En Francia, la misión parlamentaria sobre el uso del burka ha presentado su informefinal el 26 de enero. Los diputados recomiendan una "resolución", seguida de una prohibición por ley en los servicios públicos (administraciones, hospitales, salidas de centros escolares, transportes, etc.). La ley obligará a las personas afectadas "no sólo a mostrar el rostro a la entrada del servicio público, sino a mantenerlo descubierto", si desean obtener las prestaciones requeridas.

No obstante, dos tercios de los diputados de la mayoría gubernamental desearían que la prohibición se ampliara al espacio público. "La mayoría insiste en añadir a la obligación que representaría esta medida [la simple prohibición en los servicios públicos] la humillación pública", denuncia Libération. "Según estos paranoicos de la identidad francesa, entonces a estas mujeres, que son más víctimas que culpables, habría que detenerlas en la vía pública e imponerles multas".

Imprecisión legislativa

Entre tanto, tras seis meses de debates, "sigue sin aclararse el desenlace, legal, reglamentario o no de estos debates", comenta La Libre Belgique. Ya que, según apunta el diario belga, "regular las condiciones de acceso a los servicios públicos es una cosa, pero otra muy distinta legislar sobre la indumentaria que se lleva en la vía pública". De hecho, una ley de prohibición general corre el riesgo de ser anulada por parte del Consejo Constitucional o del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Ante este tipo de dificultades, el gobierno danés renunció a promulgar una ley contra el burka el pasado mes de septiembre. Sin embargo, el debate ha vuelto a reactivarse por la publicación de una encuesta que revela que sólo 200 mujeres llevarían el niqab y tres el burka. "La creación de una comisión sobre el burka tenía como único objetivo acallar un debate molesto" iniciado por Naser Khader, explica el diario Jyllands-Posten. El diputado, portavoz del partido conservador sobre cuestiones de integración, había solicitado la prohibición de esta prenda en el espacio público, incluso en los jardines privados visibles desde la calle.

El burka no es una capa de invisibilidad

Para Politiken, "la lucha mediante una prohibición general contra este fenómeno sectario de poca importancia podría paradójicamente contribuir a reforzar un cierto conservadurismo religioso". El diario danés opina que "la mejor manera de extender el uso del burka y del niqab es 'presentarlos como un problema'. "De esta forma se convierten en símbolos, no de sumisión de la mujer, sino de protesta y de desafío contra una sociedad danesa que no sabe proteger a sus minorías".

En The Times, Alice Thomson estima que "el burka no es una capa de invisibilidad, sino que constituye un rechazo pasivo, incluso una declaración agresiva, de la comunidad. Cualquier persona que lleve un burka está expresando que desea quedarse al margen de la sociedad", comenta. Sin embargo, nadie quiere ver a la policía arrancando a las mujeres el velo en plena calle. Los franceses han ido demasiado lejos al querer prohibir el velo integral en los transportes públicos".

Los estragos de lo políticamente correcto

Al otro lado del Canal de la Mancha, se considera que "prohibir el burka no es británico", tal y como explica Dominic Lawson, también en The Times. "Francia tiene una cultura política decididamente anti-clerical que considera que la religión no tienen ningún lugar en el dominio público. Nosotros tenemos un concepto mucho más tolerante con respecto a las diferencias religiosas, que se puede resumir con la frase 'Vive y deja vivir'".

Sin embargo, la escritora alemana Monika Maron argumenta que nuestras sociedades se encuentran tan cómodamente instaladas en la protección de sus derechos cívicos garantizados por las constituciones, que no perciben la amenaza inherente del fundamentalismo musulmán. En Spiegel, fustiga a los periodistas de los grandes diarios que, según ella, impedirían la expresión de la crítica del islam, al igual que ciertos utópicos de Alemania Occidental censuraban la crítica sobre la Alemania del Este en 1988. "El debate no es sobre el islam y sus críticas, sino sobre nuestra confianza en la democracia y en nuestro derecho de insistir sobre leyes […] que se han conquistado con batallas seculares contra los despotismos estatales y clericales. Deberíamos renunciar a todo esto, porque el que insiste sobre la tolerancia no puede dejar de ser tolerante cuando otro no quiere serlo". Según esta lógica, la sharia podría convertirse en una ley alemana sin provocar protestas, comenta indignada Maron.