados de marzo de 2012.

Corresponde a estos últimos supervisar el segundo plan de ayuda europeo de 130.000 millones de euros para permitir que Atenas se financie hasta finales de 2014. Es decir, con los 110.000 millones prestados por los Veintisiete en mayo de 2010, y los 107.000 millones de deudas que los acreedores privados aceptaron borrar dentro de un marco de canje de bonos que se concluyó el 18 de abril.

Funcionarios bajo protección policial

Esa delegación, cuyo número se verá duplicado bien pronto, tiene como objetivo asistir y desembolsar. Por lo tanto, son más bien populares. Los de la troika vigilan, verifican y auditan. Son las víctimas perfectas para todos los que son enemigos de Europa: numerosos funcionarios despedidos, empresarios asfixiados por bancos a la deriva, políticos populistas hábiles a la hora de explotar el resentimiento anti-alemán, nacionalistas de extrema derecha, anticapitalistas de la izquierda radical…

Sus estilos de vida se encuentran en extremos opuestos. Los primeros hablan con la sociedad civil, se reúnen con grupos sociales y se distribuyen en apartamentos privados o en habitaciones de hotel ubicadas en el centro de la ciudad y que alquilan por meses. Los segundos hacen viajes de ida y vuelta, negocian con los ministerios y ocupan, bajo protección policial, suites en el Hilton de Atenas.

Los medios de comunicación griegos resumen ese dispositivo en tres nombres: los de Matthias Mors,HorstReichenbach yGeorgetteLalis, el representante de la Comisión en el seno de la troika, el jefe de la delegación y la responsable de ese grupo en Atenas, respectivamente.

El problema lo plantea que los dos primeros son de nacionalidad alemana y esto proporciona material para caricaturas del tipo “Bismarck en casa de Sócrates”. Una prueba de este malestar es la irritación que despierta que el fiscal enviado por la Comisión sea… un alemán helenófilo. "No lo digas muy alto", le sugieren sus colegas, al tiempo que se alegran por haber recuperado en 2011 unos 500 millones de euros de impuestos impagados.

Georgette Lalis, una alta funcionaria griega enviada por Bruselas para dirigir el equipo de delegación en Atenas, es por lo tanto el eslabón crucial. Esta cincuentona es afable y directa en las habitaciones que ocupa en el séptimo piso de una torre del triste barrio residencial de Panormou. Su jefe, Horst Reichenbach, se desplaza con guardaespaldas. Ella no. Él maneja el doble discurso. Ella no.

Destinada (ya) por la UE de 2001 a 2004 en Atenas, ella se encargó de dirigir el catastro griego, ese laberinto de chanchullos y la causa de la masiva evasión fiscal, cuya dantesca reconstrucción se confía hoy en día a los holandeses:

“Europa se da de bruces en Grecia con los problemas entre el Estado griego y sus ciudadanos”, explica ella. Uno de sus adjuntos va más allá: “Nadie le dijo nunca al pueblo que debería pagar su rápido enriquecimiento de los años 1990-2000 a lo largo de tres generaciones. Ahora somos nosotros los que pasamos la factura”.

Los eurócratas encargados de hacer la limpieza financiera se encuentran con otra dificultad: heredan un pasivo que supone una carga muy pesada. Choca que la Comisión Europea rechazase enfrentarse a los Estados miembros para pedirles que “disciplinasen" a Grecia tras el despropósito de gastos públicos en que incurrió en los Juegos Olímpicos de 2004.

Un comportamiento de políticos

La obcecación de Eurostat, la agencia de estadística de la UE, ante los flagrantes engaños de los griegos alimenta las teorías del complot. Otro elemento que ejemplifica la idea de una pasividad cómplice es el mutismo del presidente griego del Tribunal Europeo de Justicia en Luxemburgo, Vassilios Skouris. Llama la atención porque durante un tiempo se le consideró como la persona idónea para ocupar el puesto de líder del Gobierno de coalición, que finalmente recayó en Lucas Papadémos. El ex vicepresidente del BCE fue solemnemente investido por la UE y los grandes partidos griegos.

¿De verdad? Achilleas Mitsos mueve su cabeza haciendo zigzag. En su bonito apartamento de Kolonaki, el típico barrio chic de Atenas antes de que los nuevos ricos griegos emigrasen hacia las playas. Ese antiguo director general de la Comisión encarna en su jubilación todo lo que no se ha dicho pero que pesa sobre Grecia desde que se adhirió a la UE en 1981 y, aún más, tras su polémica entrada en el euro.

"Todo es muy complicado”, esquiva nuestro anfitrión en un francés pulido. “A menudo me tocaba decir en reuniones en Bruselas que había que vigilar más el país pero… en otros aspectos, Grecia hacía avances incontestables”. Omertá comunitaria.

Gracias al dinero recibido de Bruselas o prestado con tasas de interés bajas por los mercados, la “burbuja” griega enriquecía a unos y servía para que otros hiciesen carrera. “Nuestros eurócratas griegos han sido los peores”, se burla Andreas, un importador de zapatos. "Lo sabían pero no se han atrevido. Lo que es aún peor, muchos se sentían orgullosos de ver cómo la pequeña Grecia hacía que Europa quedase en ridículo. Se han comportado como políticos. Mientras nuestros políticos actuaban, por su parte, como estafadores”.

¿Y ahora? “Soñamos con un Jacques Delors que diga con valentía a los griegos: ‘Vuestras fronteras son las de Europa. Ustedes son esa Europa de la que muchos de sus representantes electos no son dignos’”, se altera un responsable de la UE. Pero ya se ha pasado la página de Delors. Y José Manuel Durao Barroso, el actual presidente de la Comisión Europea, no pisado la capital griega desde que se empezó la crisis.