Constituye la mitad del motor franco-alemán que impulsa a la Unión Europea. Ha sido el país oscilante en la crisis del euro, al situarse entre un Norte prudente y un Sur despilfarrador y entre acreedores y deudores. Y es grande. Si Francia fuera el siguiente país de la eurozona que tuviera problemas, estaría en duda la supervivencia de la moneda única.

Por este motivo es tan importante la probable victoria del candidato socialista, François Hollande, en las elecciones presidenciales de Francia. En la primera vuelta del 22 de abril, Hollande se colocó justo por delante del actual presidente, Nicolas Sarkozy. A menos que se produzca algo impactante, como algo imprevisto en el debate televisado de la semana que viene, Hollande puede estar seguro de ganar en mayo y luego de ver cómo triunfa su partido en las elecciones legislativas de junio.

Esta publicación apoyó a Sarkozy en 2007, cuando dijo con valentía a los votantes franceses que no les quedaba otra alternativa que cambiar. Pero tuvo la mala suerte de que estallara un año después la crisis económica global. También se anotó algunos tantos: suavizar la semana de 35 horas de los socialistas, liberar las universidades y retrasar la edad de jubilación. Aún así, las políticas de Sarkozy han demostrado ser tan impredecibles y tan poco fiables como él mismo. Por todo ello, si tuviéramos que votar el 6 de mayo, daríamos nuestro voto a Sarkozy, pero no por sus méritos, sino para mantener fuera del poder a Hollande.

Los motivos erróneos de Hollande

Con un presidente socialista, Francia haría correctamente una cosa muy importante. Hollande se opone al riguroso pacto fiscal planteado por los alemanes y que está estrangulando las posibilidades de recuperación de la eurozona. Pero lo hace por los motivos erróneos y lo más probable es que se equivoque en muchas otras cosas más, de modo que pondría en riesgo la prosperidad de Francia (y de la eurozona).

Hollande habla mucho de justicia social, pero apenas sobre la necesidad de crear riqueza. Si bien promete reducir el déficit presupuestario, también tiene pensado hacerlo subiendo los impuestos, no reduciendo el gasto. Hollande ha prometido contratar a 60.000 profesores nuevos. Según sus cálculos, con sus propuestas se derrocharían 20.000 millones de euros más en cinco años. El Estado crecería aún más.

Resulta muy optimista suponer que de algún modo, a pesar de lo que ha dicho, a pesar incluso de sus intenciones, Hollande acabe haciendo lo correcto. Hollande da muestras de una actitud profundamente anti-empresarial. Nada de lo ocurrido en los últimos meses, o en su larga carrera de servicio al partido, indica que Hollande es lo bastante osado como para hacer trizas su manifiesto y cambiar Francia.

¿Y qué decir del resto de Europa? En este sentido, la negativa de Hollande a tolerar cualquier tipo de recorte en los gastos ha tenido una consecuencia positiva a corto plazo: desea cambiar con prudencia el “pacto fiscal” de la eurozona, de modo que no sólo reduzca los déficits gubernamentales y la deuda pública, sino que además fomente el crecimiento. Con esto resuena un coro de quejas contra la austeridad de inspiración alemana cuyas voces se elevan por todo el continente, desde Irlanda y Países Bajos hasta Italia y España (véase Charlemagne).

No reformar en absoluto

El problema es que, a diferencia de, por ejemplo, Mario Monti en Italia, la objeción de Hollande al pacto no es sobre esas finuras macroeconómicas, sino más bien sobre el ritmo de la restricción fiscal. Se trata principalmente de la resistencia al cambio y de la determinación de mantener el modelo social francés a toda costa. Hollande no está sugiriendo ralentizar el ajuste fiscal para allanar el camino de la reforma: lo que propone es no reformar en absoluto.

Todos los cancilleres alemanes al final acaban domando al presidente vecino y Hollande sería un socio menos voluble que Sarkozy. Pero con su negativa a aceptar reformas estructurales de ningún tipo sin duda le resultará mucho más difícil convencer a Merkel de que tolere una mayor inflación o de que contemple alguna forma de mutualización de la deuda. ¿Por qué motivo deberían los votantes alemanes aceptar una medicina desagradable cuando Francia no está dispuesta a hacerlo?

Es de suponer que el presidente Hollande podría inclinar la balanza a favor de un poco menos de austeridad ahora. De igual modo, puede ahuyentar a los alemanes en la dirección contraria. En cualquier caso, una cosa parece estar clara: un presidente francés tan hostil al cambio socavaría la voluntad de Europa de continuar con las dolorosas reformas que al final debe adoptar para que sobreviva el euro. Y esto hace que sea un hombre bastante peligroso.